La llegada del papa León XIV ha vuelto a encender el espinoso asunto del catalán en Catalunya, único caso en el mundo donde la lengua de un país está cuestionada por los inmigrantes que se instalan para vivir allí con mejores condiciones que en su país de origen. Esta vez, el pirómano ha sido Faustino Mlegwa, párroco de la parroquia de Sant Agustí de Barcelona, un lugar de oración y de concordia situado en el barrio del Raval. Mlegwa, original de Tanzania, hace ocho años que llegó a Barcelona y, escuchándolo, tengo la sospecha de que no habla catalán porque no le ha dado la gana, como tantos progenitores de los orgullosamente charnegos que, después de sesenta años, no saben decir ni un buenos días en la lengua de Salvador Espriu. Faustino Mlegwa, en cambio, habla un castellano cojonudo, en un barrio de inmigrantes provenientes de muchos países del mundo y portadores de infinitas lenguas maternas, y después de escucharlo decir, textualmente, "estamos en España y la lengua nacional es el español; por eso, cuando uno va a España, usa la lengua que conoce para defenderse y expresarse", puedo afirmar que el párroco de la parroquia de Sant Agustí no habla el catalán por una visión colonialista de la lengua. Al párroco de la parroquia de Sant Agustí le molesta que se considere normal que el Santo Padre haga una parte de su discurso en catalán en la Sagrada Família y con Gaudí en cuerpo presente, unas declaraciones que, en una cuestión tan sensible como es la lengua, no lo diferencian demasiado de cualquier militante de Vox o de cualquier desarraigado de los orgullosamente charnegos. Si este fuera un país normal y con una Iglesia gobernada por otra eminencia que no fuera Juan José Omella, Mlegwa debería pedir disculpas inmediatamente por el desprecio hacia los catalanohablantes y buscar parroquia en Queretes, Teruel, pueblo donde nació el arzobispo de Barcelona.

Si en la Catalunya de 8 millones el catalán está en la UCI, en la de los 10 millones estará enterrado

Si eres masoquista, ser catalán catalanohablante es uno de los mayores placeres terrenales que un ser humano puede experimentar. Vayas donde vayas, siempre encontrarás una piedra en el zapato para recordarte que vives, por cornudo y apaleado, en esta España que ha hecho de la inmigración un arma de destrucción masiva de las lenguas minoritarias. Una estrategia muy bien planeada por los poderes fácticos de Madrid DF y los sucesivos gobiernos del Estado, con la colaboración impagable de los catalanes que quieren el reconocimiento de los poderes fácticos. Y Mlegwa es el ejemplo de esta ola de negacionistas buscadores de madres patrias, aunque él sea natural de Tanzania, país donde hablan suajili, lengua que no proviene del latín vulgar, como el español que tanto defiende. A un hombre como Mlegwa le habría costado el mismo esfuerzo hablar catalán que español, pero ya se sabe que el poder de Dios es infinito, y no es casual que la Iglesia haya escogido a un negacionista de la lengua catalana para gobernar la fe de la gente de un barrio como el Raval. A todos estos que quitan importancia al tema de la lengua por ser un problema menor en un mundo ahogado por problemas mayores, siempre se les acaba viendo, como se dice en lenguaje popular, el plumero.

En el fondo, todos estos acérrimos defensores de una lengua en peligro de extinción como la española, tienen la calle como banco de pruebas. Hasta el punto de que han llegado a convencer a los recién llegados de que aprender el catalán no sirve de nada, y que se puede vivir en una ciudad como Barcelona sin hablar la lengua autóctona. La diferencia entre los castellanohablantes y los catalanohablantes es que unos pueden vivir 24 horas empleando su lengua, y los otros no, a menos que quieras convertir tu cotidianidad en una tortura. Ayer, por ejemplo, fui a comprar a una carnicería argentina, y cuando pedí en catalán qué carne me recomendaban para hacerla a la brasa en un horno Kamado, me miraron como se mira a alguien que viene a tocarte las narices. No por el Kamado, sino por la lengua. Somos el único país en el mundo donde los recién llegados imponen la lengua a hablar, como si ellos fueran Hernán Cortés, el mito erótico de Díaz Ayuso, y nosotros los pobres indígenas a cristianizar. Yo, pesimista empedernido, creo que el catalán como lengua empleada en la calle está condenado a muerte, y que los catalanohablantes desapareceremos como las lágrimas en la lluvia. En Catalunya, lamentablemente, no habrá ningún Wounded Knee para ser recordados con cierto respeto. El 1 de octubre ya es historia.

La conclusión es que nos ha faltado capacidad de hacer entender a los recién llegados la idiosincrasia cultural de este país sin Estado, y nos ha sobrado seny, cualidad que gusta mucho a los que miran Catalunya como la gran teta económica de la España del café para todos. Si hubiéramos sido más intolerantes, moriríamos más felices. "Mira a los vascos, si no", me dicen como ejemplo. Y cuando me dicen esto, siempre recuerdo las palabras que dijo Josep Fontana, en plan de coña, en una de esas tertulias postpartido del Barça que se celebraban en el piso que tenían mis padres en Les Corts: "Los vascos siempre caen mejor porque son castellanos sin romanizar".

Y a la indecencia del rector Mlegwa, ahora se suman los empresarios, en voz de su predicador principal, Josep Sánchez Llibre. Foment quiere más migración para hacer crecer la economía, la del mundo empresarial, la suya, sin pensar en las consecuencias socioculturales para un país desarmado. Si en la Catalunya de 8 millones el catalán está en la UCI, en la de los 10 millones estará enterrado, con todos los honores, en el Fossar de les Moreres. Allí, de noche, mean los perros y vomitan los que vienen de Erasmus.       

Parece una broma de mal gusto que tengamos que pedir casi de rodillas que el papa León XIV diga unas palabras en catalán en su visita a Barcelona. Si Gaudí resucitara, echaría de su templo al rector Faustino Mlegwa, al arzobispo Omella y, de paso, al Borbón.