La masajista, que es una argentina pacífica y ceremoniosa, con gafas de intelectual francés y una cabellera gris y asilvestrada de druida, me dijo el viernes pasado, mientras me dormía en su camilla: "¿Por qué no tratas de relajar el ano, esta semana?" De entrada quedé sorprendido, pero enseguida me puse a pensar.

Hace unos años un accidente absurdo y diabólico me inflamó la zona del còccis y del perineo. Desde entonces, un poco por curiosidad y un poco para prevenir, he leído alguna cosa sobre las relaciones que hay entre el cuerpo y los sentimientos, y he visitado a algunos expertos en medicina alternativa que me han descubierto un sinfín de teorías y tratamientos.

La masajista tiene la santa habilidad de hacerme venir un sueño dulce y profundo, de manera que las sesiones en la camilla me las tomo como una saludable siesta de señor. A veces, me pide que haga el esfuerzo de mantener los ojos abiertos. Pero a mí ya me va bien que los párpados no respondan y se me cierren, porque la sensación de perder el control sobre mi cuerpo me hace sentir inocente y libre como un niño.

Cuando la gente pasa un momento de miedo, a menudo te dice que se le ha hecho el culito pequeño. Cuando los perros están confiados y alegres, suben la cola y la menean; en cambio, cuando se asustan o se sienten vulnerables la ponen pudorosamente entre las piernas. En el amor, por lo que yo sé, pasa el mismo. Cuando una mujer se siente lo bastante segura para entregarse sin cálculo al amante, su culo se pone a decir graciosamente: "ven ven". Y tú entras como si nada, incluso aunque no quieras.

Todo culo es un abismo de pasiones primarias y emociones ocultas. Seguro que tengo motivos particulares para seguir las instrucciones de mi masajista. El mero trabajo de mantenerse despierto, por encima de los autoengaños que nos apartan de la parte milagrosa de la vida, ya provoca suficiente estrés. Como además aquí la mala leche es una fuerza cósmica, también tengo una amiga feminista que dice que cualquier día escribirá un artículo titulado Como enculé a Enric Vila.

Aun así, si alguna cosa me pone en guardia es el discurso político del "procés". Cuando la Carme Forcadell dice que no tiene miedo, pero mezcla la independencia con los desahucios o las facturas de la luz, observo que tengo que hacer un pequeño esfuerzo para evitar que el ano no se me encoja. Cuando veo que el Parlamento hace ver que deroga leyes franquistas que sólo podría derogar un Estado, también noto que tengo una tendencia instintiva a hacer presión en el trasero.

Ahora no recuerdo que militar americano decía que lo peor que pueden hacer los líderes de un país es meterse en una guerra sin estar dispuestos a hacer lo que haga falta para ganarla. Es normal que cada vez que un político o un articulista independentista dice que tenemos que hacer las cosas bien, o que no nos podemos permitir hacer el ridículo, se produzca en mi ano una imperceptible contracción de perro que se protege el culo poniendo la cola entre las piernas.

En Bands of Brothers, la miniserie de Tom Hanks sobre la II Guerra Mundial, hay un episodio muy interesante que se titula The Breaking Point. Resulta que llega a la compañía un oficial que es muy elegante y que habla muy bien, pero que a la hora de la verdad deja que las decisiones las tomen los soldados para disimular que se colapsa cada vez que el enemigo dispara. El resultado es que, después de sobrevivir a situaciones extremas, la compañía empieza a hundirse, hasta que finalmente el oficial es relevado, antes de que tenga tiempo de provocar una desgracia.

A mí no me da miedo España, me dan miedo algunos líderes del independentismo. Tanto estos que dicen que no tienen miedo, pero se rebajan a parecer ciudadanos corrientes para refugiarse en el fervor del pueblo, como los que intentan dar un aire de erudición y de misterio a una causa tan primaria como es liberar un país. Da una cierta angustia constatar que la ocupación es tan profunda y los miedos están tan interiorizados, que el principal enemigo de la libertad de Catalunya ya no es el Estado español, sino la misma cultura que el país ha generado para adaptarse a un entorno tan favorable a los malos de la pelicula.