Si los derechos se ganan ejerciéndolos, se aprende a debatir haciéndolo. Aunque para que el debate sea fructífero y razonable, se necesita formación, entrenamiento y el respeto a las reglas de juego. En mi opinión, el debate se basa en el principio de razonar y dialogar. Primero hay que, con los elementos que tengamos, preparar de manera razonada un argumentario capaz de sostener un determinado posicionamiento. Solo después de haber razonado deberíamos hablar, es decir, expresar públicamente nuestro posicionamiento con los argumentos que previamente habremos razonado. A menudo se habla antes de razonar, y esto puede ser inocuo si se trata de una conversación de café, pero no es así si se trata de un debate que se quiera sosegado y con perspectivas de continuidad.
Y como tantos otros aspectos de la vida, resulta que también hay que entrenarse para poder debatir. Como en el mundo del deporte, por ejemplo, hay que calentar, aprender tácticas, visionar debates anteriores o protagonizados por otros, seguir consejos, cuidarse, ser constante.
Un buen calentamiento para el debate consiste en leer y, si es adecuado, escribir. La lectura y el intercambio de pareceres respetuoso y a fondo son un excelente entrenamiento para ir perfilando nuestros posicionamientos sobre los temas que sometemos a debate. Sin este entrenamiento que algunos pueden considerar pesado, pero que es imprescindible, podemos encontrarnos con que algunos de nuestros músculos intelectuales no funcionan, tienen un bajo rendimiento o, simplemente, fallan. Antes de empezar un debate, es conveniente calentar en la banda.
Pero hay que respetar también las reglas del juego. Para que el debate sea posible y fructífero, y no una simple acumulación de monólogos más o menos lucidos, es necesario que aprendamos a escuchar al otro, que sepamos procesar los argumentos, que consideremos que puede tener razón. Con la certeza de que los participantes escucharán con respeto, empatía y tiempo.
Una civilización pluralista, con multiplicidad viva de diferentes opiniones, impide la dominación de una verdad única. Este pluralismo, esta aptitud y actitud a favor del debate, ha sido y debe seguir siendo el fundamento de la noción europea de libertad
Si las posiciones son numantinas, hecho que por desgracia ocurre a menudo, si los intervinientes tienen los oídos cerrados o incluso los posicionamientos son del tipo "habla, habla, que me da igual", no habrá ningún tipo de debate posible. Y también en este sentido hay que precisar que hay que exigir el respeto no invasivo de los que se sitúan en el rol de participantes pasivos, es decir, de los que asisten al debate y se interesan. Un debate no es un partido de fútbol donde el jugador número doce a veces se vuelve decisivo.
Si se reúnen todas estas características a la vez, el debate puede ser un buen sistema de aprendizaje, de estima hacia las personas que defienden posicionamientos diferentes y de fuente de satisfacciones intelectuales y personales. Pero encuentro que, lamentablemente, a menudo estas condiciones necesarias para favorecer debates sosegados y valiosos no se dan a la vez en nuestro país y, añadiría, tampoco es moneda común en el resto de las sociedades occidentales.
Las prisas, la necesidad de sentirse victorioso cueste lo que cueste, la voluntad estéril de intentar invalidar los argumentos de la contraparte, la aversión a la lectura (en este sentido, solo hay que ver los índices), la no valoración de los mismos debates, que son acusados de intelectualismo, una plaga últimamente denunciada en Occidente como algo perverso, las nuevas tecnologías (ya no tan nuevas) que obligan a pasar mensajes complejos con un número limitado y corto de caracteres, la falta de una cultura del esfuerzo consistente y la no existencia o inconsistencia de los entrenamientos necesarios, hacen que nos encontremos en un punto delicado respecto del fomento y la consolidación de los debates.
Pero a pesar de todo, a pesar de los obstáculos y la pereza, habrá que intentarlo. Si hemos llegado tarde, por diversas circunstancias, a los debates históricos que han configurado la civilización occidental, quizás estaría bien que intentáramos todos juntos no llegar tarde a los debates futuros. Probablemente no estamos en las mejores condiciones para intentarlo, pero también considero que hay que valorar el esfuerzo y fomentar las ganas por participar en los grandes debates, los debates que afectan nuestra identidad y el porvenir de nuestra civilización. Porque para calma y voluptuosidad ya están los balnearios.
La civilización europea es pluralista porque hizo los debates cuando tocaban, y una civilización pluralista, con multiplicidad viva de diferentes opiniones, impide la dominación de una verdad única. Este pluralismo, esta aptitud y actitud a favor del debate, ha sido y debe seguir siendo el fundamento de la noción europea de libertad, que es la aportación más importante que los europeos hemos hecho a la civilización occidental. Seamos conscientes de ello y fomentemos los debates pluralistas y respetuosos. Nos va en ello la libertad y el futuro.