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Acaba de morir Edgar Morin, el último gran pensador de nuestro tiempo, defensor de la complejidad intelectual como único camino para entender la realidad. Lejos de aceptar la validez del pensamiento fragmentado en compartimentos estancos, consideraba necesario interrelacionar todas las disciplinas, desde la física hasta la sociología, o las matemáticas, o la biología, para conseguir la mirada global, el pensamiento completo.

Rescato para la memoria un concepto que fue recurrente en su obra: el rechazo de la certeza. O dicho de otro modo, el valor extraordinario que tenía la incertidumbre para el análisis de la complejidad. "Debemos aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas", escribió en la guía que le pidió la UNESCO para repensar el sistema educativo. Hijo de un comerciante sefardita de Salónica, sustituyó su apellido Nahoum por el de Morin cuando se apuntó a la Resistencia francesa, para camuflar su condición judía, pero siempre valoró su bagaje cultural desde una perspectiva laica y universalista. Militante de un humanismo “de la resistance” que se enfrentaba al fanatismo y a la imposición de los dogmas, fue capaz de unificar la prosa de la razón y el pensamiento, con la poesía de la amistad, la solidaridad y el amor. De hecho, en su última entrevista en Le Monde hace justo un mes, en el umbral de sus 105 años, habló de la necesidad de crear un “oasis de fraternidad” y alertó de la deriva de un tránsito de la humanidad que “pronto podría ser medianoche en el siglo”.

Contra este tiempo de respuestas, hay que volver a hacerse preguntas, contra el tiempo de las certezas, hay que reclamar la fuerza intelectual de la incertidumbre, y contra un tiempo de consignas, hay que exigir un ejercicio revolucionario y disruptivo: hay que volver a pensar

De toda la magnitud de su legado intelectual, inabarcable en profundidad y dimensión, me quedo con la idea-fuerza que siempre marcó su pensamiento: la búsqueda persistente de la complejidad. En estos tiempos del simplismo más burdo, tan desacomplejado como profusamente viralizado, reclamar argumentos complejos, llenos de aristas, que superen el blanco y el negro del dogmatismo, es casi un acto de herejía. Por un lado, la IA nos facilita la información, pero nos libera de la búsqueda y el estudio (recomendable leer la encíclica Magnifica Humanitats de León XIV), y nos convierte en indolentes intelectuales que surfean sobre la realidad, pero nunca hacen submarinismo. Y, por otro lado, el mundo de las redes y su extraordinaria viralidad ha creado un ingente ejército de pensadores todo a cien que convierte el análisis de la realidad en un catálogo de consignas. Es un pensamiento fast food, rápido de engullir y aún más rápido de digerir: vulgar, pero arrogante; inútil, pero eficaz; simple, pero ruidoso.

Contra este tiempo de respuestas, hay que volver a hacerse preguntas, contra el tiempo de las certezas, hay que reclamar la fuerza intelectual de la incertidumbre, y contra un tiempo de consignas, hay que exigir un ejercicio revolucionario y disruptivo: hay que volver a pensar. Hoy no hay nada más estigmatizado y acosado que el libre pensamiento, y por eso mismo, no hay nada que sea más necesario. Debemos buscar la complejidad —"la única manera de pensar mejor", dice Morin—, hay que reclamar debates donde solo hay peleas de pancartas, hay que exigir ambigüedades donde se imponen las verdades absolutas, y hacerlo con el coraje de no seguir ningún rebaño, en una reclamación radical de la condición humana. Al fin y al cabo, pensar más allá de las impostaciones, los dogmas y las consignas es el acto más intrépido que puede hacer el ser humano. Este, y leer, otro verbo lentamente abandonado y cada vez más desmerecido. Contra los vendedores de humo, que regresen los exploradores de las ideas. Contra los mercaderes de certezas, que se impongan los militantes en la duda. Contra los oropeles del TikTok, que triunfen los diamantes de las bibliotecas.