Mi ex siempre me lo decía. Fai finta che mi ami. Porque sabía que había momentos en los que me caía muy mal. Recuerdo que solo hace una semana Francia ha eliminado la obligación medieval de mantener relaciones íntimas en el matrimonio. Supongo que también es lo que le dirá ese señor de color naranja a su mujer cuando grabaron este documental que brillará por su poca presencia en las salas. El silencio es también una forma de comunicación. Un poco como cuando te obligas a sonreír cuando estás triste y este gesto cambia tus conexiones neuronales. Por cosas del azar, he podido degustar el gran argumento de Rental Family. Qué gran acierto, aunque en un principio pensé que no era una película de mi gusto.
La primera secuencia muestra cómo contratar a alguien para que finja tristeza en tu funeral. Un hecho con el que no empatizo y más cuando sucede en Japón. Pero es una de las pelis que, sin ir a los temas fáciles y lacrimógenos, me ha emocionado tremendamente. Todos hemos fingido alguna vez para lograr revivir un sentimiento. Me vino el recuerdo de cómo en la discoteca Área Beethoven me ponía el papel higiénico en los sujetadores para fingir que tenía más pecho. Una tontería que me hacía sentir más mujer cuando era una adolescente. O como cuando estudiaba en París y, como no tenía familia, hacía que esa chica canadiense con la que había ido un par de veces a tomar algo se convirtiera en mi confesor o referente. O cuando todavía veo un perro que se parece a mi difunta Maggye, le llamo Maggye para volver a oírme pronunciar su nombre… Es una sensación que hace que vuelva a sentirme como en casa. O cuando busco en la receta de los macarrones del cardenal de Carles Gaig los que cocinaba mi abuela Maria. Momentos irreales que me hacen revivir sentimientos que son muy reales. Recuerdo cuando mi amigo estadounidense Rob vino a verme cuando vivía en la Toscana. Por unos días, sentir que alguien me ayudaba con los niños y que nos confundían con una familia me hacía sentir menos estresada. A veces, nuestra mente quiere ser engañada incluso por nosotros mismos. En la película Rental Family, Brendan Fraser hace de un actor al que contratan para simular situaciones no reales que despierten verdaderas emociones. Parece muy complicado, pero no lo es. Como cuando eres pequeña (o no tanto) y finges que alguien es tu novio para poner celoso a un tercero. O cuántas veces he tenido que fingir un orgasmo para no sentir la presión de tenerlo. Pues, ante un amante inseguro, es mejor decir una mentira piadosa que no entrar en bucle mental.
En esta película todo es mucho más complicado. Es no poder cambiar la estructura de una sociedad como la tradicional japonesa, siguiendo siendo fiel a uno mismo. ¿Sabéis cuál es el servicio más solicitado? Que la amante de tu marido te pida perdón. ¡Cuántas enfermedades se curarían si recibiéramos al menos una disculpa por los grandes desaires de nuestra vida! Pero es verdad que no puedes dar la llave de tu curación a quien te ha herido. Y más cuando el que se debería disculpar es él, el marido
A veces, nuestra mente quiere ser engañada incluso por nosotros mismos
Un clásico de principios de año —además de hacer dieta, dejar de beber y apuntarte al gimnasio— es también escribir o recibir aquellas palabras de parte de alguien que ya no esperabas. Los hay, sin embargo, que al recibir palabras bonitas continúan despachando el veneno que llevan dentro. Si hay algo con lo que no puedo es con la gente cruel. “Tú tienes una perra muerta, él un hijo muerto: haréis una buena pareja, porque él tiene una perra y tú dos hijos”. Alguien que habla así ya hace patente su superficialidad. Y lo intentas perdonar pasado un tiempo, pensando que ha sido un malentendido, pero es una batalla perdida. Personalmente, hace tiempo que decidí que para la gente que quiero no quiero tener orgullo. Solo pienso en lo que realmente quiero: estar bien, y preferir ser feliz que tener la razón. Hay gente a la que le gusta hacer daño, sobre todo, cuando más te rebajas y más débil te ven. Ese tipo de persona enganchada a las emociones fuertes que se las inventa jugando a la ruleta rusa de a qué amiga desterrará. ¡Qué casualidad, ¿verdad?!, que siempre sean las mujeres que le han sido tan cercanas cuando le ha convenido a las que después coge manía. Sí, aquel que da lecciones de vida cuando, bien mirado, de poco puede presumir, porque al final tendrá que alquilar a alguien mucho más joven para que le diga que le quiere. Cuando alguien no tiene amigos de toda la vida, cuando alguien es egoísta, incluso con su propia familia, cuando a alguien el trabajo le empieza a fallar cuando no tiene quien lo haga por él, cuando alguien está solo como un búho (aunque repita que es porque quiere), es por algo. Hace poco, estuve con mi grupo de amigas de toda la vida. Mi núcleo duro. A algunas las conozco desde los 3 años y a la que menos ya son cuarenta años los que compartimos sentimientos. Sí, hicimos como que éramos todavía aquel grupo de amigas que quedábamos en la plaza del Centre, aunque fuera en la Vinya dels Artistes para ver esculturas de Guinovart y dormir entre viñedos en la casa rural Cinc Cons. Después de degustar y beber los vinos de Mas Blanch y Jové removimos todos nuestros best hits. Nada había cambiado. Solo una cosa. Al día siguiente y nuestro mal cuerpo al beber un poco más de la cuenta. Sí, la perimenopausia te cambia el cuerpo, pero los amigos de siempre siempre buscan una manera de estar cerca tuyo. Para que en vez de explicar la vida, poder escribir nuevos capítulos. Y porque da mucha libertad no tener que actuar ante nadie, y mostrarte sin ninguna máscara ni maquillaje, sobre todo ante una misma.