Seguro que todos tenemos en la cabeza alguna persona significada dentro de nuestro campo de trabajo o de conocimiento, de las artes o de los deportes, que consideramos que es un verdadero genio. Este genio (sea hombre o mujer) ha marcado especialmente algún momento de nuestra vida, quizás lo hemos conocido personalmente, o lo hemos descubierto en los libros de texto, o quizás sólo hemos disfrutado sus obras, leído sus libros y artículos, escuchado su música... Si este genio icónico es coetáneo nuestro, seguramente cuando explica alguna idea, lo escucharéis con atención, y si os pasa que, desgraciadamente, muere, sentiréis su pérdida de una manera especial. Eso es lo que me pasa hoy a mí, después de enterarnos ayer de la muerte de Sidney Brenner, un inmenso genio científico encarnado en un duende del bosque.

Sé que dentro del campo de la genética molecular, los científicos más conocidos son Watson y Crick, que son los que propusieron la estructura en doble hélice del ADN, poniendo los cimientos de lo que hoy día es la genómica, pero Sidney Brenner ha sido para mí, mi referente preferido, con una personalidad única, traviesa, un tanto irónica, con una capacidad de trabajo envidiable, una visión única y genial sobre la genética, una dialéctica fluida y punzante, y una escritura estéticamente y racionalmente seductora. Sidney Brenner nació el año 1927 en una pequeña ciudad de Sudáfrica, Germiston, de padres judíos que habían emigrado desde tierras que, actualmente, pertenecen a las repúblicas bálticas. Su padre, zapatero, no sabía ni leer ni escribir, y el pequeño Sidney aprendió a leer a solas, mirando y remirando los diarios que había en la tienda. Viendo que el niño, con 5 años, era tan despierto y espabilado, una cliente que tenía un jardín de infancia, dijo a sus padres que aceptaría a Sidney en su escuela gratis. En un año, hizo el equivalente de tres cursos y pudo conseguir una beca para ir a la escuela primaria dos años antes que los otros niños. Cuando tenía 15 años, consiguió una nueva beca para entrar en la universidad. Quería estudiar Medicina y entró en la Facultad, pero también se dedicó a estudiar un poco de todo, Física, Química, Zoología, Botánica. Viendo que acabaría la carrera siendo demasiado joven para poder practicar como médico, se dedicó a ayudar en el departamento de Anatomía, donde había un pequeño grupo de científicos haciendo experimentos. Publicó su primer artículo científico, con otros compañeros, cuando sólo tenía 18 años. Como podéis ver, era un estudiante excepcional, aunque la carrera de Medicina la acabó un poco "a trancas y barrancas", porque no se quería dedicar a ello. Había descubierto que su vocación era la investigación.

A pesar de sus grandes aportaciones iniciales a la genética molecular, le concedieron el Premio Nobel en 2002 por sus aportaciones en el campo de la genética del desarrollo

Consiguió una beca para ir a Oxford, en el Reino Unido, donde pudo conocer a Watson y Crick justo antes de que publicaran su artículo sobre la estructura del ADN, y se dio cuenta de que lo que realmente le apasionaba era aquella incipiente genética molecular (término que justamente acuñó él, junto con Crick, el año 1958). Se afanó por volver al Reino Unido, para hacer una tesis en el campo que, entonces, se denominaba Física Química. A partir de aquel momento, se hicieron tan amigos con Crick que compartieron despacho durante 20 años, imaginaos qué ideas alocadas y estimulantes (tanto de las que después se demostraron correctas como de las que no) debieron surgir, tal como él mismo reconoce en su biografía que podéis encontrar a la página web de los Premio Nobel (que se le concedió en el 2002, por otras grandes investigaciones que después os comentaré). Una de las preguntas que le daba vueltas a la cabeza era, ¿Cómo se podía pasar de la información genética que está almacenada en el ADN hasta la síntesis de proteínas que son las que ejecutan la función? Después de una comida con Watson y Crick, los tres llegaron a la conclusión de que tenía que existir una molécula más pequeña que el ADN, que pudiera circular entre núcleo y citoplasma como un mensajero (tal como magistralmente explica Siddharta Mukherjee en su libro El Gen, por cierto, un libro magnífico para comprender los avances en la genética durante el siglo XX con una visión íntima y personal de los científicos). Sospechaba y después demostró (también con otros autores), que la molécula mensajera era el ARN que, a modo de fotocopia de una instrucción concreta codificada en el ADN (un gen), podía dirigir la síntesis de proteínas a los ribosomas. También infirió matemáticamente que el código genético tenía que ser en forma de tripletes de letras no enclavados. Todo eso, mientras junto con 23 otros científicos que también trabajaban con ARN fundaron el Club de la Corbata del ARN. Los miembros de este "selecto" club se encontraban dos veces al año para disfrutar de la compañía de forma totalmente informal; allí compartían ideas libres y un tanto locas, que después desarrollaban, una sinergia mental de genios (podéis ver como el mismo Sydney Brenner lo explica en este vídeo breve).

Y si ahora lo habéis visto en el vídeo, podréis entender por qué me recuerda tanto a un duende, pequeño de altura, los ojillos muy despiertos y vivos, las orejas puntiagudas y una fisonomía particular. Dicen que era un enfant terrible, capaz de conducir y dominar, argumentativamente, toda una reunión. Era el alma de las conversaciones porque su cerebro ágil le procuraba un pensamiento agudo y un verbo claro. A pesar de sus grandes aportaciones iniciales a la genética molecular, le concedieron el Premio Nobel en 2002 por sus aportaciones en el campo de la genética del desarrollo. Sidney Brenner estaba obsesionado por comprender cómo se construyen los organismos a partir de las instrucciones genéticas en el ADN. Y, para responder a esta pregunta, buscó en libros de zoología antiguos para encontrar un organismo que tuviera pocas células y de una complejidad relativamente sencilla. Quería saber cómo se construye un cerebro, pero en lugar de fijarse en el cerebro complejo de los mamíferos, fue a buscar un nematodo (un tipo de gusano) denominado Caenorhabditis elegans, el cual sigue un plan de desarrollo muy preciso, y tiene exactamente 959 células del adulto hermafrodita, de las cuales 302 son neuronas. Él solito con la ayuda de estudiantes entusiasmados (muchos de estos estudiantes han ganado después también el Premio Nobel) se propuso cultivar aquellos animales modelo en el laboratorio y hacer todos los análisis genéticos, celulares, fisiológicos y de comportamiento de un único tipo de animal, con el fin de obtener patrones y leyes que después puedieran ser aplicadas a todo el resto de organismos, incluidos los humanos. Si queremos comprender la mecánica, no nos ponemos a estudiar cómo funciona un avión, empezamos primero por entender cómo funciona una bici y después una moto, y así iremos creciendo. Cuando lo jubilaron, con 65 años, siguió investigando en California y ahora, últimamente, en Singapur. Ha hecho muchos más avances de los que yo os puedo explicar en estas cuatro líneas (las podéis encontrar en su biografía), pero ya podéis empezar a intuir por qué le tengo una gran admiración.

Tengo que admitir, sin embargo, que su ingenio intelectual me cautivó definitivamente cuando me di cuenta de que cada mes, desde el año 1994 al 2000, publicaba una página de opinión en una revista científica llamada Current Biology (los podéis encontrar todos en esta dirección). Bajo un dibujo de una pluma de tinta vertía, con un inglés excelente, una prosa fluida como si fuera la serie de su pensamiento; sabías cómo empezaba pero no cómo acababa. Había frases irónicas, agudas, auto-reflexivas, cómicas, ingenuas, punzantes... sobre los científicos, la ciencia y el conocimiento científico. Siempre acababas el artículo pensando, con una sonrisa en los labios. Cuando uno es tan inteligente, es capaz de hilar un discurso sin acritud, sólo con la belleza de las palabras y los argumentos bien hilados, siempre rezumando su pasión por la investigación. Entre un genio y un duende.

Descansa en paz, Sidney Brenner.

Gemma Marfany
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