"El exalcalde de Figueres, Marià Lorca i Bard, ha muerto a los ochenta y siete años". Al margen de los colores políticos, un buen alcalde es liderazgo y, en el caso de los pueblos y de las ciudades medianas, saber estar con los tuyos. Entendiendo que los pueblos somos "tu i tu i tu i tot d'altra gent que no coneixes", como escribía Miquel Martí i Pol, el factor humano es decisivo.
Pero el día a día está hecho de tangibles, en aceras estrechas o en calles amables. Las villas somos una vía de tren que nos corta en dos o un gran paseo que nos recose. Para bien o para mal, detrás de cómo vivimos se esconde el legado de un buen o de un mal alcalde.
En 1860, un pueblo de Urgell, junto a Mollerussa, estaba intranquilo por la posible llegada del tren y decidieron que no lo querían. Hoy, en cambio, les intranquiliza que por el pueblo no pase en absoluto. También en el lado de los prodigios está Pasqual Maragall. Maragall cerró los ojos, vivió soñando, y cuando fue alcalde, cambió Barcelona.
Reivindico las ideas y ver lo que no es obvio. No hablo únicamente de hacer obras —porque las hay muy lamentables—, hablo de cambiar realidades a partir de una idea. Aplaudo a los alcaldes que ya veían toda otra cosa cuando no había ni 3D ni ningún ingenio tecnológico similar. En definitiva, el trabajo de un alcalde es saber que las cosas pueden ser de otra forma, y hacerlo posible.
Me viene a la mente Vic. Aparte del milagro de la universidad, en la capital de Osona perforaron la plaza Major, hicieron un parking y la volvieron a dejar igual. Sin estas 282 plazas de aparcamiento, hoy la ciudad de los santos sería un malvivir. Y si salimos del país, Bilbao también es paradigma. El lehendakari Ardanza, el diputado general de Vizcaya, José Alberto Pradera, y el alcalde Azkuna dieron la vuelta a la crisis de la metalúrgica del 84 para convertirla en una gran oportunidad. Con ambición es como se obró el milagro de recuperar la ría, de acoger el Guggenheim y de convertir un espacio de 50.000 m² de negrura en un estallido de color y de calidad.
El trabajo de un alcalde es saber que las cosas pueden ser de otra forma, y hacerlo posible
Pero vuelvo a Figueres. Dicen, dicen, dicen… que el alcalde Lorca —que lo fue del 83 al 95— visitó a Salvador Dalí en el hospital. Estaba muy grave y, al terminar la visita, el alcalde reveló que el maestro le había dicho que quería ser enterrado en el museo, en el corazón mismo de Figueres. Dicen, dicen, dicen que quizás sí, o que quizás no, pero Dalí está enterrado junto a la rambla de la capital ampurdanesa y, como podéis imaginar, esto cambió Figueres. ¿Cuánta vida habría quedado desplazada a Púbol o a Portlligat? No se sabe, pero la verdad es que tener un gancho turístico tan potente como la tumba de Dalí fue cosa o bien de la última voluntad del genio o de la genialidad del alcalde Lorca.
De otro buen alcalde, de Toni Farrés de Sabadell (fue el alcalde del 79 al 99), dicen que, cuando anunció que se iba, el señor Joan Oliu —padre del actual presidente del banco— le confesó que les había provocado dos disgustos: uno, el día que llegó, y el otro, el día que se marchó. El comunista Farrés se inventó el eje Macià, una especie de avenida Diagonal en el corazón del Vallès. Farrés cuidó a su gente, pero también dejó un legado de prosperidad gracias a un proyecto que nació en su cabeza transformadora.
Los alcaldes deben acompañar a su gente, pero los buenos alcaldes, sobre todo, deben procurarles un horizonte de plenitud cívica y económica.
Somos personas y la ecuación es delicada. Alcalde es ser el primero de los ciudadanos, cuidando la ternura colectiva y generando ideas positivas. No se trata de tener una calle a tu nombre dentro de cien años; se trata de que, dentro de un siglo, tu legado sea irrenunciable e inseparable de la prosperidad futura. El anuncio de Marià Llorca diciendo que Dalí quería ser enterrado en Figueres, todavía hoy genera vida y prosperidad.
