Cargando...

La cita de Kenneth Patchen en The Journal of Albion Moonlight ("La gran pregunta del siglo XX no es si podemos creer en Dios, sino si Dios puede creer en nosotros") le da la vuelta a la perspectiva habitual sobre la fe, especialmente en un contexto geopolítico tan tenso como la Crisis de los Misiles de Cuba de octubre de 1962. Lo recogen Max Stackhouse y Paris J. Peter en el volumen God and Globalizations, donde leo que el hecho de que el debate sobre el significado de la religión para los estadounidenses emergiera como una cuestión práctica, y no solo teórica, durante las deliberaciones de Moscú, es un detalle histórico revelador. Sugiere que, en momentos críticos, las creencias y los valores profundos (aquello que consideramos "humanamente creíble") son variables tan decisivas como la estrategia militar o la realpolitik.

Es una observación clave sobre cómo la desconfianza existencial —el miedo a que el otro no nos considere dignos o capaces de mantener la paz— puede condicionar la geopolítica global. El mundo no se desmorona solo a través de bloques y a golpe de martillo, sino que cuando "pasan cosas", las creencias emergen de muchas maneras: ablandan nuestro discurso, endurecen nuestra visión del mundo, aclaran el horizonte o lo emborronan todo. Las religiones y su confianza en el otro inciden en la manera de entender el mundo, también la geopolítica. El otro, según cómo percibimos la alteridad, puede ser un aliado, un enemigo, una persona buscándose la vida, un ser humano, una persona con derechos o se puede reducir a una bestia sin dignidad.

El mundo no nos ofrece una sola lectura, y por eso la diversidad de trasfondos, de lecturas y de parámetros es esencial para protegernos y dotarnos de criterio y alejarnos de sectarismos ideológicos

Hay diferentes niveles de creencias y valores, y los religiosos forman parte de ellos. Así como la antropología intentó desprenderse de sus raíces religiosas, los estudios culturales a menudo ignoran que sus valores fundamentales (fe, esperanza, amor) son "heredados" de la tradición judeocristiana occidental. Los ciudadanos europeos, por ejemplo, somos menos "seculares" de lo que pensamos y quizás utilizamos marcos morales religiosos para analizar fenómenos culturales modernos sin reconocerlo... Al recuperar la idea de la comunicación como ritual de James Carey —que une personas en el tiempo, en vez de una transmisión pura de información en el espacio—, llegamos al diálogo cultural no como una cuestión de datos, sino de valores compartidos. La realpolitik de la Guerra Fría como manera de hacer política práctica, dejando de lado ideas o cosmovisiones éticas, se conecta así con las raíces filosóficas de los estudios culturales de autores como Linda Steiner o Clifford Christians. El mundo no nos ofrece una sola lectura, y por eso la diversidad de trasfondos, de lecturas y de parámetros es esencial para protegernos y dotarnos de criterio y alejarnos de sectarismos ideológicos. Las sectas no son solo grupos religiosos. Hay sectas de todo tipo y la separación ideológica puede afectar a un vecindario, un bloque de pisos, un barrio o un parlamento entero. Revisar los sectarismos cercanos puede ser un ejercicio de resultados sorprendentes.