Han llegado los meses con erre, el verdadero Año Nuevo, el recordatorio de que, como canta David Carabén "Todo vuelve a empezar". Con septiembre pasa como con los días de lluvia: si el estado de ánimo acompaña, el chirimiri mece en el bienestar. Si las nubes van por dentro, la descarga de agua las ennegrece. Los comienzos nos ponen delante de los finales, y no hay nada que nos haga tan conscientes de la herida del tiempo como constatar que las cosas se acaban. Las últimas semanas de agosto, las primeras semanas de septiembre, incluso un nacimiento cercano o una muerte lejana, igual que los domingos por la tarde, enrarecen el humor: el espejo del tiempo lleva irremediablemente a plantearse qué es lo que estamos haciendo, con este tiempo. La bisagra donde los finales y los inicios coinciden siempre se convierte en un análisis sobre la propia satisfacción con la vida. Y en un cuestionamiento inevitable del uso que damos a la propia libertad.
Solo quien está satisfecho con lo que ha escogido puede disfrutar de la rutina. De hecho, Marta D. Riezu escribe que "el síntoma más primario de la felicidad es desear la repetición", y supongo que por eso, en la juntura entre el final del verano y el inicio de curso, hay quienes experimentamos una sensación de confort que va más allá de la afición por el orden y la previsibilidad —fácilmente caricaturizables—. Quizás porque no necesitamos huir indefinidamente de los días ordinarios para encontrar sentido a nuestras elecciones. Y quizás porque entendemos el descanso como el paréntesis para sacudirnos el desgaste y para reencantarnos de la habitualidad, no para hacer aquello que haríamos "si fuéramos verdaderamente libres", porque ya nos sentimos así.
Elogiar la rutina es preservar la posibilidad de maravillarnos llevando a cabo tareas que de entrada no parecen maravillosas. O que han dejado de parecérnoslo
En cualquier caso, la rutina se merece el elogio porque quien no desea la repetición tiene en la aversión a la rutina el presagio para cambiarla, como si el sentido del cambio en las cosas que empiezan empujara hacia el cambio íntimo mismo. Y porque, a pesar de todo, incluso a pesar del descontento genérico con el que tratamos nuestras vidas, insiste en aquellas repeticiones que sí anhelamos: los mismos huevos de Calaf, en el mismo restaurante del Eixample, el mismo día de la semana. El mismo libro, ahora escrutado con una mirada un poco más crítica. Los mismos besos con el mismo hombre. El mismo trayecto en tren teñido de los mismos pensamientos. La misma manía por preguntar del mismo hijo. Las mismas calles, ahora más llenas, que todavía evocan los mismos recuerdos. El mismo café con hielo servido por el mismo camarero antes de ponerme a escribir una columna que siempre quiero diferente.
Opino que la auténtica virtud del cambio es la de delimitar la permanencia. Que es en las costumbres, más que en la excepción, donde de verdad nos encontramos. Y que, por más que parezca celebrar el aburrimiento o el agarrotamiento, elogiar la rutina es preservar la posibilidad de maravillarnos llevando a cabo tareas que de entrada no parecen maravillosas. O que han dejado de parecérnoslo. G.K. Chesterton lo explica en Ortodoxia usando el ejemplo de los niños: "Como los niños tienen una vitalidad desbordante, como son de espíritu feroz y libre, quieren las cosas repetidas e inmutables. Siempre dicen 'vuelve a hacerlo'; y la persona adulta lo vuelve a hacer hasta que está casi exhausta. Porque la gente mayor no es lo suficientemente fuerte para exultar en la monotonía. Pero quizás Dios sí es lo suficientemente fuerte para hacerlo (...). Quizás no es una necesidad automática lo que hace que todas las margaritas sean iguales; quizás es que Dios hace cada margarita por separado, pero nunca se ha cansado de hacerlas". Hay que elogiar la rutina para recordarnos que las margaritas son maravillosas a pesar de que sean siempre todas iguales. Hay que elogiarla, o como mínimo no renegar de ella, para no dar lo que es bueno por descontado. Y cuando la rutina no pueda contener el cambio, hay que tener esperanza: que todo vuelva a empezar siempre abre un escenario de posibilidades renovadas.