Inés Arrimadas, la hija del policía, dice que quiere un debate con Paco Igea, el vicepresidente de Castilla y León, pero ante las cámaras no le deja hablar. Arrimadas esperaba ser la única candidata a la gobernación de Ciudadanos, tornarse la dueña de todo, democráticamente. Pero democráticamente le han dicho que nanay, que deberá ganarse el poder con el sudor de su frente. Ahora no sé por qué el sudor de otras partes del cuerpo se ve que no vale para esforzarse, pero sigamos, no nos dejemos distraer. A Arrimadas solo le gusta la democracia cuando gana. Cuando manda está de excelente humor y parece bonita como un angelito, visionaria como Bernadette Soubirous. Pero no la quieras tener en contra. Solo tiene amigos si se someten a sus deseos. Solo hace buena cara si le dices que tiene razón. La exhibición de autoritarismo y de censura contra Igea, con tocamientos incluidos, frente a las cámaras de ayer, debería haber sido suficiente para que la hija del policía tuviera que renunciar a su carrera política. Por falsa, por prepotente y por amenazadora. Por déspota. Por comportarse como una mafiosa. Pero sobre todo por no dejar hablar a los demás. Hace cuatro años pregunté en esta misma columna: ¿qué monstruo podrías llegar a ser, bella Inés? Como en el Retrato de Dorian Gray, el tiempo ha hecho su trabajo y hemos descubierto que no hay peor enemigo de la democracia, de la convivencia, de la libertad que aquellos que experimentan una irreprimible pasión por censurar, por hacerte callar, por mandar. La hija del policía es una hija vocacional del viejo autoritarismo español, de personas que tienen en la cabeza la estúpida idea de que pueden darte permiso para hablar. Que la lengua que tenemos los demás les pertenece. Que más allá de la España española o de la derecha bien derecha, su verdadera pasión política es la pasión por silenciar. Tú, cállate. Tú, ahora puedes hablar. Tú, ve con cuidado con lo que dices. Cuando te metes la lengua en el culo es que has perdido el poder de gobernar tu propia vida.

 A Arrimadas solo le gusta la democracia cuando gana

Cuando una persona se siente provocada u ofendida por las palabras de otra persona es que esta otra persona pone en cuestión el poder de la primera. Cuando una persona poderosa se siente ofendida es porque los demás tienen derecho de responder, derecho de expresar opiniones contrarias. Es decir, una persona se siente ofendida cuando pierde su estatus de superioridad, de eminencia respecto a los demás y, en ese momento, debe situarse en un lugar de igualdad con los débiles y los que normalmente no tienen derecho a hablar. No hay nada que sea más repugnante para una persona autoritaria, con delirios de grandeza, que la igualdad respecto a los demás humanos. Recuerdo perfectamente cuando Inés Arrimadas se disfrazó de princesa cinematográfica y utilizó las aristocráticas salas del palacio del Parlament de Catalunya para tomarse fotos. Para sentirse reina por un día. Una ficción. Pero es que más allá de las apariencias, más allá del poder que tienes para acallar a los discrepantes, resulta que todo es muy débil, ridículamente débil. Las convicciones que no se basan en la razón no son más poderosas, son muy débiles. Por eso el ofendido siempre es un individuo débil. Porque debe acallar a los demás ya que sus argumentos no se sostienen sin intimidar al personal. Debe acallar a los demás siempre, constantemente. ¿Como en una dictadura? Como en una dictadura, no. Es una dictadura.    

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