Para luchar contra el catastrofismo, para huir de él, es necesario tener algunas ideas claras.
Se dice, por ejemplo, que los jóvenes de hoy en día son más vagos, y no es verdad. Quieren trabajar menos, sí, pero trabajar mejor, lo que quiere decir menos reuniones vacías, menos burocracia y más respeto por los procesos que funcionan. Y lo quieren así porque quieren optimizar el tiempo laboral para preservar la familia (del tipo que sea) y los encuentros y los placeres (pequeños o grandes). Piden eficacia y autonomía, y hacen bien en reclamarlo.
También se acusa a los jóvenes de no querer tener hijos, y otra vez es algo falso. El deseo de tener hijos existe (y los estudios sociológicos lo corroboran), pero estos anhelos son dificultados por los precios de la vivienda o por la falta de plazas en guarderías, por ejemplo. No se trata, pues, de un rechazo vital, sino de un impedimento social.
Esta desconexión entre realidad y percepciones informativas pasa porque hay sesgos estructurales que hacen que las buenas noticias o las noticias simplemente positivas no abran informativos
Establecidas de manera fehaciente estas realidades, ¿por qué no se presentan de otra manera en los debates públicos? Hay que empezar por afirmar que la información tiene un papel central en la percepción de la realidad, y es entonces cuando topamos con determinadas prácticas.
En efecto, esta desconexión entre realidad y percepciones informativas pasa porque hay sesgos estructurales que hacen que las buenas noticias o las noticias simplemente positivas no abran informativos. Un sesgo que se ve corregido y aumentado en el caso de las cadenas de información 24 horas, en el caso de las redes sociales, y por algunos logaritmos programados para encerrar a los consumidores en burbujas cognitivas, en islas, que contribuyen a la desconexión emotiva y que dificultan el intercambio de opiniones.
Vivimos en una sociedad en la que, afortunadamente, la hiperinteriorización del rechazo a la violencia es mucho más fuerte que la existencia de un supuesto proceso de abandono de la civilización, pero donde a fuerza de hacer ver y creer que la barbarie la tenemos a las puertas de casa, se consigue que el debate público gire en torno a los conceptos de miedo y de sustitución.
Llegados a este punto, querer razonar en términos de derecha e izquierda parece insuficiente e ineficaz, tal como señala Brice Teinturier (director general de Ipsos-BVA Francia), en un libro reciente y que recomiendo: Au-delà des apparences. Para él, la verdadera matriz que atraviesa todo el tablero político (y sociológico) es la demanda de protección.
Aunque también hay que seguir siendo honesto al constatar que la naturaleza de la protección esperada difiere. En este sentido, podemos diferenciar que, mientras las izquierdas reclaman, fundamentalmente, protección económica y justicia social, las derechas exigen, básicamente, una protección que podríamos calificar de regaliana (orden, seguridad y fronteras).
Cambiando de campo, podemos afirmar que otro clivaje fundamental hoy en día es el que opone a los optimistas a los pesimistas. Se trata de una variable predictiva mayor, porque es forzoso constatar que todos sabemos que los extremos del arco parlamentario suelen ser los receptáculos prioritarios del pesimismo nacional, y a fe de Dios que lo aprovechan, o, al menos, lo intentan.
Hoy en día, sobre todo en política, es necesario aportar esperanza, y resulta que estamos en un punto en que —en buena parte por las percepciones— la extrema derecha, el populismo de derechas, parece que puede aportarla. Y mucha gente lo cree y percibe así, mientras que los partidos de gobierno (no sé si calificarlos de clásicos o de tradicionales) tienen dificultades para diseñar un horizonte deseable, y que, además, sea creíble.
Todos ellos deberían saber que con los discursos de sangre, llantos y lágrimas ya no se puede movilizar al electorado, al menos a una buena parte. Ni tampoco es previsible que se ganen elecciones prometiendo la reducción del déficit. Incluso, a veces, al progreso como tal se lo considera sospechoso, porque a menudo se lo ha transformado, consciente o inconscientemente, en una especie de progresismo negativo, o que es concebido como tal.
Confrontados a estas realidades, ¿cómo podríamos describir esta Catalunya paradójica en la que vivimos? Pues el animal que me parece que más se le parece es un camaleón. Catalunya la podríamos describir como un animal complejo, atravesado por fracturas violentas, pero que continúa teniendo una identidad que perdura, y que continúa siendo, y percibiéndose, como una entidad global. No somos simplemente una yuxtaposición de tribus (urbanas y rurales, de costa o de interior), sino que continuamos disfrutando internamente de alianzas misteriosas, continuamos disfrutando de una diversidad que no conduce a la anomia.
Nos hace falta un discurso que federe para que nos podamos embarcar en él los catalanes que creemos, una y otra vez, en un destino común. Es el vacío lo que hay que ocupar, y hacerlo antes de que otros lo llenen con quimeras peligrosas.
