“ERC no echará a Rufián, pero, si él se marcha, muchos estarán contentos dentro del partido”, dijo Lluís Falgàs en el programa Cafè d’idees hace unas semanas, coincidiendo con el acto público que el jefe de filas republicano en el Congreso hizo en Barcelona con Irene Montero. Esta idea expresada de manera inequívoca por el decano de los periodistas parlamentarios catalanes es recurrente en todos los cenáculos barceloneses y en todos los mentideros madrileños. He tenido ocasión de comprobarlo esta misma semana en la capital del Estado, donde se me aseguró que Gabriel Rufián no se habla con la mitad de sus diputados ni con la mayoría de los periodistas catalanes en Madrid. Tampoco participa habitualmente de las ejecutivas del partido, de las que es miembro nato en tanto que presidente del grupo parlamentario en el Congreso. No pone mucho los pies en Catalunya ni dialoga con sus propios votantes. Por si fuera poco, su representatividad y los motivos por los que fue votado, como cabeza de cartel de un partido independentista histórico, pienso que están muy alejados de su dinámica parlamentaria. Viendo sus intervenciones desde la tribuna de oradores, se me generan algunas preguntas. ¿Rufián centra su acción política en Catalunya o en España? ¿Rufián prioriza el progreso del independentismo catalán o se limita a ser un sargento de la guerra eterna entre la derecha y la izquierda españolas? ¿Rufián preferiría ser ministro de Pedro Sánchez o conseller de Oriol Junqueras? ¿Rufián apuesta por una nueva Galeusca o por un renovado Pacto de San Sebastián? ¿Rufián prefiere ser querido en Lavapiés o en Sant Cugat? ¿Prefiere pasearse por Dos Hermanas o por Sant Feliu de Pallerols? ¿Prefiere ser entrevistado en TV3 o en La Sexta? ¿Prefiere ser convocado por Pedro Sánchez o por Salvador Illa? No son cuestiones ni preguntas menores, y las respuestas, que todos intuimos, provocan escalofríos.
Desde un punto de vista ya no independentista o catalanista, sino únicamente desde la óptica estrictamente catalana, es incomprensible que este diputado no use la lengua catalana de manera sistemática en el Congreso. Ha costado mucho poderlo hacer, y no tiene ningún sentido que el candidato republicano no use la lengua propia del país que lo ha votado para evidenciar, ni que sea simbólicamente, que Catalunya es una nación diferenciada de Castilla. Me explicaban esta semana en Madrid que el uso de las lenguas cooficiales del Estado en el Congreso ha producido una pequeña revolución con relación a la normalización de estas lenguas, y no solo dentro del hemiciclo. Cuando un señor de Badajoz o una señora de Salamanca ven por la tele un diputado hablando en catalán, euskera o gallego desde la tribuna del Congreso, con subtítulos debajo y con el presidente del Gobierno con un auricular en la oreja, la visibilización de la plurinacionalidad del Estado queda más patente que nunca. El siguiente paso, claro está, es que este señor de Badajoz o esta señora de Salamanca entiendan que, si España es un Estado compuesto por naciones diferentes y diferenciadas, es normal que algunas de estas quieran convertirse en Estado de manera natural. Por eso no es aceptable que ningún diputado mínimamente catalanista no use la lengua catalana en las Cortes españolas. A no ser, claro está, que el diputado en cuestión tenga una estrategia, busque otro público y tenga otros objetivos.
El estilo de Gabriel Rufián es más propio de Ciudadanos que de ERC; más parecido a Inés Arrimadas que a Pere Aragonès
Esto no es todo, sin embargo. Su violencia verbal contra otros diputados independentistas catalanes, con los que su partido hizo conjuntamente el embate contra el Estado más poderoso de los últimos cincuenta años, merece una especial reflexión. Uno de los rasgos distintivos de la política catalana, en relación con la política española, son las formas, la educación y el respeto. No somos españoles, tampoco en esto. Por eso somos muchos los que pensamos que este diputado ha adoptado unas formas ajenas a su partido y al catalanismo más elemental. Su estilo es más propio de Ciudadanos que de ERC; más parecido a Inés Arrimadas que a Pere Aragonès. Este estilo degrada la política y el parlamentarismo, aparte de poner a otros diputados catalanes en el punto de mira de los extremistas españoles. Hubo un tiempo, nada lejano, donde los independentistas tenían diferencias profundas, pero tenían claro quién era el adversario y se ayudaban entre ellos. Por eso me hierve la sangre cuando un diputado, con el privilegio de liderar un grupo mayor, de tener una retórica bien afilada y de contar con cientos de miles de seguidores en las redes sociales, lanza a una diputada catalana a los pies de los caballos, a la intemperie de las calles de Madrid. El escarnio es, desde esa posición de privilegio, no solo un acto miserable, sino un abuso premeditado.
Llegados a este punto, la dirección republicana se encuentra en una encrucijada con dos escenarios diferentes. Tiene dos opciones. La primera es hacer repetir a Rufián de cabeza de lista en las elecciones generales y obtener un resultado brillante en Catalunya. Es un gran candidato con una proyección enorme y llega mucho más allá de donde llega su partido. El precio a pagar, en este escenario, es tener a un representante en Madrid absolutamente desleal con el partido y que opera al margen de las instrucciones de la sede central de Barcelona. La segunda opción es presentar a otro candidato y obtener un resultado más discreto, pero no necesariamente desastroso, que garantice un grupo parlamentario bien coordinado y alineado con el resto del partido. En este debate existe, sin embargo, mucho más que el cálculo estrictamente electoral. También existe una decisión ética y moral, que entronca con una tradición catalanista que ERC siempre ha enarbolado. No es una decisión fácil, por supuesto. Habrá que estar muy atentos en los próximos meses para ver si se cumple, finalmente, la visión premonitoria de Lluís Falgàs.