La reunión tan risueña y cordial que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tuvieron este miércoles para la constitución de un posible gobierno socialista ha hecho saltar todas las alarmas. Asistimos aplaudiendo a la derrota más ruidosa del statu quo español desde los tiempos de la Segunda República. Tampoco tiene nada de extraño. Cuando un globo se hincha demasiado basta con un alfiler para pincharlo. Eso lo sabe Iglesias y lo sabe Sánchez.

Lo que pone nerviosos a los palmeros del sistema es que estos dos hombres no tienen miedo. Se dice que no tienen nada que perder -sobretodo de Sánchez-, pero la realidad es mucho peor: lo que pasa es que le han perdido el respeto al sistema. A diferencia de Albert Rivera, que es un adulador, un producto del contexto, Sánchez e Iglesias han llegado donde están nadando a contracorriente. Saben que los poderes que mantienen sobornados a periodistas y politicos para que ladren contra ellos, van a cambiar de bando el dia que ganen. Saben que el rey Felipe VI hará lo que haga falta para salvarse, incluso assegurar que su mujer habla asturiano. 

Sánchez sabe que Susana Díaz es la chacha del PP, mientras que Iglesias ha encontrado una mina de oro con el referéndum catalán. Si yo fuera el líder podemita me tragaría el referéndum y dejaría que los chicos de Ada Colau se abstuvieran y gesticularan un poco. Seria una forma finísima de presionar a Ciudadanos.

Con el tiempo se verá que el pacto de Sánchez con Rivera era una maniobra del líder del PSOE para darse prestigio. Con respecto a Iglesias, si consigue imponer la idea del referéndum en España el primer partido de orden que lo abrace se repartirá el poder con él. Mientras los partidos independentistas no apliquen el derecho a la autodeterminación, el PP y el PSOE andaluz lo tendrán cada vez más difícil.

Hay que reconocer que, en la vida, incluso los momentos más bajos tienen su gracia.