El pseudoplán de la administración Trump y las negociaciones iniciadas con Rusia para obligar a Ucrania a una capitulación incondicional, cuando todavía no ha perdido la guerra, y la publicación de la "Estrategia de Seguridad Nacional" de Estados Unidos este 4 de diciembre —preludio de una repatriación significativa de las tropas estadounidenses estacionadas en Europa—, marcan no solo un giro geopolítico, sino una ruptura histórica. Suponen, de facto, el fin de Occidente, la civilización que ha dominado el mundo desde finales del siglo XV hasta principios del siglo XXI.
Un lejano 1918, y en una Alemania en ruinas, Oswald Spengler ya anunció el declive de Occidente debido a los desequilibrios del capitalismo, el desarraigo de las masas, la caída de su vitalidad y la pérdida de sus valores. Este juicio fue acertado en lo que respecta a Europa, que decidió suicidarse material y moralmente con las dos grandes guerras del siglo XX.
Pero Occidente se reencarnó en Estados Unidos, que desempeñó un papel fundamental y decisivo en la victoria de las democracias representativas en los dos conflictos mundiales, en 1918 y 1945, y en el final de la Guerra Fría y la caída del comunismo, en 1989. Fue, además, Estados Unidos quien reintegró a Alemania, Italia y Japón —las fuerzas del eje— al campo de los Estados libres, y también fue Estados Unidos quien apoyó la reconstrucción y la integración de Europa a partir de 1945.
Justo cuando Francis Fukuyama predicaba el fin de la historia con la llegada de la democracia de mercado, justo cuando saboreaba el supuesto triunfo de sus tesis, justo cuando la globalización parecía situar el siglo XXI bajo el signo de una apoteosis en todos los sentidos, resultó que empezaba la desintegración de Occidente, hasta llegar al extremo de verse hoy en día aislado, dividido y dominado.
La dinámica de desoccidentalización del mundo no se debe tanto al empuje de los regímenes autoritarios como a la crisis interna y a la desunión de las democracias representativas
Los países occidentales solo reúnen a 1.300 millones de los 8.000 millones de personas que poblamos la Tierra. El despegue de las potencias emergentes y emergidas del sur ha reducido el peso del G7 (integrado por Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, el Reino Unido y Estados Unidos) del 75% al 45% del PIB mundial, entre 1975 y ahora. Y nos encontramos con que Asia, que ya supone el 35% del PIB mundial, produce más que Estados Unidos (que supone el 25%) y que la Unión Europea (que representa el 14% del PIB mundial). Tanto China como la India figuran hoy en día entre las cinco primeras economías del planeta y aspiran a recuperar el papel protagonista que tenían antes de la revolución industrial.
Los estados autoritarios dominan al 72% de los habitantes del planeta, frente al 46% que albergaban en 2012, y controlan más de la mitad del PIB mundial. Aunque sus instituciones y sus principios y valores siguen siendo muy heterogéneos, lo cierto es que están firmemente alineados en torno a la voluntad de construir un mundo postoccidental organizado en torno a zonas de influencia de carácter imperial, y en torno a sistemas regidos por las relaciones de poder.
El bloque de los imperios autoritarios toma como base la alianza entre China y Rusia (reforzada en todos los aspectos en estos últimos tiempos), una alianza a la que se suman de forma oportunista tanto Turquía como Irán. Pero una alianza que también tiene aliados y poderosos intermediarios, como Corea del Norte, Cuba o, hasta hace poco y aún no sabemos cómo acabará, la Venezuela de Maduro.
Pero no seamos ingenuos, la dinámica de desoccidentalización del mundo no se debe tanto al empuje de los regímenes autoritarios como a la crisis interna y a la desunión de las democracias representativas. Tras el colapso de la Unión Soviética (matriz de los regímenes autoritarios en el siglo XX y patrocinadora máxima de la desestabilización en Occidente), las democracias representativas renunciaron a estabilizar el sistema internacional, hasta llegar a convertir 1989 (caída del telón de acero y del muro de Berlín) en una paz fallida, como ya lo había sido la de 1918 (con el bumerán del surgimiento del fascismo y del nazismo en los años treinta del siglo pasado), y cedieron fácilmente a la gran ilusión académica del fin de la historia.
El declive económico, el empobrecimiento, el adelgazamiento del estado del bienestar, la desestabilización de las clases medias y la sucesión de guerras perdidas (Indochina, Argelia, Vietnam, Sahel, etc.) han dado lugar al principio de descomposición de las democracias y al resurgimiento de los populismos.
Sobre los populismos hablaremos en el próximo artículo.