El juez lo denomina entereza, pero sólo es ira, o mala leche o, si queremos, hýbris, una deformación del carácter, tan carnívora, que ella solita protagoniza el arranque de la Ilíada. El famoso juez lo denomina entereza, él se refiere a eso como tener lo que hay que tener, pero sólo son las tradicionales formas de expresión de la militarada española, la de los salvadores de la patria, la de los cirujanos de hierro que intervienen el estado siempre que quieren. La de los hombres que necesitan proclamar que son muy hombres. Que se burlan de los homosexuales y del bidé. La retórica de la ultraderecha, ya sea en alemán, en italiano o en español, es pomposa, dramática como una dragcuín, porque procede de la experiencia más elemental y cruda, la de la ley del más fuerte, la de la ley del embudo, la de un mundo de sordos, en definitiva. Es una manera de hacer pero sobre todo de ser, de hablar, óptima para encararse con ETA, eso sí hay que reconocerlo. En un determinado momento el terrorista Iñaki Bilbao amenaza al juez Alfonso Guevara en la Audiencia Nacional. “Te arrancaré la piel a tiras, cabrón. Ven aquí si tienes huevos. El día que te eche mano te voy a meter siete tiros”, un número épico para una escena lamentable y sin épica, como cuando alguien habla de los siete pecados capitales, de las siete maravillas del mundo, de las botas de siete leguas o de las siete veces siete de la Biblia. En el agresivo diálogo entre el juez y el terrorista puede verse perfectamente que los interlocutores no usan la lengua, que no hablan el idioma, más bien es al revés, es la lengua que se sirve de ellos para manifestar su jurisdicción. La lengua les utiliza para manifestarse de la misma manera que la biología se sirve de los individuos para preservar la especie. Repiten un esquema prefijado, una confrontación tan vieja como el mundo, tan impersonal que no necesita personas sino personajes, ni interlocutores sino locutores, figurantes, títeres de un juego preestablecido. El terrorista utiliza el número siete sin saber demasiado lo que está diciendo, porque el lenguaje de violencia y de muerte que gasta es sólo la expresión mínima de la violencia telúrica de las esencias vascas auténticas y, por tanto, primitivas. Al otro lado, el juez exige a los guardas que reduzcan físicamente al agresor verbal, al cabo ambos bandos comparten un único lenguaje. El lenguaje no dice nada y lo dice todo, y que sólo sirve para reforzar la confrontación, para hacerla vibrar. El terrorista imagina que lleva en la mano una pistola y pone en duda que el otro tenga huevos. El juez se pone inmediatamente a su nivel, dirigiéndose a los vigilantes: “Redúzcanlo. ¿O entre todos no tienen lo que hay que tener?” No hay duda. Se producen conversaciones entre niños mucho más sofisticadas que esta exhibición de fuerza entre mamíferos machos que luchan por el territorio. Félix Rodríguez de la Fuente, presente.

Estos antecedentes explican, de alguna manera, que el benemérito juez tuviera un tropiezo con las formas civilizadas pero contundentes del abogado del padre de Xavi, el niño de tres años que perdió la vida en el atentado islamista de la Rambla. Jaume Alonso-Cuevillas i Sayrol, catedrático eminente, diputado bondadoso y también uno de los abogados del Muy Honorable Puigdemont, no sólo se expresa de una manera diferente de los presos de ETA, también piensa diferente, también pertenece a otro mundo, a otra galaxia, en el universo de la vida inteligente contraria a la exhibición de la violencia gratuita. Aunque sólo sea violencia verbal. Por eso le agradece la amabilidad al juez, porque en Barcelona al menos es costumbre, en catalán, de decir las cosas al revés de como son. Si es que no se entienden del derecho, digámoslo del revés a ver qué pasa. Si el derecho es eso que exhibe en pública audiencia la Audiencia Nacional, tal vez debamos situamos honradamente en las antípodas. “Tinc por que no vingui” decimos en catalán cuando queremos expresar, precisamente, que nos da miedo la llegada de alguien. O decimos que es galdós lo que esperábamos encontrar exitoso, por ejemplo, una comida, un vestido, un libro, una elaboración humana. En Madrid, en cambio, Galdós sólo es un escritor, y no exactamente de los mejores.

“La ironía a otro lado. Se lo advierto” dijo el juez, riñéndole, amenazante, levantando el dedito como hacía Bin Laden, haciendo un pronunciamiento, una proclama de principios, porque en la tradición inquisitorial de los actos de fe españoles no había lugar para esta forma del lenguaje, porque este pensamiento allí no se gasta. No hay lugar para la ironía, una forma expresiva que Francisco Umbral definió como “la ternura de la inteligencia” y que siempre ha formado parte del arsenal argumental de los abogados, como se puede ver en los discursos de Cicerón, para poner aquí un único ejemplo. El Tribunal de Gran Instancia de París, el 30 de abril de 1998, se declaró incompetente en materia de ironía. Según los magistrados franceses la impertinencia o la burla son difícilmente asimilables a la injuria, a la expresión verbal entendida como ultraje, al desprecio. Y que, por lo tanto, no se puede criminalizar una manera tan natural de expresión, que se impone por costumbre y que ha acabado creando su propia jurisprudencia.

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