Vestida con un jerseicito de lana, pero de manga corta, la exministra bramó el otro día sobre la tarima: “Ahora vamos a por la nacionalidad o a cambiar la ley para que puedan votar, por supuesto. ¡Ojalá: teoría del reemplazo! ¡Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora! ¡Claro que yo quiero que haya reemplazo: reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores! ¡Y que lo podamos hacer con la gente trabajadora de este país, tenga el color de la piel que tenga, sea china, negra, marrona [sic]...”. Esta es la particular forma en la que Irene Montero, célebre por otros patinazos de hecho y de palabra, por otros desbarres, sacó pecho por haber logrado que el gobierno de Pedro Sánchez regularice a 500.000 personas inmigrantes, probablemente muchas más. Parte del acuerdo entre Sánchez y Podemos fue, justamente, que Podemos pudiera colgarse esta medalla, apuntarse pública y notoriamente la decisión. Montero remachó que los permisos para los inmigrantes irregulares “no son un regalo”, sino una “deuda pendiente”, y añadió que lo que desea Vox y, en concreto, Santiago Abascal, es seguir teniendo “esclavos”.

La líder de Podemos soltó estas pullas, y alguna otra que rimaba, durante un mitin en Zaragoza. En Aragón están convocadas elecciones autonómicas para este domingo. Montero ironizaba sobre la llamada Teoría del Reemplazo y la hacía suya. Esta teoría conspiranoica advierte de un complot para sustituir a la población blanca de los países occidentales por inmigrantes venidos de fuera, particularmente de África. Quien la difundió fue Renaud Camus en su libro, publicado en 2011, Le Grand Remplacement. El rumor del reemplazo hace hoy —para que nos entendamos— el papel que hicieron en su momento los falsos Protocolos de los sabios de Sion, que alertaban, en aquel caso, de un plan secreto de los judíos para dominar el mundo. Como se sabe, los Protocolos resultaron muy útiles a Adolf Hitler a la hora de justificar la persecución de los judíos y su exterminio.

Ambos relatos, contra los judíos y contra los inmigrantes, han tenido tanto éxito por una razón tan simple como brutal: porque galvanizan y condensan el miedo ancestral al otro, a aquel que no forma parte de nuestro grupo, al que viene de fuera. Estas cantinelas se propagan con intensidad redoblada en tiempos de incertidumbre, cambios súbitos y miedo. Hace unos años se puso de moda el acrónimo BANI, que describe bastante bien esta época extraña que nos ha tocado vivir. BANI significa frágil (brittle), ansioso, no-lineal e incomprensible. Justamente cuando algo resulta “incomprensible” o tiene un barniz de absurdo, buscamos explicaciones, explicaciones sencillas de entender y que nos permitan aliviar la espesa capa de miedo que arrastramos todos. Los inmigrantes sirven de combustible para el nacionalpopulismo, que, como una ola gigantesca, avanza y devasta los países de aquello que, parece hace una eternidad, llamábamos Occidente.

Las proclamas de Montero en Zaragoza son una calamidad, a mi entender por varios motivos. Intentaré reducirlos a cuatro.

El primero, porque, en contra de lo que ella parece creer, son irrespetuosas con los inmigrantes. Dudo muchísimo que les haga ninguna gracia ser utilizados como carne de cañón por Podemos. Menos aún que los presente como enemigos y una amenaza existencial para una parte del país al que han llegado buscando un futuro mejor. Al inmigrante, las guerras culturales de Montero y cía. le importan exactamente un rábano. Y que los enfrente a los autóctonos es su peor pesadilla. No olvidemos el contexto: Montero hace lo que hace en un momento en el que en la sociedad española (y catalana) crece espectacularmente —así lo indican todas las encuestas— la idea de que la inmigración masiva es no solo un problema, sino también un peligro

Al inmigrante, las guerras culturales de Montero y cía. le importan exactamente un rábano. Y que los enfrente a los autóctonos es su peor pesadilla

El segundo motivo: porque las palabras importan. Las palabras no son solo vibraciones del aire. No hace falta ser un especialista en las teorías de Austin o Searle para saber que las palabras tienen efectos, consecuencias. Palabras como las de Montero no hacen ningún bien, al contrario. Menos aún en un momento en el que, en España (y en todas partes) lo que sobran son discursos desde el odio y para el odio. Aspirar a reemplazar parte de la sociedad, querer hacerla desaparecer, no es que sea contrario a los valores humanistas, ilustrados y liberales, es que, sencillamente, va contra la democracia y contra la convivencia. Es guerracivilismo.

Tercero. Precisamente, lo que pretende Montero es dividir, romper. Enfrentar. Como se dice ahora, polarizar, es decir, engrosar y fortalecer los extremos (enseguida volveremos sobre este punto). Polarizar significa arrasar la centralidad, erosionar, hacer más delgadas las zonas ideológicas moderadas. Se trata de que la gente que se encuentra entre el centro-izquierda y el centro-derecha se desplace hacia la extrema derecha o la extrema izquierda. Que se radicalice. Como dictan las leyes de la física, los movimientos hacia los extremos suelen ser sincrónicos. Las fuerzas que los impulsan se compensan y se retroalimentan. Que la centralidad se fragilice hace a la sociedad peor, porque las posiciones radicales se convierten en dominantes y se envenena gravemente el debate público, núcleo de cualquier sistema democrático. Un segundo ejemplo reciente de este discurso tóxico es un tuit de Ione Belarra, la otra líder podemita, sobre las familias que tienen un segundo piso y lo alquilan: “Aclaro para que se entienda: el PNV acuerda con el PSOE echar a la calle a los inquilinos vulnerables que vivan en viviendas de caseros que ‘sólo’ tienen una vivienda para alquilar. Pobrecitos, solo pertenecen al grupo más rico de nuestra sociedad [sic]. Asco absoluto.”

En último lugar, porque las palabras y la actitud de Montero son egoístas, irresponsables y peligrosas. Es fácil de entender: Montero polariza y radicaliza porque esto le favorece y favorece a los suyos, les hace asomar la cabeza y sumar votos. Lanzar la cerilla encendida les va bien a ella y a los suyos. Puede que sea así. Pero al precio de hacer crecer también, a la vez, la extrema derecha. Y debilitar la centralidad y la calidad y las posibilidades del debate democrático. Lo hace sabiéndolo perfectamente. Lo hace por egoísmo y por ideologismo y sectarismo, contribuyendo a incendiar la sociedad a la que debería servir.