La realidad decepciona. Decepciona siempre que no se adapta a nuestros deseos. La realidad es una mala compañera. La realidad va a la suya. La realidad es egoísta. Salvo, claro está, que hablemos de independencia. Como todo el mundo sabe, la independencia, la de verdad, la unilateral, no la de farol, ya está aquí. Quien no la reconoce son los catalanes autonomistas -malos catalanes por definición-, cómplices del expoliador sistema borbónico, cómplices a cambio de nada, como mucho unas migajas para el disfrute personal.

¿Cómo los conocemos? Pues porque apuestan por la mesa de diálogo, aunque tengan la independencia en la recámara. Porque, como todo el mundo sabe, ir a Madrid a dialogar, supone bajarse los pantalones y convertirse de entrada en más español que el oso y el madroño.

Ir a dialogar a Madrid -y alternar las sedes de la mesa con Barcelona- es un capricho de unos colaboracionistas vendidos al sistema. Ir a la mesa de diálogo no es ni una exigencia mínima para demostrar al mundo que Madrid no quiere dialogar políticamente con Catalunya. Porque, como todo el mundo sabe, uno se declara independiente y sin solución de continuidad y la comunidad internacional aplaude con las orejas y te pone la alfombra roja para presidir, de entrada, la ONU.

Las cosas no son así. Lo que vale para ser independientes es que la independencia que se proclama tenga un mínimo de reconocimiento internacional, más que el obtenido, por ejemplo, por la República Turca del Norte de Chipre. En cambio, el que recibió la de Kosovo, por ejemplo, es mucho mejor: reconocimiento por los que mandan en la comunidad internacional, de cuyo club España no forma parte relevante.

Una de los muchos pasos que hay que dar en la pesada y empinada pendiente de la independencia es la de demostrar al mundo, al que importa, al que nos tiene que dar reconocimiento -y que no solo nos ve con cierta simpatía-, que hemos hecho todo lo que hacía falta y más para solucionar un problema secular. Tenemos que demostrar que el statu quo no se puede mantener por culpa de la tozudez de la contraparte en las negociaciones. Tenemos que demostrar, además, que no para de ahogar a quien quiere ser independiente, políticamente, económicamente y culturalmente. Aunque a algunos les parezca imposible no hemos llegado a este punto. El 1-0, a pesar de la lección de civismo y de voluntad popular de alcanzar la independencia y de ser un legado irrenunciable, no fue reconocido como votación válida por los observadores internacionales por mucha empatía que mostraran hacia el pueblo de Catalunya. ¡Qué perversa que es la realidad!

En este contexto, hay algunos puntos que llaman la atención. Por una parte, sectores individuales -el partido como tal no consta haberse pronunciado- de JuntsxCat consideran que no hay que ir a la mesa de diálogo, pues consideran que está muerta ya antes de empezar. Sería una pura pérdida de tiempo. Por dotes proféticas que no quede.

Dicen voces de este sector que lo que hace falta es desestabilizar el Gobierno. Siempre es una muestra de actualización que las derechas adopten maneras revolucionarias. Nada en contra ni de las derechas ni nada en contra de posturas revolucionarias. Pero no queda ni siquiera estéticamente bien querer desestabilizar un gobierno, cuando formas parte de otro gobierno que firma (después de no pocas presiones del mismo partido) con el que quieres desestabilizar una obra como la nueva ampliación del Prat. Demasiada innovación en la terminología y en la acción política, esta forma de desestabilización.

Otro punto que llama la atención es la pena -pena, cuando no asco- que algunos manifiestan por los mártires -no se me ocurre ninguna otra palabra- del 1 de octubre para manifestarse a favor del diálogo, en la mesa o en balcones. ¿Cómo nos puede dar pena quien ha sufrido en primera persona la falta de diálogo? ¿Cómo puede dar pena quien pone todas sus energías y experiencias en volver a tirar hacia adelante el carro para alcanzar el hito, hoy por hoy, mayoritaria en Catalunya? Desde la bravura de las costas de Twitter todo es ya no simple, sino mágico.

Todo parece una obra urdida por un aprendiz de Maquiavel. ¿Quién sale perdiendo con todo este griterío? El movimiento independentista. En lugar de presentar un frente común unido y sólido (las disputas, si tiene que haber, nunca en la plaza pública), ofrece varios frentes contradictorios y contrapuestos, llegando a lo peor, a las descalificaciones personales, a auténticos linchamientos mediáticos.

El adversario ya debe tener las manos irritadas de tanto frotárselas por el tipo de confrontación que le espera en la mesade negociación. La bancada catalana recibirá más fuego, por así decirlo, amigo que enemigo. Claro está, con amigos como estos, no hacen falta muchos enemigos.

Como dijo el profesor Casassas la semana pasada en Prada, en la Universitat Catalana d'Estiu, "Ninguna independencia se ha alcanzado con el independentismo dividido". Pero no solo eso, la mesa de diálogo figura en el pacto de Gobierno entre Esquerra y Junts, apoyado por la CUP, con una duración de dos años. Sin necesidad de resaltar el tiro en el pie que implica imponerse una fecha límite, hay que recordar que la consellera de Universidades, Geis, en el mismo foro, reclamó la necesidad de respetar los pactos, por mucho que el escepticismo, cosa que es perfectamente compartible, acompañe esta nueva etapa en la persecución de la independencia.

Los del otro lado de la mesa no están ciegos ni sordos. Verán unos contrincantes divididos y que, además, no respetan sus propios acuerdos. De esta manera, ¿de qué respeto puede ser acreedora la parte catalana, no sóloante de España, sino ante la comunidad internacional? Esta, no lo olvidemos, es la destinataria final de los esfuerzos contradictorios que tanto nos desgastan y nos debilitan.

No decepcionemos la realidad.