"La historia cuenta lo que sucedió; la poesía, lo que debía suceder"
Aristóteles
Acaban de sobrevivir a un evento histórico más. La historia nos persigue y olvida que el propio Montesquieu nos dijo que es más feliz el pueblo que no hace historia o que la hace aburrida. De ahí la maldición china que nos ha caído, con eso de vivir tiempos interesantes. Es curiosa la obsesión presentista por la historia que nos asuela, a nosotros o a nuestros gobernantes y nuestros medios de comunicación. Todo es historia antes de serlo. Las desgracias devienen hechos históricos, como si la condición de ir a ser recordados alejara las zozobras en que nos sumen: histórica pandemia, histórico apagón, histórica erupción, históricas inundaciones, histórica invasión, histórico eclipse, memoria histórica, el lado bueno de la historia.
Parte de la población vive sumida en el FOMO (Fear Of Missing Out) de no perderse la historia. Hacer historia es la última moda en materia de pervivencia, olvidando que no somos sino motas de polvo en el devenir de los siglos y que la historia es el poso destilado de ese transcurrir de nuestros días que para nosotros no es sino la vida. Y corriendo para no hacer historia, la hacemos sin querer, provocando acontecimientos sociológicos que algún día, allende los tiempos, alguien estudiará para convertirlos en historia. Todo lo que hagamos por pertenecer a ella es esfuerzo vano. La historia que vivamos la contarán otros sin que nosotros tengamos nada que hacer o que decir en ese empeño. Es megalómano el esfuerzo de pretender construirla o incrustarnos en sus páginas. Y eso reconcome a Pedro Sánchez, que, como sabemos por el ministro fugaz Máximo Huerta, cuando acudió a presentar su dimisión forzada a Moncloa, fue interrumpido por el egocéntrico, que se preguntaba en voz alta cómo pasaría él a la historia, cuál sería su legado en comparación con el de otros presidentes. Luego, por sus hechos, hemos comprobado que, en realidad, lo suyo no era sino un pulso retórico a la historia.
Es un adanismo contemporáneo considerar que todo lo que a nosotros nos sucede es único, primigéneo, inexplorado, como si todas nuestras desgracias no hubieran sucedido en la lejanía de los siglos y no fueran a volver a suceder. Es un narcisismo individual y social creer que nuestra contemplación de los hechos los transformará para los hombres del futuro, como si nuestra presencia los dotara de legitimidad. No es algo nuevo. Supongo que los hombres y las mujeres que se agolpaban para ver entrar a los césares invictos o que vitoreaban a reyes y emperadores en las bodas o entronizaciones también pensaban estar contemplando un acontecimiento sin igual y, como sabemos, a los ojos de la historia, no son sino un difuso decorado que en nada cambia el sentido de lo sucedido, salvo, obviamente, si hablamos de las revoluciones, en las que nadie participó para ser parte de la historia, sino para cambiar los presentes, que era y es lo que, sin duda, importa.
De este uso moderno de la conciencia histórica debería preocuparnos el borreguismo que entraña. Porque no hay duda de que, por unas y otras fuerzas, esa conciencia de trascendencia del humano se está utilizando para movilizarlo o para detenerlo o para dispersarlo. Lo mismo si te lanzan sobre un eclipse como si fuera cuestión de Estado que si te lanzan contra una frontera a pecho descubierto para cumplir sus sueños de poder. Haces historia para ellos. A los periodistas siempre se nos ha llamado, no sé si en tono jocoso, notarios de la historia; acuciados por la misión perpetua de reseñar los eventos consuetudinarios que acaecen por la rua, que dijo Machado. Tal vez por eso somos plenamente conscientes de que lo nuestro, como lo de nuestros coetáneos, es el ahora y que solo tras ese destilado de tiempo y polvo que precipita en archivos, hemerotecas y bibliotecas, alguien lo desempolvará para darle el sentido y el contexto adecuado al que hoy día apenas alcanzamos.
Es un adanismo contemporáneo considerar que todo lo que a nosotros nos sucede es único, primigéneo, inexplorado, como si todas nuestras desgracias no hubieran sucedido en la lejanía de los siglos y no fueran a volver a suceder
Y cuando todo ello suceda, allá en siglos venideros sobre los que solo podemos sospechar relatos, ficciones e imaginación, todo será reinterpretado una y otra vez por seres que nos serán semejantes y a la par tan distintos como lo somos nosotros de un griego clásico. Lo leerán con sus ojos, a los que es posible que todo lo que nos pareció inefable a nosotros les parezca rutinario. ¿Qué pensará un hombre que viaje a Marte o tal vez a otro planeta para conocer a sus nietos de que nosotros flipáramos en masa con un eclipse de Sol? O tal vez a uno que viva enterrado en un silo de hormigón hasta esperar que el planeta se limpie de radiación le resulte de lo más evocador. ¿Qué podemos saber nosotros de la historia?
Por supuesto, no podía faltar en la ecuación el porcentaje de personas que deciden quedarse al margen de los flujos de las masas. No haciendo lo que todos, también hacen lo que se espera, porque ninguno podemos actuar con total originalidad al ser esclavos de nuestra propia naturaleza. Uno corre hacia el eclipse o lo ignora. Ninguna de las dos actitudes resulta nueva ni histórica. Tenemos que asumir, todos, hasta nuestro presidente, que es la historia la que elige a sus hijos, excepto en el caso de quienes acometen grandes hazañas guerreras, políticas o intelectuales, y ni siquiera estos lo tienen claro. La Historia elige también entre ellos y arrumba a científicos preclaros dando sus logros a otros, olvida a mujeres cuya presencia cambió el rumbo de las cosas para traspasar su gloria a hombres que les fueron amados u odiados, deja en la cuneta a unos reyes y ensalza a otros y sume en el lodo de la memoria de la mayoría los nombres de tantos gobernantes que hoy ya solo son el nombre de una calle que casi nadie sabe por qué les pusieron.
Huyendo de la historia me vine y con la historia me he topado. Con la de verdad. Me acecha en cada villa, en cada paisaje, en cada columna enhiesta frente al mar. La historia que fue de un pueblo y que ciertamente devino también la nuestra. Y así, me van a perdonar, les remito esta reflexión justo mirando el cambio de corrientes de este estrecho que tanto hizo pensar al estagirita justo antes de morir. Lo suyo, amigos, sí que hizo historia. Como hijos pródigos volvemos a él y a la poesía.