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La noción de igualdad debe entenderse en el sentido que le atribuían los revolucionarios, tanto los americanos como, sobre todo, los franceses. Es decir, que la ley es la misma para todos, y que esto comporta que no hay ninguna diferencia de derechos o de deberes entre los ciudadanos y que, como derivada lógica de esto, es necesario que todo el mundo contribuya a los gastos públicos en la medida de sus disponibilidades. El principio de igualdad, por lo tanto, quería poner fin a los privilegios establecidos en el marco del Antiguo Régimen.

Como era de prever, y como todas las innovaciones revolucionarias, la aplicación del principio de igualdad no ha sido ni es ni sencilla ni pacífica. Muy al contrario, sus adversarios han sido numerosos y tenaces. Hoy en día, todavía las mujeres en general y especialmente en determinados estados; los componentes de determinados grupos étnicos —ya sea porque son diferentes o porque son minoritarios— y, en cualquier caso, aquellos que se inscriben en el ámbito de las minorías, deben seguir luchando por el reconocimiento de su aspiración a la igualdad.

Y, sin embargo, no hay duda de que la plasmación práctica del principio de igualdad solo puede ser posible en una sociedad conformada por ciudadanos libres. De ciudadanos que se saben y se reconocen a la vez receptores, agentes e impulsores de derechos y de deberes, tanto hacia ellos mismos como hacia la colectividad de la que forman parte.

Si hablamos de ciudadanos libres, significa que no están sometidos a las veleidades de otras personas, especialmente si se trata de servidores públicos, es decir, que no están sometidos a tener que sufrir actitudes o decisiones arbitrarias, abusivas, discriminatorias o discrecionales, propias del Antiguo Régimen. Pero, desgraciadamente, que estas actitudes y toma de decisiones están todavía muy presentes, demasiado presentes, en nuestra vida cotidiana.

Ahora bien, también es importante que no confundamos igualdad con igualitarismo. El igualitarismo es una especie de rechazo a la diferencia, a la alteridad. Se trata de una especie de negación de la complejidad y de las contradicciones inherentes a la condición humana. Como un corsé que querría impedir el correcto desarrollo de las altas capacidades de las personas y como un intento de reducir al individuo a inscribirse, de forma acrítica y sin posibilidad de sobresalir, en una masa homogénea y homogeneizada, que puede, y seguramente quiere, capar las aspiraciones naturales de las personas hacia la excelencia.

La plasmación práctica del principio de igualdad solo puede ser posible en una sociedad conformada por ciudadanos libres

Este igualitarismo representa una determinada manera de entender la estructura social, que sigue teniendo sus defensores, y que se da, habitualmente, cuando alguien quiere ser reconocido en sus derechos, pero no quiere que le recuerden sus deberes. Una actitud que, desafortunadamente, se puede contemplar a menudo, y que también tiene mucho que ver con la envidia.

La voluntad homogeneizadora y esterilizadora del progreso de determinadas personas, en el ámbito de la actividad humana que sea, hace que sean menospreciados, o poco valorados, conceptos básicos para el progreso social, como el esfuerzo y el trabajo. Se trata, en definitiva, de una voluntad igualadora hacia abajo, de una voluntad de igualar a todo el mundo por abajo y, encima, hacerlo procurando que nadie salga del lote. Así nos va al conjunto del mundo occidental, con los resultados mediocres o malos de nuestros sistemas educativos. Unos sistemas educativos que se amoldan al concepto de igualitarismo imperante.

Estas maneras de pensar y de actuar nos llevan, directa e irremisiblemente, a la mediocridad, a salir del radar de las sociedades que avanzan. Si conceptos como igualdad, esfuerzo y trabajo son apreciados como sospechosos o como algo que hay que procurar no potenciar por parte de los servicios públicos, se instalará (si no está instalada ya) una mentalidad chata, plana e igualitarista que acabará produciendo unas personas y, por tanto, unas sociedades grises, apalancadas y mediocres.

Es justo y necesario que nadie se quede atrás y, por lo tanto, se debe velar cuidadosamente para que así sea. Hay que subrayar tantas veces como sea necesario que la sociedad no se puede basar en una especie de selección natural que acabe premiando a los más aptos o a quienes tienen un patrimonio (del orden que sea) que pueden emerger y desarrollar. Pero, por otra parte, no deja de ser cierto también que no se valoran suficientemente o de forma lo suficientemente positiva el esfuerzo y el trabajo. Cuando esto ocurre, la idea de progreso y la capacidad de vivir civilizadamente juntos dejan de ser herramientas y objetivos de una determinada sociedad. Volvemos, otra vez, a la noción de límites y equilibrios.

Estamos ante un juego de equilibrio inestable, y nuestro trabajo consiste en intentar estabilizarlo e intentar entender su importancia. Hay que velar para que la sociedad valore y aprecie el concepto de igualdad (de derechos y de deberes, y de oportunidades), y que rechace las tendencias hacia un igualitarismo inicialmente efectista e ilusorio, pero a medio y largo plazo estéril y castrador.