Subo la persiana. Pero hoy lo he hecho al mediodía, que es cuando Carlos ha podido venir a reparar el mecanismo que ayer quedó hecho picadillo. Ojo, pero hecho añicos del todo. Como hemos quedado nosotros tras 74 crónicas vividas. Hacía días que nos estábamos haciendo el desconfinamiento encima y hoy, creo, sin decírnoslo, hemos convenido que ahora sí, que por fin vemos luz al final del túnel. Y no es un tren de mercancías que viene en dirección contraria. El 25 de mayo del 2020 hemos respirado profundamente, nos hemos quitado un pequeño peso de encima y lo hemos empezado a ver claro. Y quizás la persiana, que ahora tiene un nuevo mecanismo, no deja de ser una metáfora de lo que hemos dejado atrás.

Entre que ya estamos todos (y todas) como mínimo en la fase terrazas de bar, que muchos (y muchas) ya estan en fase de ir a la playa y, sobre todo, que los virólogos (las nuevas estrellas del firmamento mediático) dicen que vamos yendo bastante bien (aunque podría haber pequeños rebrotes), la sensación es de optimismo. Después de más de dos meses de pésimas noticias, dejamos de mirar atrás y empezamos a mirar hacia adelante. Ahora mismo tenemos más esperanza que miedo. Por lo tanto, hoy toca acabar esta serie que durante 74 días ha hablado de nuestra vida encerrados y empezar a hablar de lo que nos viene a partir de ahora. Volver a como si fuera antes, pero sin serlo todavía del todo.

Es imposible olvidar los seis mil setecientos muertos habidos, de momento, en Catalunya y los 27 mil de España. Ni a los centenares de miles de personas que han perdido el trabajo o el negocio donde se habían dejado los ahorros y todas las horas. Ni a los millares de personas que no han ingresado un solo euro desde que empezó todo y que ahora cada noche hacen cola para poder obtener una caja con comida. Pero ahora toca pasar el luto correspondiente, afrontar la brutal crisis económica que ya se ha sentado en el sofá de casa y empujar entre todos para que se marche lo antes posible y nos deje espacio para volver a estirar las piernas. Y eso sólo lo podemos hacer mirando hacia adelante.

Setenta y cuatro días después toca agradecerle la paciencia que ha tenido leyendo estas crónicas. Bastante complicado estaba todo como para, encima, dedicarle un rato de su tiempo a leer estas letras juntadas, que empezaron con la intención de ser un dietario y que al final no sé exactamente como han acabado. Pero, claro, usted es buena persona y no puede evitarlo. Y también agradecimientos a todos los amigos y amigas que han ayudado a hacerlas posible con sus aportaciones. En un chat que hicimos con miembros del Club de ELNACIONAL, una amable señora me preguntó si los que salían existían. Sí, sí, todo el mundo tiene nombre y apellidos reales, pero consideré que si no lo ponía, tendrían más libertad para opinar y para reflexionar.

Setenta y cuatro crónicas después hemos tenido tiempo de limpiar de papeles aquella mesa que siempre estaba llena de papeles prescindibles y que nunca teníamos tiempo de ordenar. De arreglar aquellos armarios de la cocina llenos de utensilios tan absurdos como innecesarios. De poner orden en una despensa donde hemos encontrado piezas de museo caducadas el siglo pasado. De limpiar a fondo la nevera, incluido aquel cajón que nunca habíamos sabido sacar. Y de actualizar el congelador, donde han aparecido paquetes que los abrías y de dentro salía una ciudad romana en perfecto estado. E incluso hemos pasado al ordenador y hemos puesto en carpetitas los centenares de fotos que teníamos en el móvil.

Pero la pregunta que nos tenemos que hacer 74 días después es si hemos cambiado. ¿Somos iguales hoy que a principios de marzo? ¿Vemos el mundo de la misma manera? ¿Somos más cínicos, más descreídos, más escépticos, o nos hemos reafirmado en el convencimiento de las bondades de la condición humana? ¿Recuerda que al principio tenía mucho éxito aquello de "las crisis sacan lo mejor y lo peor de la gente?". Pues bien, ¿qué cree que ha salido de usted? ¿Es mejor o peor? Y, le diré más, ¿qué quiere decir ser mejor? ¿Y peor? Y le doblo la apuesta, ¿después de todo lo que hemos visto, inédito hasta hoy en la historia de la humanidad porque la humanidad nunca había sido tan global como hoy, alguien es capaz de decir: "Sí, soy peor"?. Y, ¿hemos aprendido alguna cosa? Sea buena o mala. Sobre nosotros, sobre los que nos rodean, sobre los que nos mandan y sobre la humanidad en general. ¿Recuerda los propósitos hechos los primero días y como los ha ido evolucionando?

En los hospitales, miles de personas se han jugado literalmente la vida para salvar la nuestra. Y unos cuantos millares más la han arriesgado para que no nos faltara de nada. Ni comida, ni los servicios básicos como luz, agua, gas, internet, combustible, recogida de la basura, limpieza de las calles... Y muchas más han intentado ordenar una situación tan caótica como desconocida (protección civil, Mossos y policías locales, bomberos, servicios de emergencia...). Y después ha estado usted. Y a usted le quiero dedicar las últimas líneas de esta última crónica.

Usted que quizás no ha podido ni enterrar un ser amado y que lo ha aceptado porque era lo mejor para todos. Que se ha quedado en casa renunciando a muchas cosas. Que ha salido a la calle lo imprescindible. Que ha sufrido momentos de incertidumbre. Que no ha podido estar con familiares y amigos. Que quizás ha pasado noches sin dormir mucho. Que ha optado por la calma y la resignación porque era la única manera de acabar con el virus. Usted se merece mi aplauso. Muchas gracias por su granito de arena. Sin usted hoy no empezaríamos a sacar la cabeza del agujero. Pero sepa que eso no ha acabado. Falta un último empujoncito. O sea que ahora no se me relaje del todo, ¿de acuerdo? ¡Y hasta siempre!