“Europa no puede seguir siendo la custodia del antiguo orden mundial, un orden que ya no existe y que no volverá (...) necesitamos una política exterior más realista y dirigida por el interés”. Estas son algunas de las palabras de hace unos días de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en la Conferencia de Embajadores de la UE en Bruselas. Un discurso que ha traído mucha cola: la réplica casi inmediata del presidente del Consejo, Antonio Costa, rumores de la activación de una moción de censura contra Von der Leyen en el Parlamento Europeo, reprobaciones más o menos públicas de diversos líderes europeos; y una rápida y completa rectificación por parte de la afectada.
La duda, sin embargo, permanece: ¿fue un error de cálculo de una presidenta conocida por intentar siempre remar en la dirección de la corriente? ¿O detrás de sus palabras hay alguien que ya ha comprado el marco mental de un nuevo (des)orden mundial definido por el caos trumpista y las pulsiones autoritarias que se proyectan desde Beijing y Moscú, entre otros? En el primero de los casos, a pesar de la gravedad, el error sería aún perdonable. En el segundo ya nos encontraríamos ante un problema mucho mayor, y particularmente peligroso.
Desde Bruselas hay quien lo ve como un intento, claramente fallido, de Von der Leyen de arrastrar el posicionamiento de la Unión hacia las tesis defendidas últimamente por el canciller alemán Merz —conacional y compañero de partido—, sobre la necesidad de adoptar políticas de más afinidad con Trump. Un Merz, sin embargo, que está en horas particularmente bajas, ya que menos de un año después de llegar al poder tiene unos índices de aprobación bajísimos, de solo el 26 % ... tan bajos como los que tiene Trump.
Pretender que el futuro de Europa, o dicho de otra manera el de la Europa que vale la pena, puede pasar por un contexto de debilitamiento aún mayor del orden internacional y del sistema de organizaciones internacionales es simplemente irresponsable
Porque, volviendo a la presidenta de la Comisión, fue realmente perturbador observar cómo, en una Europa ya bastante dividida de por sí respecto de los grandes retos del tablero geopolítico global —la guerra en Irán y en todo Oriente Medio, la de Ucrania, la situación en Venezuela...—, fuera precisamente la persona que el mundo identifica como la cabeza visible de la Unión Europea la que encabezara un discurso totalmente contrario a los principios fundacionales de la Unión.
Y es que el proyecto europeo, con sus grandezas —y también sus miserias— se fundó precisamente sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, de la experiencia traumática de los totalitarismos de los años 20 y 30 del siglo pasado, y también frente al totalitarismo de matriz estalinista que se desarrollaba más allá del telón de acero. Se fundó sobre los principios fundacionales del humanismo, del respeto y de la promoción de los derechos humanos, con la idea de unos derechos y valores sociales compartidos. Así como también sobre la necesidad de un orden internacional basado en las normas que, a pesar de sus muchas imperfecciones, se convierte en el único mecanismo real que nos puede alejar del caos y de la selva a la que nos quieren arrastrar los líderes de algunas de las principales potencias mundiales.
¿Que las Naciones Unidas están en crisis? Es evidente y nadie lo pone en duda. ¿Que el multilateralismo está en retroceso, y que el respeto al derecho internacional no pasa por su mejor momento? Otro drama del que todos somos bien conscientes. Ahora bien, ¿esto quiere decir que la respuesta a este contexto tan desolador es —como ya he dicho— comprar el marco mental precisamente de los responsables de este desastre? Dicho de otra manera, ¿es que hemos perdido el oremus?
Vivimos tiempos convulsos. Europa ciertamente debe apostar por una mayor autonomía estratégica, autonomía, sin embargo, que no pasa exclusivamente por el ámbito de la defensa, sino que también —y de manera urgente— por una autonomía real en el ámbito de los bienes y servicios tecnológicos, donde la dependencia respecto de los Estados Unidos nos pone en una situación de casi vasallaje.
Europa necesita el multilateralismo, entre otras cosas, para poder seguir siendo Europa; y por eso debe apostar por este ahora más que nunca, sin ser ingenuos y con realismo, pero conscientes de la interdependencia que el futuro del proyecto europeo tiene con un mínimo de orden y concierto entre las naciones
Es más, en un momento en que la tradicional relación transatlántica está más tocada que nunca, por insistencia casi compulsiva del ocupante de la Casa Blanca y de su entorno, es imperativo que Europa establezca o refuerce alianzas estratégicas desde todos los puntos de vista; también en el ámbito comercial, como ha hecho ya con la India o como debería acabar de ratificar, tan pronto como se pueda, con el Mercosur.
Pero pretender que el futuro de Europa, o dicho de otra manera el de la Europa que vale la pena, puede pasar por un contexto de debilitamiento aún mayor del orden internacional y del sistema de organizaciones internacionales es, y siento la contundencia, simplemente irresponsable. Porque el multilateralismo no es solo una cuestión de principios, sino también una cuestión de responsabilidad y hasta de eficiencia y eficacia. ¿O es que Europa cree que podrá gestionar los grandes retos que se le derivan del cambio climático, de los flujos migratorios, de la salud pública global o del impacto de la IA —por decir algunos— por sí sola?
Porque Europa necesita el multilateralismo, entre otras cosas, para poder seguir siendo Europa; y por eso debe apostar por este ahora más que nunca, sin ser ingenuos y con realismo, pero conscientes de la interdependencia que el futuro del proyecto europeo tiene con un mínimo de orden y concierto entre las naciones, también entre las grandes potencias. Y eso pasa por defender y promover, ante la opción del caos, aquellos únicos espacios e instituciones que lo pueden hacer factible, no ignorándolos o arrinconándolos.
