Como un grano maduro. Ha explotado y ha empezado a ser salida mierda y más mierda. Y la sensación es que falta mucha más por salir. Sí, hablo de los casos de pederastia. No podía ser que existieran en medio mundo católico y que en España, donde la iglesia de Roma ha educado generaciones enteras, no apareciera ni uno.
Pero es que España es diferente. Los efectos del franquismo y su régimen del terror perviven en el subconsciente de muchos de los comportamientos embutidos de miedo y silencio cómplice. La sociedad española es el perro que ha recibido mucha estopa y vive atemorizado. Todavía ahora. Estamos allí mismo. Con el "niño, no te signifiques. Yo no he visto nada. Yo no se nada y ya se espabilarán. Mientras vengan a buscar al del lado, yo tranquilo.
Callamos porque tenemos miedo. ¿A qué? A la verdad. Los reportajes sobre el Rey emérito los pasan en Francia (por cierto, todo eso de la emisión del programa sobre Juan Carlos I está explicado aquí). Aquí no, aquí no pasamos el reportaje. No fuera caso que se abriera un debate. ¡Huy, no! El Rey abdicó y hacemos ver que aquello no pasó. ¿Explicaciones? Las justas. Y buenas noches y buena suerte. Silencio. Como los casos de pederastia. Todos hemos visto cosas extrañas, pero todos callamos. Dicen, dicen, dicen, pero al final todo queda mortecino en una niebla espesa. Y la sociedad calla. Cómplice. Nada, son casos aislados. ¿Sí? ¿Seguro?
Los arcenes de muchas carreteras todavía están llenos de silencio. Y algunos conventos también. Hace tiempo. Desde el 36. Venían y se los llevaban. A los unos y a los otros. Y nunca volvieron. Y los perdedores tuvieron que soportar la ausencia y la posterior humillación de la derrota administrada con aceite de ricino. Pero no, de aquello y de los efectos de aquello no hablamos, no fuera que abriéramos viejas heridas. Sí, mejor callar. Dimos a los niños a la iglesia y los "hermanos" nos devolvieron unos cuantos de ellos destrozados como personas y traumatizados de por vida. Y haciéndoles sentirse culpables. Pero mejor convivir con el silencio. Que el grano no reviente nunca. Que todo quede allí dentro. En casa. Hasta que se gangrene por dentro y tengamos que ir a urgencias y amputar. Pero no sufra que cuando pase no diremos en qué hospital se hizo el ingreso y la posterior operación. Y no habrá pasado. Porque nunca pasa nada. Y mientras intervienen el grano que nunca explotó, sabemos que se empezará a formar otro. Porque no puede ser de otra manera. Y volveremos a callar. Por si las moscas.