No hay muchas dudas de que Estados Unidos está en declive. Esta es una constatación que comparten un gran número de analistas y medios periodísticos de referencia, también norteamericanos. Los motivos de esta tendencia son, lógicamente, diversos.
Algunos tienen raíces profundas o son exógenos. Basta pensar en el crecimiento económico, tecnológico, militar y geopolítico de China de las últimas décadas, así como el de otras potencias como la India. Lo que es paralelo a la bajada endémica y progresiva de la productividad de Estados Unidos en comparación con las otras grandes economías mundiales, especialmente las emergentes.
También el crecimiento de la excelencia científica y académica, sobre todo por parte de China, es otro indicador externo bastante contundente. Basta observar cómo, de nuevo de manera progresiva, universidades chinas van desplazando a las universidades americanas —y también a las europeas…— de los primeros puestos de los rankings académicos mundiales, ya sean estos sobre la excelencia académica, la investigadora o el número de registro de patentes. Ahora bien, no se puede obviar que una parte sustancial de esta decadencia viene agravada por factores internos, con un papel central por parte del inquilino de la Casa Blanca y de su entorno.
Una evidencia clara de todo esto, además acelerado por la acción del presidente Trump, es el repliegue geoestratégico de Estados Unidos, particularmente agudo en zonas clave del tablero de ajedrez internacional. Pensemos en el caso de Oriente Medio, donde el poder de Estados Unidos se está erosionando de manera irreversible y a una velocidad cuando menos sorprendente. Hecho que ha venido agravado con las políticas erróneas y erráticas de Washington respecto de Irán, que —entre otras— han puesto al descubierto la fragilidad y la poca eficiencia de la hasta ahora importante presencia militar norteamericana en la zona.
Este repliegue se da también en muchas otras regiones clave de la geopolítica global, desde el Pacífico hasta Europa, donde la reciente retirada —un poco humillante, por cierto— de los bombarderos norteamericanos de la base británica de Fairford. Esto se ha hecho ante el peligro de una posible acción terrorista —supuestamente instigada por Irán—, lo que ha generado cierta sorpresa, y ha mostrado de nuevo una imagen de fragilidad del poder militar norteamericano a la que no estábamos acostumbrados.
Ahora bien, no solo de geopolítica vive el hombre. Y es que el liderazgo global tradicionalmente ha ido vinculado, también, a la capacidad que la primera potencia —sea esta la que sea— proyecte unos valores que de alguna manera sean mínimamente ejemplares. En este sentido, la apariencia de absoluta corrupción que proyecta la Casa Blanca hoy en el mundo, con una exhibición impúdica de conflictos de interés constantes, así como de enriquecimiento ilícito —y multimillonario— del presidente Trump y su entorno, no hace sino aumentar esta percepción de declive y decadencia.
La evidencia nos muestra que las supuestas soluciones fáciles —y engañosas— a problemas complejos no solo no los resuelven, sino que pueden llevar a los países que lo aplican hacia la decadencia
Es más, en contra de lo que podamos pensar desde la "vieja Europa", esta imagen poco ética y corrupta del liderazgo estadounidense parece que también es compartida por la mayor parte del público estadounidense. Y curiosamente es la última encuesta de uno de los pilares del trumpismo mediático —Fox News— la que ha puesto la preocupación por la "corrupción del gobierno" en lo más alto de la lista de preocupaciones de los ciudadanos de este país. Es cierto que el concepto de la encuesta era el genérico de "corrupción en el gobierno", en el sentido de todo el sector público, sea el federal, el estatal o el local. Pero el hecho de que esta preocupación haya pasado a ser la primera, superando incluso la inquietud por la inflación y la subida de precios en general, o la del precio de la gasolina en particular (en un 88 % vs. el 85 % y el 83 % del total de los encuestados) es más que significativo; y se supone que debería haber hecho saltar —de nuevo— las alarmas en el Partido Republicano, y más pocas semanas antes de las elecciones de medio mandato.
Donde seguramente sí que hay una percepción muy diferente entre los EE. UU. y Europa es en la cuestión de la pena de muerte. Ahora bien, la situación absolutamente inaudita relativa a la reciente ejecución fallida de hace un mes en Tennessee, así como la polémica por la decisión del secretario de la Guerra, Pete Hegseth, de hacer pública la ejecución de un militar condenado a muerte, han comportado un pequeño terremoto en la opinión pública global que, consecuentemente, ha repercutido de nuevo en la creciente percepción global de unos Estados Unidos en declive, confusión y, en algunos aspectos, derivando hacia comportamientos barbáricos.
Y es que, más allá de la desastrosa gestión de la ejecución fallida de Christa Pike en Tennessee, y de todas las derivadas éticas y morales al respecto, debemos tener en cuenta que se trataba de la primera ejecución de una mujer en este estado desde hacía casi... ¡doscientos años! Y en el caso de la ejecución de Nidal Hassan, habría sido la primera ejecución pública en Estados Unidos desde 1936... es decir, desde hace noventa años.
Por ahora desconocemos cómo seguirá el caso de Pike. En el caso de Hassan, sabemos que se mantiene la previsión de la ejecución para principios de diciembre. Se ha cancelado la proyección pública —¡y en streaming!— de esta, pero se mantiene la opción de hacerlo con un pelotón de fusilamiento. Lo que, de nuevo, no había pasado en aquel país desde 1945, es decir hace más de ochenta años. Unos desfases temporales tan enormes que, lamentablemente de nuevo, piden una reflexión sobre el porqué de unos comportamientos que solo podemos considerar bárbaros o de regímenes dictatoriales.
Veremos cómo todo ello afectará a las cruciales elecciones del 5 de noviembre. Unas de las elecciones de medio mandato más relevantes de la historia contemporánea de Estados Unidos, y a la vez con un impacto global enorme.
Pero a la vez, todo ello nos debería hacer reflexionar, profundamente, también en nuestro país. Sobre todo ante la preocupante y progresiva normalización, en muchos entornos sociales, del discurso de aquellos actores políticos de nuestro país que comparten agenda y prioridades políticas con personajes o movimientos como el que encabeza la Casa Blanca. Entre muchos otros aspectos, porque la evidencia nos muestra que las supuestas soluciones fáciles —y engañosas— a problemas complejos no solo no los resuelven, sino que pueden llevar a los países que lo aplican hacia la decadencia.