Suma y sigue. El PP no gana para sustos. A este paso no quedará uno. Echen un vistazo a la hemeroteca. Matas, Rato, Aguirre, Cañete, Acebes, Cascos y ahora Zaplana. Caen como en el libro de Los diez negritos. La suya no es una historia de asesinatos, pero sí de muerte (política), mordidas, dinero negro, paraísos fiscales, blanqueo, fraude, malversación de fondos públicos, indignidad y putrefacción.

Ahora resulta que aquellos patriotas de pulsera que vinieron a regenerar España y daban lecciones de honestidad y buena gestión cada mañana, nos demuestran que llegaron sólo para forrarse, saquear las arcas públicas y llevarse el dinero a espuertas al extranjero. El que no ha sido encarcelado, ha sido imputado y el que no está salpicado en algún asunto turbio investigado en los tribunales.

Hace tiempo que el PP de Aznar está podrido y, por mucho que Rajoy trate de establecer una línea temporal y de actuación entre los que fueron y los que están, es imposible. Son los mismos porque a aquellos les sucedieron estos y el modus operandi siguió siendo idéntico. Las instituciones al servicio de sus propias causas y de sus bolsillos. Ahí están González, Cifuentes, Camps, Costa, Granados y otros tantos.

Que tiemblen ahora aquellos que, como Zaplana, siempre esquivaron cuantos asuntos turbios amenazaban con estallar y nunca hasta hoy explotaron

La detención de Eduardo Zaplana por blanqueo de capitales, malversación y prevaricación ha vuelto a sacudir al partido del Gobierno. Y, aunque al exministro hace tiempo que le sacaron de la primera línea, fue Mariano Rajoy quien lo convirtió en su mano derecha en el Parlamento entre 2004 y 2008 y fue él también quien bendijo su nombramiento como consejero de Telefónica. Favor con favor se paga y César Alierta siempre estuvo dispuesto a echar una mano a los tótem del bipartidismo y sus familiares más próximos. Todo fuera por tener contentos a populares y socialistas.

Zaplana es un símbolo del aznarismo que, rebotado con el “marianismo”, echaba ya pestes del Gobierno y, en los últimos tiempos hacía, según cuentan en Génova, de valedor de Ciudadanos en sus ratos libres ante el Ibex 35. Solo o en compañía de otros con los que recientemente constituyó una Fundación en Defensa de la Constitución española.

Si la justicia no llevara sus tiempos, no siempre coincidentes con los de la política, uno diría que la detención de Zaplana no es ajena a su complicidad con Albert Rivera, el hombre que envenena los sueños del Gobierno y se ha propuesto sacar a Rajoy de La Moncloa. Que tiemblen ahora aquellos que, como él, siempre esquivaron cuantos asuntos turbios amenazaban con estallar y nunca hasta hoy explotaron. El exministro ha caído tras haberse escabullido de no pocos escándalos que le salpicaron, y a pesar de que algunos de sus colaboradores fueron juzgados y encarcelados en varios casos de corrupción.

De momento, tras su detención, más de uno, y no todos del PP,  han entrado en pánico. Si ha caído Zaplana después de tantos años de sombra de sospecha y de escabullirse de la justicia, no hay que ser de la UCO para augurar que no lo hará solo, y que sus manejos pueden salpicar a unos cuantos más allá de la familia Cotino y de su etapa como presidente de la Generalitat Valenciana.

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