Pedro Sánchez y Pablo Iglesias nos ofrecieron el domingo por la noche un espectáculo mediático muy interesante.

Había una época en que los políticos estaban encantados con la información política que publicaban los medios. Básicamente porque el enfoque era exactamente el que ellos querían.

Después aparecieron medios "rebeldes" que se atrevían a "contradecir" las versiones oficiales. Y los políticos empezaron a no estar muy de acuerdo con según qué informaciones. Pero se lo comían con patatas porque quejarse no estaba muy bien visto.

A continuación, un día, un político decidió llamar a un medio de comunicación para quejarse de una información. Y no pasó nada. En poco tiempo cualquier indocumentado se creyó con derecho de llamar a los periodistas para dictarles los titulares que ellos creían que se tenían que publicar. El siguiente paso fueron las amenazas. Y de aquí pasaron a llamar directamente a los directores de los medios para decirles que, o controlaban al díscolo o tendrían problemas. Pero entonces, los políticos todavía necesitaban a los periodistas y eso permitió mantener en pie según qué puentes.

Seguidamente llegó internet y empezaron a aparecer medios como setas. Y para sobrevivir, algunos optaron por venderse a quien les garantizara financiación. Directa o indirecta. O las dos. A cambio de escribir a gusto del financiador. Y de esta manera nacieron los medios dedicados a manipular la información para ir en contra de los partidos y de la ideología que no les pagaban las misas.

Paralelamente, los medios "serios" reclamaron su derecho a "interpretar" la realidad y a no escribir al dictado de nadie (o del mínimo de gente posible, el mínimo de veces que fueran posibles). Pero los políticos ya habían decidido que la información era una plastilina que tenía que ser modelada a conveniencia y que los medios de comunicación eran un intermediario que les molestaba para enviar a los ciudadanos el mensaje deseado. Y aquel y no otro.

En el actual mundo de las redes sociales, los políticos ya no necesitan a los periodistas. Envían el mensaje que quieren, cuando quieren y como quieren. Y llega al destinatario tal cual. Sin riesgo de que ni nada ni nadie ponga en peligro el objetivo.

Y así llegamos al domingo por la noche:

 

Pedro y pablo 1 Pedro y Pablo 2

 

¿Transparencia? Sí. Pero también propaganda. Por lo tanto, el trabajo del periodista ya no es explicar lo que dicen los políticos, porque ya lo hacen ellos directamente, sino ponerlo en contexto, explicar con qué objetivo lo dicen y ofrecer el máximo de elementos que "rompan" los discursos publicitarios y que permitan entender qué pasa.

De la misma manera que un carnicero no le da al cliente la ternera entera, sino que le corta entrecot, tira, redondo, lomo, filete de pobre o le hace una hamburguesa según sus necesidades y ganándose su confianza, el periodista del 2016 tiene que cortar la información y ofrecer al cliente el mejor corte para cada cosa y de la manera más honesta que pueda. Ah, y que está muy bien que haya quien quiera hacer de carnicero, pero perpetrar un fricandó con un filete, malogrado fricandó y malogrado filete.