Des de hace unos meses me he aficionado a navegar por punchdrink.com, un magazine digital que cubre la actualidad de los vinos, de la coctelería y de los alcoholes en general. No soy especialmente bebedor. Pero el periodismo decorativo me sirve para entender hacia dónde va el mundo más que la propaganda política que publican los diarios.

Este fin de semana, cotilleando, encontré un reportaje que me hizo pensar en las elecciones francesas y el tratamiento que le ha dedicado la prensa. La periodista utilizaba el pasado romano del Rosellón y la Provenza para discutir la hegemonía absoluta que los vasos de cristal tienen en el mundo del vino des de hace poco más de medio siglo.

El texto era casi un publirreportaje dedicado a una empresa norteamericana que fabrica recipientes de cerámica de lujo para todo tipo de brebajes. Como cualquier texto que publica el magazine, el artículo era agradable de leer y estaba bien documentado. Aun así, la intensidad que ponía en prestigiar las costumbres dionisíacas de la tradición catalano-occitana me llamó la atención.

Hace dos días reivindicar los vasos de cerámica para beber vino habría sido visto como una manía de campesino. Da igual el protagonismo que tuviera la cerámica en las orgías romanas y en las fiestas populares de algunas regiones mediterráneas, a nadie se le habría ocurrido decir que los vasos del abuelo -o del bisabuelo- pueden proporcionar sensaciones igual o superiores a las que proporcionan los vasos de cristal vienés.

Ahora que los trabajos artesanales remontan gracias a los jóvenes urbanitas, la situación ha cambiado. El Financial Times reseñaba el domingo un libro que trata de este renacimiento: Masters of Craft: Old Jobs in the New Urban Economy. El hijo del ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, leí hace poco, es pionero es esta fiebre. Parece que viajó hasta los Estados Unidos para hacer un master sobre la fabricación de cerveza artesanal y que ahora tiene una empresa que la comercializa.

Hace un par de años, también por Semana Santa, fui de vacaciones a Saint Rémy. Me paseé por Arles, Aviñon y toda esta zona que Punchdrink idealiza para justificar su campaña a favor de los ceramistas de los Estados Unidos. Me cayó el alma a los pies. Sólo había turistas jubilados y jóvenes sin rumbo, totalmente desligados de su paisaje. Es la misma zona que ha votado Le Pen masivamente y no lo encuentro nada extraño.

Aunque la prensa oponga Macron a Le Pen, a mí me parecen dos hijos del mismo espolio cultural que ha llevado a Francia a la decadencia. Macron es un relativista, que se adapta al pesimismo con un optimismo convencional, mientras que Le Pen es una señora nostálgica, que añora un mundo que ya no tiene fuerza para volver. Macron molesta menos porque afirma todo aquello que no tiene fuerza para negar y niega  todo aquello no que tiene fuerza para afirmar, pero es hijo de los mismos robatorios que Le Pen.

Cuando la Francia liberada condenó a Robert Brasillach, el escritor rossellonés, Paul Leautaud escribió una nota en su dietario que hace gracia de leer, ahora que gusta recordar que el partido de Le Pen tiene los orígenes en la Francia de Vichy. "Bella actitud la suya -decía, el escritor pacifista. Si no hiciera un gran esfuerzo me volvería a la cama de desesperación moral, ante todas abominaciones que hemos vivido últimamente".

La juventud de Macron no es la expresión de ninguna oleada democratizadora ni regeneracionista. Es más bien el fruto de un miedo al pasado que Francia sólo encuentra el coraje de afrontar a través del folclore lepenista. Macron dice que no tiene ideología por el mismo motivo que los españoles dicen que no son nacionalistas. Si el personalismo de Macron fuera contra los bancos y los intereses de Bruselas los diarios correrían a tildarlo de mesías, de totalitario o incluso de Hitler.

"Ciertamente es un honor ser condenado a muerte por un grupo de magistrados arribistas", decía Léautaud hablando de Brasillach. A nadie le interesa recordar que Vichy fue el primer régimen francés que autorizó la escolarización en occitano. Charles Maurras, otra bestia negra de la historia de Francia, organizó la Action Française después de ver como Frederic Mistral cedía ante la presión de los diarios de París que lo acusaban de traidor por pedir la oficialidad de su lengua.

La patada en el culo que Macron y Le Pen han dado a la clase política oficial viene de la misma rabia que encendió el antisemitismo. Cuando has renunciado a tus raíces para entregarte en cuerpo y alma al Estado, esperas que el Estado te salve y, sobretodo, que te salve primero que los que no han renunciado a su identidad. Los judíos de ayer son los musulmanes de hoy, y el problema es que París se ha vendido el patrimonio cultural de media Francia y ahora resulta que no tiene recursos para llenar el vacío que ha dejado.

Eso, claro, duele decirlo. Es más fácil tratar Le Pen como la gran enemiga de la República. Sale más a cuenta colgarle el sambenito de los nazis y Vichy, a pesar del trabajo que han hecho sus alcaldes para asegurar el monopolio linguístico de París y este mestizaje de bisutería al cual apela Macron para quedar bien, cuando dice que no hay una sola cultura francesa sino muchas.

En España pasa igual. Enric Juliana decía ayer que España ha sido hundida por los intereses personales de una facción ultra del PP. No, no. Lo que ha hundido España es su obsesión por destruir Catalunya. Creer que puedes homenajear al general Sanjurjo mientras tratas de nazis a los independentistas. Esta joven tertuliana unionista de Rac1 que tuiteó ayer, contra un chico que se había limitado a colgar los resultados electorales de la Catalunya Norte: Lebensraum.

Produce una mezcla de vértigo y satisfacción ver cómo una determinada Europa anda hacia su ocaso borracha de aquella superioridad moral que introdujo la izquierda caviar para blanquear la historia. Leer la prensa seria para ver que dice que Le Pen es el pasado y Macron el futuro, como si el pasado y el futuro pudieran contraponerse da una idea tremenda del alcance de la derrota. Uno llega a creer que, realmente, se acerca la hora de Polonia y Cataluña.

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