Una de las cosas que las sociedades occidentales tendremos que aprender si queremos sobrevivir a nuestra crisis de crecimiento es que la insatisfacción es el abismo del sistema democrático. En un sistema autoritario es relativamente fácil vivir tranquilo con uno mismo. Los dueños se creen los reyes del mambo y los esclavos se resignan a obedecer. La esperanza se conserva intacta en una urna celestial, y la gente vive más o menos feliz y conforme.
El problema de la democracia es que, en cuanto la libertad empieza a imperar, los que mandan se sienten culpables e inseguros de su poder, mientras que aquellos que antes estaban condenados a obedecer y a callar ven como sus sueños van quedando carcomidos por el tremendo efecto de las pasiones humanas. El resultado es que al final nadie está contento, pero todo el mundo finge que lo está mucho para no ser menos que los otros.
Las concesiones y las renuncias, que en un sistema autoritario suelen ser muy deseables, en una democracia tienden a percibirse como un signo de debilidad. Para esconder el miedo y las dudas naturales que el hombre siente cuando se enfrenta libremente a su destino, los discursos públicos se van volviendo cursis. La dinámica política hace que la culpa de los problemas la tengan siempre los otros, en un sistema democrático. Eso polariza las posiciones y desconecta a los ciudadanos del sentido trágico de la vida.
La democracia nos enseña que, cuanto más poder tenemos al alcance para fabricar nuestro futuro, más sofisticadas son las trampas que nos tendemos para boicotearlo o para encontrar excusas que nos ahorren poner a prueba nuestras capacidades y nuestros límites. La libertad, si no va acompañada de una aceptación profunda del fracaso como motor de crecimiento, te convierte en un tigre sin zarpas, mata el entusiasmo natural que toda bestia necesita para vivir sin miedo y reproducirse.
Igual que los tigres y los leones, los países emergentes no sienten la presión de los niños que se ahogan en las playas de Europa, ni de las chicas que son asaltadas en la calle, ni de la supervivencia de las especies que se encuentran en peligro de extinción. La conciencia del mundo que la libertad permite adquirir exige una fortaleza psicológica proporcional al dolor que cada uno es capaz de percibir. De otro modo es difícil vivir la imperfección y el sufrimiento sin convertirlos en una prisión o en una excusa.
En las democracias occidentales el discurso dominante tiende a poner el carro delante de los bueyes y se concentra mucho en las desgracias de la vida. La mayoría de la gente vive tan agobiada por la moral y por la culpa que ya no busca grandes satisfacciones, sino sólo un poco de distracción y de entretenimiento. La baja natalidad es quizás el síntoma más claro de la presión que los ideales democráticos ejercen sobre la psicología, y de la facilidad con que el anhelo de un mundo mejor puede convertirse sutilmente en una forma de nostalgia castradora.
Para tener hijos tienes que pensar en el futuro con un poco de optimismo. Para ser feliz tienes que estar dispuesto a sufrir y a hacer sufrir. Las bestias del zoo tienen un índice más bajo de reproducción que las bestias de la selva porque no tienen que competir para sobrevivir y no se sienten parte del ciclo de la vida. En Japón, que va siempre un paso por delante, la insatisfacción ha debilitado tanto el entusiasmo que una encuesta publicada hace un par de días asegura que más del 40 por ciento de los solteros menores de 34 años todavía son vírgenes.