Este sería mi modesto consejo para los políticos (y la gente de su entorno) que quieren pedirnos cosas, ya sea el voto, la simpatía, que les creamos o que simplemente les escuchemos. Como en aquella serie titulada Pretend It's a City, de Martin Scorsese, con Fran Lebowitz, sobre la hipótesis (descabellada) de que Nueva York sea, efectivamente, una ciudad donde la gente vive, y no un bonito escaparate para turistas, convendría aquí partir de la hipótesis de que el ciudadano o el votante es una persona inteligente. No alguien que prefiere TikTok a las bibliotecas, o que no sabe detectar cuándo alguien quiere llevarlo al huerto, o que no sabe distinguir una verdad de una simpatía. Cada día el voto es más imprevisible, pero si quieren interpretar mínimamente los cambios radicales del comportamiento electoral, les aconsejo (de nuevo) imaginar, por si acaso, que somos inteligentes. Que quizá (solo quizá, ¿eh?) los vemos venir. Que hay discursos que, por bonitos o bien argumentados que estén, quizá no cuelan.
Esta legislatura es un fracaso. Para todos, en Catalunya y en España. Como todos los partidos y líderes implicados lo saben, y el año que viene hay elecciones, ahora asistiremos (y ya asistimos) al poco edificante espectáculo de echarse las culpas los unos a los otros. ¿Quién tiene la responsabilidad del desastre? ¿Pedro Sánchez, sus incumplimientos y su cinismo? ¿El deep state y la represión? ¿Zapatero haciendo de Jimmy Carter mientras guarda joyas inconfesables en la caja fuerte? ¿Los partidos independentistas, por haberse dejado tomar el pelo sistemáticamente? ¿Salvador Illa, por haber vendido una buena gestión que brilla por su ausencia y que ignora el eterno elefante dentro del Pati dels Tarongers? ¿La derecha y la extrema derecha españolas, por no saber moderar sus discursos o buscar mayorías alternativas? ¿Sílvia Orriols, que también ignora sistemáticamente el elefante en la habitación (y que no es la inmigración musulmana)? ¿Gabriel Rufián, por querer una ERC tan subordinada como su cerebro? ¿El Parlament de Catalunya, por haberse convertido en una cámara sin interés mediático y sin épica ni lírica? ¿Las Cortes españolas, por querer arrastrarnos a una atmósfera guerracivilista de pacotilla? ¿El PSOE, por haber ocultado que es tan corrupto o más que la derecha española? ¿El independentismo, de nuevo, por no haber sido capaz de unificar su estrategia ni siquiera en lo más esencial y por, de hecho, no mostrar todavía hoy ninguna estrategia para la independencia? Puede ser cualquiera de estas opciones o más de una, pero, por favor, partan de la base de que sospechosas lo son todas. Todas las hipótesis y todos los protagonistas, sin excepción. Si parten de esa base, con suerte, alguien todavía podría empezar a librarse de la sospecha.
Basta ya de creer que no vemos que creen que somos imbéciles
El mal humor instalado en el votante puede respetarse o no respetarse, desde luego. Ahora bien: si de verdad se respeta, la mejor opción es emitir mensajes inteligentes. Mensajes en los que no se vea pornográficamente el plumero. Es como ese escritor que "quiere llegar a más público" y que por ello rebaja el nivel de su escritura: no solo deja de respetar la literatura, sino que se falta al respeto a sí mismo y, sobre todo, a su público potencial. Y es que el venerable público se llama venerable por alguna razón: sabe perfectamente leer entre líneas y, aunque tiene un alto grado de tolerancia, incluso con las fábulas más surrealistas (basta leer ese best-seller centenario llamado Biblia), lo que no tolera son los insultos a la inteligencia. La grosería, la inverosimilitud, el intento de dar gato por liebre. Véase, en este sentido, el último vídeo de David Uclés, con la boina en la cabeza y los ojos cerrados, pero sirva para todas las disciplinas. Las artísticas y las empresariales, pero también las de la comunicación política. Basta ya de creer que no vemos que creen que somos imbéciles. Primero, por puro respeto. Pero después, porque si dejan de hacerlo, quizá dejarán de perder votos a toneladas.
Hay tantos ejemplos que no acabaríamos nunca, y se podrá decir que soy un ingenuo porque la política es precisamente eso. No me interesa la gente que dice que la política es eso, o que ha sucedido toda la vida, desde los romanos. Se podrá decir eso como excusa, por supuesto, pero seguirá siendo una excusa. Nunca como ahora los discursos habían sido de un nivel tan bajo, los candidatos con intereses más espurios, el sentido de la nobleza y de la propia vergüenza tan invisibles y los debates existentes de una vocación manipuladora tan burda. Nos quejamos mucho de las malas formas de Trump, pero parece que todo el mundo corre (a su manera) a imitarlo. Créanme: no hacemos tanto caso a TikTok ni a Twitter. Ni nosotros ni los jóvenes. Les hacemos caso, sí, pero hacemos caso a muchas más cosas. Por vistoso que sea, el espectáculo de una eurodiputada cantando "Happy Birthday" en el Parlamento Europeo no insulta al presidente estadounidense, sino a la dignidad de la política. Ya te hemos visto, Irene. Ya os hemos visto. Sabemos distinguir una comedia de un discurso, una estrategia para captar la atención de una postura más o menos coherente y fundamentada. Háganse un favor y partan de la idea, que quizá para ustedes sea falsa (todo es posible), de que somos inteligentes. Les irá mejor. Y si a la hora de pedirnos cosas nos tratan con un mínimo de elegancia, es decir, como si no fuéramos demasiado inteligentes, pero al menos fuéramos personas, mejor todavía.