Aprovechando la presentación del último libro del experiodista Francesc-Marc Álvaro (un hombre a quien la condición de diputado aún le regala suficiente tiempo para escribir) y desestimando el frente de izquierdas español propuesto por Gabriel Rufián, Oriol Junqueras, preguntado sobre el asunto, se animó a proclamar que "fui a la cárcel por Catalunya, no para que Ada Colau sea diputada en una lista de Esquerra". Debo confesar que en un país como el nuestro, lleno de castrati de la política y donde todo el mundo habla en sordina, el exabrupto del capataz republicano me hizo sonreír, aunque el bravado de Oriol no responda a una voluntad expresa de marcar paquete, sino más bien al deseo de abrazar omnívoramente la condición victimista y, ya que estamos, de asumir que —contra todo lo que se repitió hasta la náusea en tiempos del procés— eso de ir a la cárcel o de largarse al exilio fue una heroicidad de cobro revertido.
Desde el 9N y la posterior creación de Junts pel Sí, Junqueras no solo se juró que los convergentes nunca más le tomarían el pelo, sino que, ya desde la cárcel, empezó una cruzada para estar exactamente donde estamos. Por mucho que los "juntaires" hagan más ruido en Madrit, y Míriam Nogueras luzca esa cara que uno imposta cuando está encantado de escuchar sus propias frases, el virreinato catalán es patrimonio del amo de ERC. Así pues, visto que los actuales líderes catalanes ya solo sirven para mercadear presupuestos e inventarse sociedades mixtas de los trenes, Junqueras siempre preferirá una taifa con sede en Barcelona que convertirse en un quinqui de la capital del reino, como así ha hecho Rufián. En este sentido, con la frase precedente, Junqueras está recordando a Sánchez y a sus adláteres podemitas-sumadores que lo de mantener el gobierno del Estado no es problema suyo.
Considero un avance extraordinario que los mártires del 'procés' digan abiertamente que su estancia en la cárcel guardaba finalidades políticas
Consecuentemente, si la supervivencia del sanchismo no es su negociado, resulta normal que Junqueras no quiera disolver lo que pervive de Esquerra en un conglomerado electoral urdido para salvar el barco de los progres españoles. De hecho, y pensando a la larga, a Oriol ya le va bien tener a alguien como Rufián que se deslumbre con los cantos de sirena de la izquierda madrileña y sus respectivos pijos comunistas, ya que cuanto más se asegure tener un Roca en el extranjero, más podrá hacer de Pujol en Catalunya. Esto explica esta coña de ir a la cárcel, frase pujolera (más en la sintaxis que en el espíritu), porque al Molt Honorable 126 lo de presumir de ir al trullo de los fachas siempre le provocó cierto pudor, y mira que al pobre le hostiaron de lo lindo. A mí la cosa me ha hecho gracia, insisto, pues ver a un político jugando a la supervivencia, por poco que ahora valga, siempre produce cierto gozo.
Dicho esto y como escribía al inicio, considero un avance extraordinario que los mártires del procés digan abiertamente que su estancia en la cárcel guardaba finalidades políticas. De esta forma, y a pesar del cinismo de la idea (si uno quería hacer algo por Catalunya en el año 2017, lo mejor era aplicar el referéndum, como se había acordado a nivel parlamentario), entiendo a la perfección que Junqueras opine que la penitencia utilitaria de haberse pasado una temporadita en la prisión no debe recaer en el comeback de una Ada Colau cualquiera o ser el bote salvavidas del pesetero Gabriel Rufián. Cuando Oriol habla de haber estado en la cárcel “por Catalunya”, en el fondo, está diciendo lo mismo que si afirmara que estuvo allí “para salvar mi espléndido culo político.” Sea como fuere, nos ha costado una década que los propios farsantes del procés reivindiquen su pantomima con este nivel de sofisticación.
Dicho todo esto aún de otra manera, estimado vicepresidente legítimo: que tú fuiste a la cárcel porque te dio la gana. Porque querías, vaya. Porque sabías que, a la larga, te salvaría. Y etcétera.