Una forma sutil de tomarle el pulso al país es observar cuál es la oferta de ensayo más o menos político en Sant Jordi. No es una encuesta, ni un CIS, pero dice más de lo que parece. En los puestos de libros se acumulan dinámicas de fondo. Hace más de una década, el paisaje era claro. Libros que explicaban por qué la independencia era posible, necesaria e inminente. Había una voluntad pedagógica, casi misionera, de convencer y sumar. Y en algunos casos, de subirse al carro. Era la fase de ilusión y preparación. Cada título era una pieza de un relato compartido. Historia, economía, derecho internacional. Todo servía para construir una arquitectura mental colectiva. El país se estaba explicando a sí mismo cómo debía ser.

En 2017 llegó el choque. Y con él, una nueva hornada de libros. La fase de duelo e interpretación. Ya no se trataba de convencer, sino de entender. ¿Qué había pasado? ¿Qué había fallado? ¿Quién tenía razón? La literatura política se volvió introspectiva. Proliferaron memorias, crónicas y relatos personales. Prisión, exilio, negociaciones fallidas. El foco se desplazó del futuro al pasado inmediato. De la ilusión al reproche. El país necesitaba ordenarse emocionalmente. Y algunos, bajarse del carro. Esta etapa ha durado hasta hace poco. Pero, con el tiempo, ha ido dejando paso a otra. Más silenciosa, pero igual de significativa. Los libros sobre la lengua, la identidad y la cultura han empezado a ganar centralidad.

Ahora estamos en la fase de los libros de resistencia, de identidad. El debate se centra en la preocupación por el catalán, por su uso social, por su supervivencia. No es un discurso de la política, sino de los individuos. De la actitud que debemos tomar. Han sido años de profundos cambios. De un proyecto expansivo se ha pasado a una actitud defensiva —habiendo pasado primero por la frustración. De imaginar un país nuevo a intentar que lo que hay no se desvanezca. La política se transforma en resistencia.

No sé si esto os transmite pesimismo u optimismo. O nada porque sois de los que han tirado los libros al fuego. Pero todo parece indicar que —como ha ocurrido tantas veces a lo largo de nuestra historia— la siguiente fase debería ser de propuesta. Como dirían los Manel, pero en este caso hablando de libros: “id haciendo sitio”. Hacen falta nuevos libros. Nuevos relatos. Nuevas ambiciones. No para sustituir los anteriores, sino para completarlos, superarlos. Ya basta de empezar siempre desde cero.

Cuando un país deja de imaginar su futuro, es un país que se limita a gestionar el presente

Ya existen propuestas interesantes sobre la Catalunya de 2030 o 2050. Sobre inteligencia artificial, demografía, industria o energía. No es que no existan, pero no ocupan el centro. No marcan tendencia. Al menos por ahora. Cuando un país deja de imaginar su futuro, es un país que se limita a gestionar el presente. Y gestionar, por definición, es conservar. Pero conservar sin proyecto es solo aplazar decisiones. O peor aún: someterlas a la voluntad de otros.

Si queremos abrir una nueva etapa mental y política, alguien deberá empezar a reflexionar sobre qué papel quiere jugar este país en un mundo que cambia aceleradamente. Alguien tendrá que escribir una nueva forma de explicarnos como país. Porque, si algo nos ha enseñado Sant Jordi en las últimas décadas, es que, antes de ocurrir, las cosas se escriben. Y ahora mismo, el futuro de Catalunya está aún por escribir. Y eso, más que un problema, es una oportunidad. Confío en ello.

Hay la fuerza, el talento y la ambición para recuperar el carril de la mejor versión del catalanismo histórico. De la visión, de la construcción, de la identidad. De querer ser los mejores, de creer en nosotros y en nuestras posibilidades. Pido que ocurra. Pero lo hago desde un optimismo que me permite dirigirme a la mayoría para deciros que vayáis haciendo sitio. Que los nuevos libros llegarán pronto.