Después de la última victoria de Donald Trump parece que se prepara un gran enfrentamiento entre las víctimas de la globalización y las migajas de una élite decadente y sin ideas que quemará a toda una generación de jóvenes mimados con el fin de proteger sus privilegios. Occidente se acerca a una segunda crisis cada vez más inevitable y más incierta. El choque entre los vaqueros de la América profunda y los cretinos de Wall Street ya hace tiempo que tiene sus réplicas en toda Europa.
Como ya pasó con la Primera Guerra Mundial, los jóvenes mimados por la paz y el progreso van cavando su propia tumba alegremente, enfatizando mitos y discursos de un tiempo que no han vivido y que no es el suyo. Como siempre que hay un mundo que se resiste a morir y otro que no tiene la fuerza suficiente para nacer, el parto tiene números de acabar como el rosario de la aurora. No me quiero poner pesimista, pero me da la sensación que Occidente vuelve a caminar como un sonámbulo hacia el precipicio.
El mensaje proteccionista de Trump tiene una cierta continuidad con la política de Obama de repliegue de tropas y frases bonitas. Empiezas sensualizando la representación del poder a través de los medios de comunicación y acabas convirtiendo a un presentador de tele en el hombre más poderoso del mundo. Ahora hace un año, un académico se puso como una moto porque interrumpí sus disquisiciones diciendo que estaba cantado que las elecciones americanas las ganaría Hillary Clinton. Y bien, ahora que tu candidato republicano se ha ido a la mierda ¿qué votarías, si fueras de Massachussets y no de Barcelona?
Ya entonces cualquiera que se mirara la situación sin prejuicios podía ver que después de un presidente negro, en el mejor de los casos le tocaría el turno a una mujer. Cuando la política se convierte en una operación de marketing se vuelve bastante previsible. Cada vez está más claro que nos veremos obligados a escoger entre la tiranía del cinismo políticamente correcto y la tiranía de la brutalidad, como se está viendo en los Estados Unidos. Puede que fuera inevitable, ninguna hegemonía es para siempre. Pero en Catalunya todavía tenemos solución.
Los catalanes hace cuatro siglos que somos un pueblo de primaveras. Emergemos en los momentos de crisis y se nos lleva la riada de la historia cuando creemos que estamos a punto de tocar el cielo. La crisis que se acerca volverá a poner a prueba nuestra consistencia y el país sólo saldrá adelante si sabe proteger los sectores que todavía son capaces de trabajar gratis, por sentido del honor y de la gracia. Por eso recomiendo la conferencia que Ferran Armengol dará el próximo 17 de mayo sobre el jurista Francesc Maspons Anglasell en el Institut d'Estudis Catalans.
Sobrino del autor del Memorial de greuges, Maspons Anglasell es un buen ejemplo de cómo la inteligencia de un país se instrumentaliza cuando no tiene un Estado y una población que la defienda en un contexto de crisis general. Hombre de pensamiento conservador, fue el redactor de la ley de contrato de cultivos. Igual que muchos otros prohombres, creía que la ley era una representación genuina del derecho catalán, pero su texto llevó al 6 de Octubre gracias a Companys y a Cambó. También propuso convertir el Castillo de Montjuïc en un museo de la paz. Poco después Companys fue fusilado allí mismo y al cabo de los años la izquierda caviar vendió la idea como si fuera suya.
Miembro del comité asesor de las minorías nacionales en la Sociedad de Naciones, su pensamiento jurídico conecta el discurso conservador del siglo XVIII y XIX que quería recuperar los derechos perdidos en 1714 con la idea moderna del derecho a la autodeterminación. Ahora que los españoles hablan tanto de la ley, está bien tener presente que, con el advenimiento de la Segunda República, Maspons Anglasell presentó un informe jurídico recordando que el vínculo legal que unía a los catalanes con España había desaparecido con la abolición de la monarquía. De joven fue uno de los redactores de La Veu de Catalunya detenido con motivo del asalto de los militares al Cu-cut. En 1931 lo nombraron presidente de la Association Internacionale pour l'Étude des Droits des Minorités de la Haia.
Después del recorte que sufrió el Estatut de 1932 –bastante más salvaje que el del Estatut del 2006–, Maspons Anglasell consideró que Macià había vendido Catalunya y reclamó todavía con más fuerza el derecho a la autodeterminación, mientras amigos suyos como Nicolau de Olwer o Joan Estelrich abandonaban la idea por un plato de lentejas. Sus textos defienden la idea de una ley hecha a medida de las personas contra la cultura de los códigos abstractos, tipo el español o el francés. Como los buenos liberales austríacos, advirtió que el jacobinismo estaba en el origen del totalitarismo. Con la guerra civil y la dictadura, tuvo que retirarse de la vida pública y todo su trabajo quedó en el olvido.
Gracias a este olvido, hoy podemos ver tan a menudo políticos como Inés Arrimadas.