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Son muchos los ángulos posibles desde los que se puede analizar la victoria abrumadora del Partido Demócrata en las elecciones de mitad de mandato de este martes en Estados Unidos. Como también son muchas las incógnitas respecto a cómo estos resultados influirán en la errática conducta del presidente Trump en los dos años que le quedan de mandato.

Ahora bien, entre los muchos aspectos a destacar de estos resultados tan contundentes, como inciertos hasta última hora, creo que vale la pena subrayar que esta victoria del Partido Demócrata se ha producido a pesar de un conjunto de factores que hacían que muchos especialistas —muchos de ellos estadounidenses— creyeran que la democracia norteamericana estaba en una situación de crisis casi irreversible, si no ya tocada de muerte.

De hecho, como han subrayado algunos de los periódicos más importantes de aquel país, como The New York Times o The Washington Post, la del martes es una victoria de la decencia y de la democracia.

Y es que la cuestión de la corrupción y los enormes conflictos de intereses de Trump, de su familia y de su entorno ha tenido un peso muy significativo en estas elecciones. Como ya indicaba en mi último artículo, las alarmas saltaron hace unas semanas en muchos entornos republicanos, cuando las encuestas —entre las cuales las de un medio tan trumpista como la Fox— ponían la "corrupción" a la cabeza de las preocupaciones de los ciudadanos estadounidenses, incluso por encima de la inflación, el incremento del coste de la vida y la guerra con Irán.

Por lo tanto, nos encontramos con una reconfortante victoria de la decencia por el rechazo frontal de aquella sociedad a las impúdicas muestras de riqueza, mezcladas con negocios turbios a la sombra del poder, que tanto abundan actualmente en la Casa Blanca. Pero también de la decencia ante escandalosas —y a la vez fantasmagóricas— estrategias de compra de voto, como el supuesto "dividendo Trump", es decir, la promesa de 5.000 dólares por adulto estadounidense en caso de victoria republicana.

E, igual de reconfortante, estamos ante una victoria de la democracia estadounidense cuando esta estaba más amenazada que nunca. Una robustez democrática que ha sorprendido a muchos, sobre todo si tenemos en cuenta la realidad a la que ha tenido que hacer frente. Por un lado, la confusión generada desde la Casa Blanca sobre un posible fraude electoral, así como el intento de federalización de las elecciones, en contra de la Constitución de Estados Unidos, que deja muy claro que la gestión de las elecciones es competencia de los estados. Esto ha acabado poniendo en una situación límite el sistema electoral del país, así como su sistema postal, en relación con el voto por correo, clave en el sistema estadounidense.

La victoria del Partido Demócrata se ha dado a pesar de un conjunto de factores que hacían que muchos especialistas creyeran que la democracia estadounidense estaba en una situación de crisis casi irreversible

Esto se suma a una práctica, tan polémica como legal, que se conoce como gerrymandering; es decir, la redefinición de los distritos electorales para favorecer los intereses de un partido (en este caso, el Republicano, si bien es cierto que en su momento también lo había hecho el Demócrata, todo hay que decirlo), con el apoyo favorable del Tribunal Supremo cuando alguna de estas remodelaciones había llegado a los tribunales. O el peso creciente del trumpismo en los medios de comunicación tradicionales, sobre todo televisión o radio, cada vez más cercanos a los intereses de la actual administración, en especial tras la fusión de Paramount con Warner Bros.

O la más que conocida manipulación en las redes sociales, con el control que ejercen los tecnooligarcas, que desde hace tiempo se han lanzado a los brazos del trumpismo en busca de su apoyo para su desenfrenada carrera por la IA y por el control —y los enormes beneficios— del mundo de las criptomonedas. Unos tecnooligarcas que, además, han regado con riadas de cientos de millones de dólares las campañas de muchos candidatos republicanos (Elon Musk, solo, se ha gastado más de 500 millones), sin que —por suerte— esto haya tenido un especial impacto en los resultados finales.

Por lo tanto, que dos de las principales democracias del mundo (Brasil y Estados Unidos) nos hayan sorprendido positivamente en los últimos días por su resiliencia contra todo pronóstico es un motivo que invita al optimismo, lo que, en los tiempos que corren, es muy de agradecer.

Y, a la vez, esto ocurre en un momento clave para la regulación de la IA, antes de que su desarrollo descontrolado haga que el poder de los mencionados tecnooligarcas sea mucho mayor de lo que acaban de demostrar tanto en Brasil como en EE. UU.

Menos claro es que esto tenga que suponer un efecto contagio inmediato en nuestras latitudes —por aspectos que ahora no es el momento de desarrollar—, pero, en cualquier caso, sí es un poderoso argumento a tener en cuenta ante aquellos que todavía plantean el ocaso indefectible de la democracia de tradición liberal. Reitero, en Brasil y en Estados Unidos ha ganado la decencia y la democracia, y en los tiempos que vivimos esto es un bálsamo que nos permite afrontar el futuro con un poco más de esperanza.