Después del éxito incontestable de la Global Sumud Flotilla (a saber, aquella simpática excursión con la que Ada Colau y Greta Thunberg querían romper el bloqueo israelí de Gaza armadas con cuatro chalupas y unas latas de garbanzos), una aventura que acabó como de hecho querían sus propagandistas (a saber, con la pasma acuática de los judíos parándoles los pies y quedándose las escasísimas viandas que no se habían zampado, los muy bandidos), la progresía catalana vuelve a zarpar de Barcelona con un montón de ayuda humanitaria para salvar a los gazatíes de la inanición. La segunda flotilla —y me duele escribir esta palabra castellana, tan desagradable en la fonética— debía zarpar de nuestra capital ayer domingo, pero los avisos de tormenta lo impidieron. La cosa ya sucedió la primera vez, con lo cual podemos convenir que, ante una futura falta de agua, será mucho mejor viajar a Gaza en canoa que peregrinar a Montserrat.

En esta ocasión, el objetivo no es organizar un pícnic en alta mar, sino trabajar activamente en la reconstrucción de Gaza

Ante la imposibilidad de zarpar del Port Vell barcelonés, los integrantes de esta nueva congregación de chalupas realizaron una “salida simbólica”, consistente en mover las embarcaciones de lugar: lo encuentro una cosa muy catalana, pues ya se sabe que —en nuestro país— cuando no cumples los plazos de cualquier asunto, ya sea un viaje a Palestina o la propia independencia, lo mejor que puedes hacer es abrazar el simbolismo (espero que el movimiento acuático haya durado más de ocho segundos). Sea como fuere, que nadie se piense que la Flotilla II es una mera repetición del primer invento, pues la nueva armada invencible constará de cuarenta embarcaciones y unos trescientos activistas, todos ellos comandados por el barco de Open Arms. En esta ocasión, el objetivo no es organizar un pícnic en alta mar, sino trabajar activamente en la reconstrucción de Gaza, siempre bajo el liderazgo palestino, por lo cual viajan especialistas en ámbitos como la salud o la ecoconstrucción.

En eso tengo que decir que nuestros viajeros la han acertado de lleno, porque, si yo fuera palestino y hubiera sobrevivido a la devastación causada por el gobierno criminal de Netanyahu con la paciencia necesaria, nada me haría más ilusión… que conocer a un ecoconstructor de Barcelona experto en el tema de las supermanzanas. También me ha parecido de lo más oportuno que, este pasado fin de semana, los impulsores de la Flotilla II llenaran el Port Vell de actividades culturales como Community textile workshop against genocide o Decolonizing the land, una serie de saraos que, a pesar de que toquen eso de las invasiones culturales, parecen alérgicos a poder ser enunciados en lengua catalana (que debe ser algo demasiado provinciano para los marineros, ya lo entiendo). En resumidas cuentas, podéis comprobar cómo el paradigma de la flotilla empieza a ir mucho más allá de un viaje que no llega donde promete —un poco como la Ítaca de Artur Mas—, entrando de lleno en la secta del entretenimiento solidario.

Como también resulta fácil de imaginar, el futuro de este segundo intento de la flotilla acabará igual que el primero; para decirlo sin muchos rodeos, con una bonita excursión hasta Palestina (la cual, en cada puerto donde descanse para enrolar más bergantines a la causa, ganará un poco más de atención mediática, gracias a los corresponsales de los medios públicos que habrán querido viajar de gratis) que se acabará cuando la mafia israelí detenga las embarcaciones en aguas internacionales, saltándose nuevamente la legalidad vigente y depositando después a los aventureros en una celda temporal para enviarlos donde corresponda en pocos días. Estos activistas denunciarán el trato inhumano en cuestión y, posteriormente, volverán a sus respectivas ocupaciones para reciclar el material que no les hayan confiscado los dóbermans judíos. Así acabará la cosa, espero que sin ningún herido ni víctima de angustia existencial; y así será publicitada y olvidada en todo el mundo en pocos días… y see you en la tercera edición.

En casa estamos a favor de que todo el mundo gaste su tiempo libre como quiera, pero yo diría a la gente que está a punto de zarpar que, más allá de salir en la foto por enésima vez y poder contar anécdotas en cenas de Gràcia y en vez de hacer el numerito por Gaza…, promuevan un activismo mucho más sencillo, arriesgado y efectivo: irse a Israel para intentar convencer a los judíos de que echen a la calle a su actual gobierno de psicópatas. Los gazatíes, que por fortuna ignoran sus viajecitos de tres al cuarto, se lo agradecerán durante décadas.