Martin Wolf analiza esta semana en el suplemento de libros del Financial Times tres obras de publicación reciente sobre el populismo. El jefe de opinión económica del diario es gato viejo, ama a su oficio de periodista y a su país, y no se deja llevar por las baratijas retóricas del momento como los responsables de los diarios de Barcelona.

En vez de caer en la melancolía, o de atacar como un loco a los partidarios del Brexit y a los votantes de Trump, Wolf repasa los puntos fuertes de los tres libros, rebate lugares comunes y se pregunta qué margen tiene Occidente para dar una salida democrática y capitalista a las reivindicaciones populistas. El periodista recuerda que la revuelta contra las élites no es sólo culpa de la revolución tecnológica y de la emergencia de China. Algunas decisiones tomadas por las élites también han contribuido a ello.

Wolf dice, por ejemplo, que Trump es el resultado de una política que tiene paralelismos con el segregacionismo que los demócratas impulsaron en los Estados del Sur, entre 1876 y 1965. Si las leyes que consolidaron la segregación entre blancos y negros tenían una base electoralista, también la tenían los recortes de impuestos y la desregulación financiera que los republicanos utilizaron para mantener sus bolsas de votantes.

Como dice uno de los autores que reseña Wolf, el confort que ahora añoramos se forjó en la segunda mitad del siglo XX, después de dar muchos palos de ciego y de sufrir un par de descalabros sanguinarios. El periodista afirma que la gran pregunta de nuestra época es si los países occidentales tendrán que pasar por otro calvario antes no puedan disfrutar de una nueva época de prosperidad o si la fuerza del populismo se podrá canalizar hacia reformas fructíferas.

Wolf no da respuesta a la pregunta y no creo que la tenga. Pero hojeando la prensa barcelonesa y viendo el espectáculo que los políticos y los periodistas catalanes han dado en el primer aniversario del 27 de octubre, no puedo dejar de pensar que Catalunya y España tienen muchos números para acabar en la papelera de la historia con una colección actualizada de monstruos y mártires. 

En los momentos difíciles es cuando se ve más claramente de qué pasta están hechas las personas y los países. A pesar de la presión que la City de Londres hizo contra el Brexit y el referéndum escocés, si lees el Financial Times o The Guardian al lado de La Vanguardia y el ABC, es fácil ver por qué la Gran Bretaña sale siempre más bien parada de los descalabros europeos que Catalunya y España. 

Un año después del 1 de octubre, en Barcelona y en Madrid, los burros tienen más cara de burro que nunca. De hecho, hoy resulta demasiado fácil comprender la obsesión de los pintores barrocos, y de la escuela de Goya, por la estética grotesca de la naturaleza humana. España vuelve a ser un cuerpo enfermo que se va colapsando en un huracán de discursos cada vez más simiescos. 

Sólo una clase dirigente capaz de ratificar el 1 de octubre en las urnas y de renovar el lenguaje político tendrá posibilidad de superar la época de oscurantismo que nos irá separando otra vez de Europa, incluso si el continente lo pasa mal antes de restablecerse. Tantos años hablando de no hacer el ridículo, total, para acabar encarnando los tópicos más gastados del problema catalán en el programa de la Sexta que Jordi Évole ha realizado sobre la declaración de independencia de hace un año.

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