¿Quieren ustedes que las extremas derechas tengan una presencia importante en su contexto democrático? Es necesario que refuercen o incentiven dos factores.

Un primer factor es de carácter socioeconómico: el empobrecimiento de buena parte de las clases medias. Ya sea en momentos de crisis económicas generales o en momentos de cierta prosperidad macroeconómica de las clases más pudientes. Cuando tanto la situación objetiva como la percepción subjetiva del 50-60% más pobre de la población empeora, la respuesta colectiva tiende a apoyar las políticas y los discursos impulsados por partidos y organizaciones populistas, especialmente de extrema derecha.

Un segundo factor que incentiva el apoyo popular a estos partidos es de cariz más político y cultural: la sensación de buena parte de la población de que su identidad colectiva ha sido humillada por parte de la clase política dominante (establishment).

Cuando estos dos factores se yuxtaponen, refuerzan el ascenso de las extremas derechas. Un ejemplo histórico paradigmático muy comentado fue el ascenso del nazismo después de la Primera Guerra Mundial. A una galopante crisis económica se añadieron las condiciones impuestas a Alemania por parte de los vencedores de la guerra, especialmente por la voluntad de revancha mostrada por los dirigentes franceses (en contra de algunas voces que preveían probables consecuencias negativas, como la del economista J. M. Keynes).

Un ejemplo actual: el fenómeno Trump. Estuvo precedido por dos reacciones políticamente contrarias, pero que expresaban un malestar inequívoco respecto de la clase política: el derechista Tea Party y el movimiento izquierdista Occupy Wall Street. El trumpismo ha cosechado y optimizado los frutos del primero, mientras que el segundo se diluía.

A partir del giro "neoliberal" de los años noventa —globalización y privatizaciones—, impulsado también por gobiernos de las teóricas "izquierdas" (Clinton, Blair, Schröder), la realidad socioeconómica desembocó en dos crisis importantes (2008 y 2012). Resultado: aumento de las desigualdades y del malestar social, pero también de un fuerte resentimiento por parte de sectores populares alejados del "ascensor social" a través de la educación. Se trata de sectores que, en el caso de EE.UU., han sido constantemente menospreciados por la clase política estándar, sea más de derechas o más de izquierdas. De esta manera, se produjo una polarización entre unos ganadores, que creen que han hecho méritos para serlo, y unos perdedores, a menudo humillados por los grupos políticamente hegemónicos.

Responder a quien plantea ciertos problemas que es un 'racista' o un 'fascista', refleja miedo a hablar y a gestionar aquellas complejidades políticas que resultan incómodas

La suma de más desigualdad y más resentimiento supone un cóctel explosivo. El filósofo estadounidense Michael Sandel ha insistido en que, si bien las desigualdades se pueden corregir con políticas de redistribución, el resentimiento colectivo y la falta de reconocimiento plantean una cuestión más profunda, ya que cuestiona valores e identidades colectivas que no se pueden reducir a "conflictos de intereses". Es una cuestión que arraiga en la dignidad individual y sus componentes inevitablemente colectivos.

Ante este nuevo contexto, las izquierdas europeas se han mostrado desconcertadas, pero están reaccionando, aunque tarde. (Una miscelánea de la búsqueda actual de renovación de estrategias y de nuevo sentido se puede ver en el informe de la Fundación Jean Jaurès, The “third left”. An investigation into the post-identitarian shift on the European left”, 2025). Por el contrario, a la izquierda local parece que le da miedo, por ejemplo, hablar de inmigración. Con independencia de la consideración global del tema, habitualmente evita hablar de los problemas que la inmigración plantea —sociales, laborales, lingüísticos, de vivienda, convivencia, culturales, de costumbres contra las mujeres, etc. Se trata de problemas que presentan interrelaciones, pero que merecen un análisis y, sobre todo, soluciones uno por uno. Responder a quien plantea estos problemas que es un "racista" o un "fascista", o refugiarse en los tópicos de que la inmigración es una "necesidad" o representa una "oportunidad", refleja miedo a hablar y a gestionar aquellas complejidades políticas que resultan incómodas. Se trata de una actitud analíticamente deficiente y políticamente decepcionante.

Por su parte, las derechas europeas se han radicalizado, aunque, en la práctica, no todas las extremas derechas son iguales. No son lo mismo Meloni que Le Pen, Orbán que Milei, la AfD alemana que el Reform UK británico o Vox español, etc. Pero estos partidos comparten varios rasgos. Destacamos siete:

1) un fuerte nacionalismo de estado combinado con la voluntad de establecer una "democracia iliberal" (restricción de derechos, vulneración de la separación de poderes, cuestionamiento del pluralismo nacional, lingüístico, religioso, 2) actitudes xenófobas y políticas antiinmigración extranjera, 3) demanda de seguridad interna y externa (policía, ejército) y de un gobierno fuerte de rasgos autoritarios, 4) una actitud escéptica o contraria a la Unión Europea, 5) oposición a los derechos LGTBI y a buena parte de las posiciones feministas; 6) oposición a políticas de reducción de las consecuencias del cambio climático; 7) defensa de políticas de reducción de impuestos (en este caso, rasgo compartido con partidos democráticos de centroderecha).

Cuantos más de estos rasgos muestre un partido o movimiento, más puede ser calificado de extrema derecha. Se trata de un gradiente, más que de una realidad de blanco o negro. No es un retorno al fascismo tradicional tal cual, sino un fenómeno autoritario en el contexto de las sociedades globalizadas, tecnológicas y culturalmente diversas del siglo actual.

En el caso de Catalunya, las dos crisis económicas de este siglo han golpeado también a las clases medias, mientras que el resentimiento de buena parte de los ciudadanos hay que situarlo en la falta de resolución de las reivindicaciones del país que dio lugar al procés de la década anterior. Y todavía estamos ahí. Lo que hace que no sean muy extraños los cambios que las encuestas detectan en un futuro inmediato del espectro electoral del país.