La realidad es compleja, poliédrica y tiene curvas que no esperamos porque tendemos a olvidarlas. Vivimos, muy intensamente, el procés, que en la legislatura que empezó ayer miércoles, tiene que iniciar un nuevo rumbo, puede ser con el mismo destino final, mientras la mayoría no sea contraria, pero con otras derivas y quizás con patrones también diversos.
Uno de los elementos que hay que tener en cuenta en esta nueva etapa es que será el año de la fijación judicial de la corrupción. El PSOE, con los ERE, el PP —y su plana mayor— con varios Gürtels, y, claro está, Convergència, por más que ahora se salga por la tangente, con el caso Palau.
A Convergència le ha caído la primera losa del caso Palau. Cierto que no es una sentencia firme, pero eso ya da igual. Convergència, como veremos, se ha comportado como si lo fuera y ha reiterado el mismo argumentario utilizado por todos los encausados y condenados por corrupción. Además, está pendiente de fijarse la fecha del caso ITV (Oriol Pujol y otros) en un juicio por jurado —después del esperpento de los trajes de Camps, en el que fue absuelto—; será el segundo caso de corrupción ante un jurado. A no tardar demasiado, saldrá también a la luz el caso 3% (último de los muchos nombres que ha tenido), caso que afecta directamente y sin ambages al PDeCAT.
Finalmente, en fecha no determinada, pero seguramente con Convergència completamente trinchada, aparecerá en escena el rosario de los casos en que los Pujol, padres e hijos, amigos y conocidos, parecen estar implicados. Lo interesante de estos casos no será —aunque sería suficiente— saber el grado de moralidad de la familia reinante en el Principado durante muchas décadas, incluso antes de llegar al poder oficial. Lo relevante políticamente de los diversos encausamientos de los Pujol radica en poner luz sobre la vigorosa sospecha de que muchas de sus actividades presuntamente delictivas también se llevaron a cabo al cobijo del poder del patriarca, en las zonas más sombrías de los pasillos más oscuros de los palacios oficiales.
Si ha tenido éxito esta corrupción tan extendida en la piel del toro —no hay hecho diferencial entre las castas catalanas y españolas—, es debido a sus complicidades con el poder y al apresurarse a obtener mediante operaciones non sanctas la impunidad necesaria. Necesaria, primero, para no ser descubiertos y, una vez descubiertos, para poder externalizar riesgos judiciales y, sobre todo, capitales, activos de todo tipo. Una prueba: ningún acusado o condenado por corrupción, pública o privada, parece más pobre y con menos tren de vida que antes de su viaje a los juzgados. La vida distendida, cómoda, cuando no lujosa, que han llevado siempre, no parece resentirse por las imputaciones, las condenas recurridas o breves estancias en prisión. De toda forma, lentamente, eso tiene toda la pinta, que, al final, la sonrisa pícara se les borrará de los labios.
Las mismas caras que vemos desde hace tiempo diciendo que la corrupción es del pasado y que los actuales dirigentes o han sido absueltos por las urnas o ellos no estaban, supera el más chapucero de los cinismos
Yendo hacia Convergència. Convergència ha seguido punto por punto el argumentario de los que están metidos de lleno en la corrupción, ahora ya oficialmente condenados, como responsables civiles a título lucrativo de sus beneficios ilícitos en el caso Palau. En primer lugar, más o menos envueltos en la bandera, Convergència negó lo que Maragall —haciéndose eco de la vox pópuli— le espetó: el problema del 3%, que hemos visto que era el 4%.
No sólo lo negó —intentaron ir a los tribunales a defender su honor, mira por dónde—, sino que, como todos los implicados de todos los partidos, hablaron de una persecución o conspiración en su contra. Blandían como almádena salvífica una especie de letanía que aludía a una caza proveniente de oscuros cuarteles, siempre indeterminados. Ahora bien, no podía ser que estos malévolos perseguidores persiguieran a todos —tan diferentes en la forma— los corruptos. Así, presentarse ante la sociedad como víctimas del poder, por parte de quien detenta el poder, suena realmente ridículo y más cuando las evidencias son las que son.
Después, todos, reitero, todos, los, digamos, afectados, centran la responsabilidad —la inocencia de su organización la presentan como incuestionable— en ovejas negras, de dentro o de fuera, pervertidores tóxicos que se aprovechaban de la candidez angélica de políticos entregados en exclusiva al servicio de la comunidad. Estos ejemplos de virtudes no podían distraerse con bagatelas como las mordidas a las contrataciones públicas, al tráfico de influencias, a pulirse presupuestos públicos y, al fin y al cabo, reforzar su poder. ¡Nada de eso! Este trabajo bruto e indeseable es obra de unos desaprensivos que los sorprendieron en su buena fe.
Como eso tampoco cuela, buscamos los dos últimos cartuchos. La primera de las salvas tiene como objetivo sacarse la cagada de la suela del zapato. Institucionalmente, los implicados se echan del partido o se cambia el nombre del partido. Nuevo tejemaneje. Presentar a los antiguos hombres de partido como sinvergüenzas con los que nunca se ha tenido nada que ver o fundar un nuevo partido, nacido de la nada, roza el más patético de los ridículos, pues se pretende tomar al público por tonto. Presentar como argumento (!) que eso por lo que les juzgan o condenan no tiene nada que ver con ellos, manifiesta una de las últimas faltas de respecto de los políticos institucionales hacia la ciudadanía a la cual dicen servir y, en verdad, no lo hacen, sino que, con discursos como este, le toman el pelo.
Ligado con este argumento, surge la última excusa, en la que especialmente Rajoy, pero no sólo él, ha sido un maestro, maestro de la inanidad, pero maestro al fin y al cabo. "Eso es muy antiguo, eso es del pasado". El colmo. Lo hemos oído también aquí. Las mismas caras que vemos desde hace tiempo diciendo que la corrupción, por fin judicialmente establecida, es del pasado y que los actuales dirigentes o han sido absueltos por las urnas o ellos no estaban, supera el más chapucero de los cinismos.
Si se pretende la regeneración política, en Catalunya en forma de una nueva República, sea cuando sea esta, este proceso no puede ser con los materiales de derribo del pasado que todavía nos dura
Todo este argumentario salpimentado durante los interminables procesos —a cuya lentitud los corruptos no son en absoluto ajenos— con la máxima de que hasta que no lo diga un juez, no hay corrupción, hace falta respetar la presunción de inocencia y preservar la honorabilidad de los imputados.
Bien, empiezan a hablar los tribunales y habrá que llamar las cosas por su nombre. Y por su nombre quiere decir, que, si se pretende la regeneración política, en Catalunya en forma de una nueva República, sea cuando sea esta, este proceso no puede ser con los materiales de derribo del pasado que todavía nos dura. Hay que hacer fuego nuevo.
El president Puigdemont parece que así lo ha entendido al formular su lista de Junts per Catalunya, donde de los 34 diputados electos, sólo 14 son miembros y no todos demasiado significativos del PDeCAT, el partido que según sus portavoces nada que ver tiene con Convergència. Alguna cosa que ver tendrá, para Mas también, dado que ha dado otro paso al lado. Tanto por lo que ahora constatamos oficialmente, como por lo que con toda probabilidad, como decía antes, constaremos a lo largo de este año.
Al final, la realidad impone no creerse las propias mentiras. El argumentario, como hemos visto, es idéntico para todos, la salida, sin embargo, no. La estructura social y de partido es diversa en España y en Catalunya, algo que algunos todavía no han entendido. En Catalunya los partidos dinásticos tienen poco o nada que hacer ni en solitario ni en conjunto, cuando menos, hoy por hoy.
En consecuencia, hace falta en Catalunya una salida que deje a todas las ovejas negras atrás, como mercancía averiada. Cenizas requemadas no hacen fuego nuevo. La nueva estructura que avistamos, sea la que sea la forma que adopte, quizás tendrá pecados originales, pero en ningún caso pecados cometidos por los que quieran ser sus protagonistas. De este pan, ni una rebanada más. No importa quien lo haya cocido, se llame como se llame y militara donde militara.