Llevo un año arrastrando una bursitis en el hombro que no me deja dormir y estoy de una mala leche de mil demonios. En el centro de adicciones me reeducaron el sueño y volví a dormir como un niño de teta, con las horas redentoras precisas para afrontar el día siguiente con fuerza y un despertar con una sonrisa en los labios, tal como cuando creía que los Reyes Magos venían de Oriente y Papá Noel no era un invento de la Coca-Cola. Y en la placentera inconsciencia, volví a inventarme una vida con mi padre muerto y, más tarde, con mi hijo muerto, ambos soñados hasta situarlos tan lejos y tan cerca de mi añoranza. Pero mira por dónde que, por culpa de esta maldita bursitis, los sueños ahora van y vienen tan desmenuzados que me impiden localizar sanos y salvos a mi padre y a mi hijo, y me despierto agotado, incapaz de soportar mi condición de catalán cabreado.

De hecho, el hecho de ser catalán no me ayuda a superar la bursitis. Un catalán de los malos, quiero decir, de esos que todavía son independentistas a pesar de los políticos independentistas y gracias, sobre todo, a los políticos no independentistas, constitucionalistas, patriotas, hiperventilados de escroto u ovario a la diestra, o los que todavía reclaman la España de los pueblos intentando legitimar la España de siempre. Ser independentista a estas alturas de la película es como interpretar el papel de nativo americano, el popularmente llamado indio, en una película de John Ford. Por la melancolía que arrastramos los indepes residentes en la reserva india catalanohablante, seríamos los nativos protagonistas de Cheyenne Autumn, una maravillosa película que el director de Maine dirigió para redimirse de todas las películas profundamente racistas que había rodado. Los independentistas somos ahora más unos cheyennes en éxodo que unos pieles rojas cazadores de cabelleras, tal como nos ven todavía los no independentistas, los constitucionalistas, los patriotas, los hiperventilados de escroto u ovario a la diestra, o los que todavía reclaman la España de los pueblos intentando legitimar la España de siempre.

Los independentistas somos ahora más unos cheyenes en éxodo que unos pieles rojas cazadores de cabelleras, tal como nos ven todavía los no independentistas, los constitucionalistas, los patriotas, los hiperventilados de escroto u ovario a la diestra

Por cierto: no comulgo demasiado con los artículos de Pilar Rahola, pero su último escrito, titulado “El charneguismo hace progre”, es para enmarcar. Yo, que soy hijo de charnego, también estoy hasta las narices de los progres hiperventilados de ovario o escroto a la siniestra que, de tan modernitos, parecen las rémoras de los líderes de los partidos con mentalidad colonizadora. Rahola los considera unos lerrouxistas, y lo son por la demagogia anticatalanista que destilan, oculta detrás de un charneguismo obrerista de pacotilla, en este caso, 2.1, porque también hay modernitos entre los ideólogos del charneguismo españolista, aunque lo sean de pendiente o de cresta mohawk. Siempre es más fácil disparar contra la cultura que va más justita de dinero que contra la que puede sufragarte coloquios, conferencias o jornadas dedicadas al “charneguismo poliamoroso versus catalanismo fascista”, por poner un ejemplo de temática muy nuestra entre los inadaptados.

Llevo un año arrastrando una bursitis en el hombro que no me deja dormir y estoy de una mala leche de mil demonios. Me repito como un disco rayado. Y mientras me tomo el primer café del día, intentando amansar mis neuronas independizadas, incluso, de mi independentismo, tengo la sensación de que, como catalán malo, siempre me despierto en el día de la marmota y con el número 36 de la rifa grabado en la ingle. Porque puedes ser sionista o antisionista, trumpista o antitrumista, multiculturalista o patriota catalán, de izquierdas o de derechas… puedes ser del polo ideológico con el que Dios te haya bendecido, que, como catalán, siempre te saldrá el 36 en la rifa existencial. Y aviso a estos catalanes buenos, esos que se corren cuando les dicen que son catalanes pero simpáticos, catalanes pero generosos, catalanes que no parecen catalanes, a todos aquellos catalanes que hablan disimulando su acento apretando el agujero del culo, a aquellos catalanes buenos defensores de la Constitución que nos hemos dado entre todos, a aquellos catalanes que reivindican el charneguismo ilustrado o el de carajillo, que también viven, sí, ellos también, en el día de la marmota y que están predestinados a que les salga el 36, porque, por encima de nuestros cantos, son y serán, a ojos de los españoles, unos catalufos tocapelotas.

Soy un catalán cabreado y la bursitis no me ayuda. Y aunque no me gusta jugar a la rifa, siento que me han metido dentro de una ruleta rusa con las balas marcadas. Y todo por haber nacido, a ojos de estos perdonavidas, en la nación equivocada, en la familia equivocada, en los tiempos equivocados. Y pensando si me gustaría —en el caso de que existiera la posibilidad de una reencarnación a la carta— renacer en Sevilla, en Madrid o en Bilbao, respondo que no, que ni muerto. Si pudiera elegir, nacería en un país que formara parte del club de los ganadores de la historia y en el que, evidentemente, no está España, y donde no me tendría que preocupar por cosas superfluas como la lengua o el origen del pan con tomate, receta muy nuestra cuya paternidad, en las redes sociales, empiezan a otorgar a los murcianos que llegaron a Catalunya a finales del siglo XIX. ¡El pan con tomate es darwinismo puro, catalanófobos del mundo! Igual que la Moreneta, Jordi Pujol, el Barça, Pere Quart o los charnegos que no quieren ser charnegos.

Afrontar el día de la marmota agotado por la maldita bursitis es dar gasolina a toda esta horda de españolistas que nutren su razón de ser con la ayuda incondicional de los catalanes no independentistas, constitucionalistas, patriotas, hiperventilados de escroto u ovario a la diestra, o de los que reclaman la España de los pueblos intentando legitimar la España de siempre. Si pudiera dormir como antes y regresar durante unas horas al país soñado donde viven mi padre y mi hijo, me despertaría con la energía intacta para mandarlos a la mierda. Ahora, simplemente, quiero que me dejen en paz.