El periodismo es una oportunidad. Su misión es proporcionar información precisa y rigurosa para que la ciudadanía pueda formarse opiniones informadas sobre el mundo. No todo el mundo puede ser periodista, porque requiere formación, capacidad y ética. Para ser periodista hay que tener madera, olfato, interés, curiosidad, responsabilidad. Y ganas, muchas ganas de explicar el mundo. El periodismo cubre (no desvirtúa ni manipula) la realidad, la disecciona y nos ofrece lo que hay: no lo que nos gustaría.
En esta representación de la realidad, el periodismo no puede ser autocomplaciente. No puede ofrecernos solo una fotografía retocada de lo que querríamos ver. Al menos, en una sociedad democrática, naturalmente. La IA, herramienta aliada y facilitadora, no criba. La estirpe humana capta los detalles, vincula los hechos con los contextos y sabe leer la realidad con los matices culturales, lingüísticos, humorísticos o dramáticos necesarios.
Cubrir la realidad desde el periodismo es aceptar que el mundo es complejo y que esa complejidad es un activo
Un periodismo inclusivo, que también sepa mirar más allá de lo que es tendencia, es aquel que trabaja asimismo por la representación mediática de determinadas comunidades, como migrantes, refugiados, minorías religiosas u otros colectivos que no tienen una plataforma para ser conocidos. No estar presentes puede conducir a la vulneración de sus derechos y, como señala la WACC (World Association for Christian Communication), puede afectar negativamente a cómo la sociedad las percibe y a cómo se perciben a sí mismas. Rosalía, esencialmente, es buena y brillante por su talento. Pero Rosalía, sin exposición mediática, no pasaría de ser una magnífica cantante en su entorno. El periodismo amplifica; la cobertura cuidada ayuda a crear un sentimiento de pertenencia que contribuye a un debate más rico en argumentos y frena el arrebato emotivo. Cubrir la realidad desde el periodismo es aceptar que el mundo es complejo y que esa complejidad es un activo. El periodismo riguroso no simplifica la realidad a golpe de tuit. El contexto, el fondo, los matices… nos salvarán. Y el prejuicio y la simplificación nos condenan a la ignorancia y fomentan antivalores, como la xenofobia. La sociedad es plural: la gente tiene edades distintas, orientaciones sexuales diferentes, orígenes étnicos diversos y se adhiere a religiones distintas.
La sobreexposición mainstream, la de la mayoría, homogeneiza la sociedad de manera engañosa. No todo el mundo está hecho de la misma pasta, ni vibra con las mismas canciones ni se emociona con los mismos equipos. La tendencia del periodismo perezoso a centrarse de forma desproporcionada en los más poderosos (qué fácil es caer en las garras del poder) o a avivar el fuego contra los grupos más vulnerables (los solicitantes de asilo, por ejemplo) provoca una sobrerepresentación que mina la confianza. Y sin confianza, la cohesión social se desploma. Lo saben las instituciones y son conscientes de ello las administraciones, pero no se hace lo suficiente. Seguimos rodeados de discursos únicos y homogeneizadores, y faltan voces disidentes, marginales y neurodivergentes en la cobertura periodística de la compleja realidad, que hoy abarca desde Trump y Corina hasta el papa León XIV y su visita a la Sagrada Familia, la teocracia tambaleante de Irán o la presión sobre Groenlandia. Si nos lo explican con su diversidad, sin simplificaciones efectistas, tendremos argumentos para comprender la complejidad de nuestro mundo, siempre con matices, siempre marcada por la imperfección humana.