El 8 de julio de 2016 —mañana se cumplirán diez años— el decimoctavo congreso de CDC aprobaba en Barcelona la disolución del partido fundado más de cuarenta años atrás, en 1974, en Montserrat. Era el paso previo al congreso de refundación de la formación que el día 10 acordaba el nacimiento del PDeCAT. Hoy, diez años después, CDC no existe, pero el PDeCAT tampoco, y JxCat lucha por recuperar el espacio convergente perdido. La confesión de Jordi Pujol, el 25 de julio de 2014, de que la familia había tenido durante años dinero escondido en Andorra fuera del alcance del fisco español fue el desencadenante de un movimiento, el de la desaparición de CDC, del que ahora los mismos que lo propiciaron se arrepienten porque finalmente se han dado cuenta —les ha costado bastante— de que, desde el punto de vista político, fue un error inmenso.

A raíz del terremoto causado por el devastador anuncio del 126.º president de la Generalitat, Artur Mas, que entonces presidía también CDC, buscó la manera de cortar las amarras con quien había sido su padre político y no se le ocurrió mejor solución que borrar del mapa al partido —en aquellos momentos, además, acosado por escándalos varios en torno al 3%— y crear uno nuevo. La maquinaria de la formación se puso al servicio de este objetivo: primero, con una consulta interna el 21 de mayo de 2016 en la que la militancia hizo caso del líder y decidió disolver el partido y, después, con el congreso de refundación los días 8, 9 y 10 de julio del mismo año, cuyo resultado, en cambio, fue diametralmente opuesto al que había preparado el aparato saliente de CDC. Los cuadros reunidos en aquel cónclave enmendaron de arriba abajo la plana a Artur Mas y nada quedó como su núcleo duro había previsto. Al contrario, todo salió al revés.

La creación del nuevo partido, de hecho, se embarrancó a la primera de cambio cuando los asistentes al congreso rechazaron sin paliativos las propuestas de nombre de la nueva fuerza política que les había presentado el aparato aún comandado por el 129.º president de la Generalitat: Més Catalunya (MésCat) o Catalans Convergents (CatConvergents). A los cuadros no les gustaron ni uno ni otro y obligaron a realizar una elección entre tres nuevas opciones: Partit Demòcrata Català, Partit Nacional Català y Junts per Catalunya. El elegido finalmente fue el primero y el argumento para defender su oportunidad fue de lo más surrealista: así se podría establecer una pugna entre demócratas y republicanos al estilo de Estados Unidos. El nivel de la justificación lo dice todo. Los congresistas boicotearon igualmente la nueva dirección ejecutiva que, manteniendo a Artur Mas como presidente con funciones meramente representativas, debía ponerse al frente del nuevo partido y que les venía también determinada por el último aparato de CDC. Los elegidos tenían que ser Jordi Turull y Miquel Buch, pero al final no fueron ellos, sino Marta Pascal y David Bonvehí.

Los cuadros habían desautorizado al líder —sin cuestionarlo directamente— y al núcleo duro que lo rodeaba. El PDeCAT empezaba a caminar cojo y pronto se vio que no llegaría muy lejos. Los perdedores del congreso de refundación —los que cortaban el bacalao en la extinta CDC— hicieron la vida imposible a la nueva dirección, mientras Carles Puigdemont, desde el exilio belga que había empezado tras el fiasco del referéndum de independencia del Primer d’Octubre de 2017, daba vida a un Junts per Catalunya (JxCat) que muy pronto empezó a pelearse con el PDeCAT. Hasta que en 2020 se produjo la escisión del PDeCAT hacia JxCat, en 2021 tuvo el dudoso honor de hacer que por primera vez el espacio que había heredado de CDC se quedara sin ningún representante en el Parlament y en 2023, tras los malos resultados en las elecciones municipales y españolas que lo dejaron también sin representación en el Congreso, se vio obligado a bajar definitivamente la persiana por falta de parroquianos. La mayoría se habían ido a JxCat y algunos, aunque pocos, a ERC e incluso al PSC.

CDC también era una marca de éxito y podría seguir siéndolo

Diez años después de forzar su desaparición, ahora todo el mundo echa en falta a CDC. Los primeros, quienes impulsaron y bendijeron su disolución, como los mencionados Artur Mas y Jordi Turull, y también Xavier Trias, que fue, curiosamente, quien presidió el congreso que liquidó el partido. Quien no lo ha entendido nunca tampoco ha sido el propio Jordi Pujol, que no se ha abstenido de ponerlo de relieve entre los círculos más cercanos. CDC era básicamente su creación y aún hoy no ha digerido que de la noche a la mañana sus sucesores se la cargaran. En el mundo hay multitud de ejemplos de comportamientos políticos poco honorables que, a pesar de ello, no han desembocado en la eliminación de los partidos a los que pertenecían los infractores y actualmente siguen siendo marcas reconocidas más allá de determinados comportamientos personales. CDC también era una marca de éxito y podría seguir siéndolo

 Ahora, en cambio, todo son prisas, en forma de operaciones de reagrupamiento, de confluencia, de captación de los últimos alcaldes que habían permanecido en el PDeCAT o de lo que sea, para intentar recuperar el espacio perdido durante todo este tiempo y tratar de reunificarlo alrededor de JxCat, que es el único —¿y quizás el último?— instrumento que les queda para intentar hacer algo de provecho. Hay "voluntad de reencuentro", ha ejemplificado a buena hora el exalcalde de Barcelona. El problema es que hoy JxCat también es una herramienta desgastada y, hasta que no ha notado el aliento en el cogote de Aliança Catalana, la formación de la alcaldesa de Ripoll, Sílvia Orriols, que le pisa los talones, no ha reaccionado en un intento de frenar la sangría que se ve venir. Lo ha hecho por obligación, no por convicción, y esto es lo que provoca que sus iniciativas resulten poco creíbles.

Ir a remolque de Sílvia Orriols justamente no es la mejor manera de ofrecer un proyecto político sólido

La última ha sido la presentación pública de la asociación Catalans Segle 21, heredera de la fundación Nous Catalans —que en su día presidió Àngel Colom y que fue clausurada en el tránsito de CDC al PDeCAT—, con la que quiere tratar de hacerse un hueco en el debate sobre la inmigración para procurar no dejar todo el terreno en manos, precisamente, de Aliança Catalana. "Cuando hablamos de inmigración hay dos discursos antagónicos, control e integración, pero se pueden abordar ambos sin romper la cohesión", es la carta de presentación de la nueva entidad en palabras de Artur Mas, que, aunque no es militante de JxCat porque prefiere mantenerse en el rol institucional de expresident de la Generalitat, hace tiempo que la apoya. Pero ir a remolque de Sílvia Orriols justamente no es la mejor manera de ofrecer un proyecto político sólido.

Lo que, a disgusto de todos los movimientos para recuperar el terreno perdido y, sobre todo, para no perder más, no queda claro es que los dirigentes de JxCat acaben de ser realmente conscientes del papel que ha jugado y de la importancia que ha tenido CDC para Catalunya. Ha tenido que ser el líder de otro partido —el PSC—, el actual president de la Generalitat, Salvador Illa, quien ha proclamado que "Catalunya debe mucho a CDC" y que "sin CDC no sería el país que es". Es obvio que le interesa llevar el agua a su molino para poner en contraste la centralidad de una fuerza autonomista como CDC con el desbarajuste de una formación que ya sabe que no es independentista, pero que le va bien que finja serlo, como JxCat, y en este sentido tampoco le duele admitir que "es momento de reconocer la labor de Jordi Pujol al servicio del país". De hecho, él mismo se ha llegado a declarar admirador y continuador de su obra de gobierno.

Salvador Illa hizo todos estos cumplidos hace unos cuantos días en el acto de entrega del fondo documental de CDC al Arxiu Nacional de Catalunya y lo había hecho antes cuando, al acceder al cargo, incluyó a Jordi Pujol con toda normalidad en la ronda de contactos que mantuvo con los predecesores en la presidencia de la Generalitat. Un reconocimiento que aquellos con los que compartió tantos años el timón al frente de CDC no han sido capaces de llevar a cabo con la misma contundencia y determinación (un homenaje casi medio clandestino de la JNC, las juventudes antes de CDC y ahora de JxCat, no es ni de lejos lo mismo). ¿Será porque probablemente todavía les pesa el error de haber forzado la desaparición de CDC?