Los alumnos noruegos volvieron a la escuela el lunes diecisiete de agosto, o sea que la muerte del rey Harald nos ha pillado cuando arrancamos la rutina del otoño. El jueves ya hubo indicios del empeoramiento de la salud del monarca, y mientras la familia entraba y salía del hospital, las autoridades que estaban en el extranjero volvían hacia el país. Mucha gente de Oslo se concentró delante del palacio, y en Trondheim, mi ciudad, algunos empezaron a dejar flores delante de la casa que tiene la familia en la calle mayor. El viernes, después del óbito, se activaron los rituales: banderas a media asta, libros de condolencia, repiques de campanas. Como marca el protocolo, a las once y media el heredero se reunió con el gobierno y anunció que tomaría el nombre de Haakon VIII.

Cada monarquía tiene un papel diferente en su país. La británica es un símbolo imperial, pero también, desde hace siglos, una máquina inacabable de exportación cultural —desde las obras de Shakespeare a La corona. Los Borbones españoles sirven para justificar la acción de las élites madrileñas, porque si el monarca de turno es retrógrado y corrupto, y sin embargo inmune, es lógico que los súbditos fieles también se comporten así.

La casa real noruega actúa como uno de los pilares del país porque, a pesar de que la nación noruega es milenaria, el Estado moderno es muy joven, resultado de un referéndum unilateral celebrado en 1905. Obtuvo su legitimación definitiva el 10 de abril de 1940, cuando Haakon VII se negó a nombrar al primer ministro que querían los nazis. Toda la familia tuvo que huir hacia el norte atravesando los bosques del país mientras los bombardeaba la Luftwaffe. Una acción heroica, muy lejos de la pantomima del 23F. El futuro rey Harald entonces tenía tres años, y pasó la mayor parte de la guerra refugiado en los Estados Unidos.

Ahora bien, el elemento simbólico también comporta formar parte del espíritu del país. Hay un dato clave cuando se observa esta monarquía: los miembros de la casa real noruega van a la escuela pública, y esto quiere decir que los amigos de instituto de la princesa Ingrid Alexandra no son hijos de los ricos de Europa, sino de las clases medias de la capital. Siempre se ha exigido a los monarcas y su familia que se comporten como unos noruegos más o menos normales: que paseen por Oslo, hagan deporte, pasen las vacaciones en una cabaña en el bosque y mantengan una gran discreción y humildad. Es por eso que la aventura de la princesa Marta Luisa y el chamán se ha visto como una traición.

La familia real noruega, educada en la escuela pública, debe mostrar discreción y humildad

El rey Harald siempre fue un hombre muy tímido y que arrastraba muchas dificultades a la hora de hablar en público, quizás porque perdió a su madre cuando todavía era adolescente, y se quedó con un padre, el rey Olaf V, que tenía una personalidad abrumadora. Tuvo mucha suerte cuando conoció a Sonia Haraldsen, la hija universitaria de un comerciante textil de Oslo, con quien salió ocho años hasta que obtuvo el permiso para casarse. En todos los actos públicos que requerían cierta espontaneidad Harald decía cuatro palabras, y entonces la reina tomaba el protagonismo.

Supongo que los dos momentos que se recordarán de su reinado serán el papel después de los atentados de 2011 y el discurso que hizo en los jardines del Palacio Real en 2016: "Los noruegos son del norte, del Trøndelag, del sur y de las otras regiones. Los noruegos también han inmigrado de Afganistán, Pakistán, Polonia, Suecia, Somalia y Siria. Los noruegos son chicas que quieren a chicas, chicos que quieren a chicos y chicas y chicos que se quieren entre ellos. Los noruegos creen en Dios, en Alá, en Todo y en Nada". Y después de añadir que "el hogar es donde está nuestro corazón", lo remató con un "Noruega sois vosotros, Noruega somos nosotros". Nada que ver con el discurso del Borbón el 3 de octubre de 2017 cuando, con un rostro lleno de furia, expulsó a una parte de los ciudadanos —los catalanes independentistas— del orden constitucional.

Veremos qué pasará con el reinado de Haakon VIII, aunque siempre ha tenido un carácter insípido. Su esposa le ha provocado dos grandes crisis —la condena del hijastro por violación y la relación con Jeffrey Epstein— aunque de momento la salud pasa por delante de todo: hace dos meses la reina Mette-Marit recibió un trasplante de pulmones a raíz de una fibrosis, y la supervivencia a diez años de esta operación es solo de un 50 %. De ahí que, por respeto, los medios nacionales no hayan hecho mucha sangre. También encuentra un país sacudido desde la invasión rusa de Ucrania y la amenaza de Donald Trump de devorar Groenlandia. En junio del año pasado Harald y Sonia rodearon en barco las islas noruegas en el Ártico para reafirmar su soberanía.

Para los que somos de Trondheim, el relevo en el trono es una gran ocasión, porque la ceremonia de bendición, que sustituyó a la coronación, no se hace en Oslo, sino en nuestra catedral, la de Nidaros. Y un detalle triste: este septiembre el rey Harald tenía previsto hacer una visita oficial a los últimos cuatro municipios que le faltaban de todo el país. No ha llegado a tiempo.