El sociólogo francés y experto en derecho Gabriel Le Bras (1891-1970) establece una tipología cuatripartita que propone clasificar a los católicos según su nivel de práctica religiosa, sobre todo observando si participan en rituales como la misa. El primer grupo lo conforman los católicos practicantes o devotos: asisten regularmente a misa (sobre todo los domingos), participan en los sacramentos y tienen una vida religiosa activa. Aquí también se incluyen los practicantes regulares, que van a misa de vez en cuando, se confiesan de vez en cuando y comulgan a veces.
El segundo grupo lo conforman los católicos no practicantes. Se consideran católicos (identidad cultural o familiar), pero no participan habitualmente en la práctica religiosa. Un tercer bloque lo constituyen los católicos ocasionales o conformistas estacionales: practican solo en momentos puntuales: fiestas como Navidad y Pascua y rituales sociales (bautismos, primera comunión, bodas, funerales). Finalmente, engloba a los indiferentes o alejados, que tienen poca o ninguna relación con la religión, y pueden estar bautizados, pero la religión no tiene peso en su vida. Dentro de este grupo, Le Bras hablaba de los disidentes, una categoría también denominada los “extraños” a la vida de la Iglesia.
Los disidentes en la religión son personas que se oponen o cuestionan doctrinas, prácticas o autoridades religiosas establecidas
Los disidentes en la religión son personas que se oponen o cuestionan doctrinas, prácticas o autoridades religiosas establecidas. A lo largo de la historia, muchos han tenido un gran impacto, a menudo provocando reformas o nuevos movimientos o simplemente han conseguido hacer tambalear algunos aspectos de la doctrina, la práctica o la vivencia de la religión.
El gran disidente dentro del cristianismo es Martín Lutero (1483-1546), que desafió a la Iglesia católica con 95 tesis en la puerta del castillo de Wittenberg y rompió con ella, abriendo así la Reforma protestante. Otro disidente es Juan Calvino, que con austeridad reformó el protestantismo (Soli Deo Gloria). Ya antes de Lutero, Jan Hus fue ejecutado por hereje. Desde el siglo II, el cristianismo quería mantener una enseñanza incontaminada y se esforzaron por detectar las posibles desviaciones. El cristianismo ha vivido muchas herejías en su seno: docetismo, marcionismo, montanismo, adopcionismo, sabelianismo, arrianismo, apolinarismo, nestorianismo, monofisismo, donatismo, pelagianismo y gnosticismo, por citar solo algunas. Todas ellas definían de manera discrepante algún aspecto fundamental del dogma. Sus defensores no fueron absorbidos por el sistema, sino más bien centrifugados.
Pero también en el islam ha habido personajes incómodos que han sido marginados: el místico sufí Mansur al-Hallaj fue ejecutado (crucificado y decapitado) por afirmaciones consideradas heréticas sobre la unidad con Dios y el escritor británico Salman Rushdie generó controversia con su novela Los versos satánicos, considerada blasfema por algunos musulmanes. En el judaísmo, Baruch Spinoza fue excomulgado por sus ideas radicales sobre Dios y la religión. Giordano Bruno fue condenado por la Inquisición por ideas teológicas y cosmológicas. Galileo Galilei fue encarcelado acusado de hereje por haber promovido la teoría copernicana basada en el heliocentrismo. Algunos de ellos no se habían preocupado de la religión hasta que la religión se empezó a preocupar por ellos, como Rushdie. Otros eran profundamente espirituales, como Lutero o al-Hallaj.
La aceptación por parte de los sistemas religiosos de que alguien pueda expresar discrepancias con su fe es un tema delicado y no resuelto. La pluralidad intrarreligiosa, la diversidad dentro de las mismas confesiones, es una realidad que a menudo se ha querido uniformar y los más excéntricos han sufrido las consecuencias. Gracias a las disidencias y a las discrepancias, las propias religiones se han ido purificando y han perdido lastre que las dejaba inhábiles. Todavía hay espacio para disidencias presentes y futuras que hagan avanzar. Son los disidentes facilitadores.