Alguna vez he escrito sobre las condiciones que atraviesan la decisión de tener o no tener hijos en nuestro país. Y sobre las circunstancias que llevan a tener uno, dos, o más de uno y de dos. He escrito centrándome en las dificultades materiales y en la falta de facilidades y de políticas que favorezcan la natalidad en Catalunya, o al menos que ensanchen la libertad desde donde cada uno moldea las perspectivas de su proyecto familiar. A menudo, sin embargo, la inmaterialidad es tan importante como la materialidad, y para entender de dónde surgen los escollos concretos que convierten parir y criar en una carrera de obstáculos hay que tomar perspectiva. Una cosa no se entiende sin la otra, y lejos del amor por las conspiraciones que gasta la extrema derecha, me parece que no es ninguna locura afirmar que los medios del país —especialmente, los públicos— tienen una especial predilección por aquellos discursos que ponen el foco en las externalidades negativas de tener hijos. O en las bondades de decidir no tenerlos. Todo ello modela el estado de ánimo de la conversación pública sobre natalidad e influye en la toma de decisiones de quien, llegado el momento, podrá pensar que si todo el mundo dice que es tan difícil, o tan innecesario, o tan castrador —a pesar de la ironía—, o tan constringente, quizás más vale dejarlo correr. Pero una decisión tomada sin toda la información no es una decisión tomada en libertad. Para quien quiere ser padre o madre, todo este charloteo acaba funcionando como una adversidad añadida.
La tendencia es sutil, pero presente. Y se expresa presentando al hijo de formas distintas, todas modeladas para que la conclusión acabe siendo que más vale no tenerlo y, por lo tanto, para emitir un juicio sobre quien lo tiene. La más explícita y descarada es la que presenta al hijo como una cárcel, como una renuncia a la libertad que solo hace gente con poca autoestima. O con poca estima por su libertad, si no es que son lo mismo. Es una posición que parte de la confusión, consciente o no, de la libertad con la autonomía. En la vida, cosas que requieren un instante —o muchos— de abnegación para lograr un bien mayor hay muchas. A quien opina así, sin embargo, le resulta difícil asumir que alguien pueda renunciar a su autonomía —dormir toda la noche sin interrupciones, ceder los sábados para acompañarlos a los partidos de baloncesto, comprar unas cosas y no comprar otras— para preservar su libertad: criar al hijo que libremente se ha querido concebir. Parece, sin embargo, que solo alguien sin paladar por los placeres inmediatos de la vida pueda ser tan enfermizamente generoso como para reordenar estos placeres en su escala de prioridades.
En el otro extremo está quien presenta al hijo como un acto de egoísmo: solo un lunático o alguien con el compás moral desajustado es capaz de hacerle la putada a alguien de brindarle la existencia en este mundo destrozado. Solo alguien con un vacío por llenar "necesita" tener hijos. Solo alguien que se prioriza a sí mismo por encima de la comunidad puede jugarle la mala pasada a esa misma comunidad de añadirle un nuevo miembro. Siempre enfocado desde lo que el hijo te aporta, nunca enfocado desde lo que el padre aporta al hijo. Siempre enfocado desde la molestia que supone para quienes ya estamos en el mundo, nunca enfocado desde la contribución que puede llegar a ser. Cuando algunos decimos que el discurso sobre los hijos al que dan voz los medios es parcial, nos referimos a esto. O a que a veces, incluso, entroncando con este argumentario, parece que se pida que los hijos se conviertan en un lujo: en vez de validar las voces de quienes reclaman contribuciones desde la política para poder materializar que cada uno saque adelante la opción familiar que desee, se les espeta que, si no pueden mantenerlos, mejor que no los tengan. Porque, ya lo veis, al final todo el mundo puede decidir si tienes hijos o cuántos hijos tienes, excepto tú mismo.
Los medios del país —especialmente, los públicos— tienen una especial predilección por aquellos discursos que ponen el foco en las externalidades negativas de tener hijos
Los medios hacen pasar la excepcionalidad por norma con la idea de que esto tendrá un efecto positivo sobre su audiencia, pero el caso es que, a la mayoría de las familias a las que los obstáculos —sobre todo, económicos— han condenado a vivir la crianza como una heroicidad, tanta matraca les queda muy lejos de su realidad cotidiana. En Catalunya, existe una parte de la izquierda que es consciente de todo esto que estoy escribiendo. Aun así, a menudo habla de la familia para instrumentalizarla como una simple justificación ideológica, sin llegar nunca al fondo de la cuestión: con cambio climático, sin acceso a la vivienda, sin derechos laborales, sin sanidad y sin educación no hay familia. Pero, ¿por qué es necesario seguir garantizando la posibilidad de empezar una? Paralelamente, la extrema derecha encorseta la posibilidad de procrear a la función de convertirse en una herramienta nacionalizadora, poniendo así la presión de todas aquellas coyunturas que piensan que hay que resolver sobre el útero de las catalanas. A veces, parece que su aproximación a la natalidad, más que pretender favorecer la libertad de escoger, solo quiera constreñirla un poco más.
Un país también son las perspectivas que ofrece a sus ciudadanos para realizar su opción familiar, para imaginar un futuro en él. Y las perspectivas que ofrece Catalunya son más bien funestas, sí. Convenientemente, los discursos que se sacan a relucir en los medios no tienen nunca que ver con la posibilidad de mejorar estas perspectivas, sino que nutren el argumentario de que, visto lo que hay y vistos todos los esfuerzos que hay que hacer para sobreponernos a ello, más vale que nos demos por vencidos. Pero el país también está lleno de gente que no ha querido rendirse y que, a pesar de todo, hoy vive todo lo bueno, y bello, y esperanzador de tener hijos. Son gente a la que pocas veces se le pone un micrófono delante para tratar directamente la cuestión, pero todas y cada una de sus experiencias son válidas para respondernos por qué es necesario garantizar la posibilidad de empezar una familia a los catalanes. Sin miedos y sin catastrofismos, con voluntad de exponer todas las vertientes de la cuestión para, ahora sí, que quien lo quiera tome la decisión libremente.