Para contrarrestar el alegre optimismo popular de los años del procés, y adelantándose a la traición de nuestros líderes y de sus masajistas periodísticos, las élites catalanas intentaron inculcarnos la figura del enfermo nacional. El concepto era una forma extremadamente estéril y corporal de recordarnos que incluso los seres más vitales pueden acabar demacrados por obra y gracia de un cáncer. Después del referéndum del 1-O, la figura del enfermo nacional se trasvasó directamente al terreno de la política, y se dedicaron a hablar sobre presos políticos y exiliados como si fueran un grupo de convalecientes que intentaban sobrevivir a las patologías impuestas por España. La táctica funcionó parcialmente, ya que muchos electores se cansaron de un lloro que quería centrarse en la sopa emocional para intentar desviar la atención de los numerosos incumplimientos y falsedades disparadas por la clase política.

Con el postprocés estancado en la diarrea actual del tedio, y el discurso victimista finalmente noqueado por la abstención y el advenimiento de fuerzas políticas contrarias al procesismo, la figura del enfermo nacional ha dado paso a una nueva conceptualización más perversa. Me refiero al deprimido nacional, un ser (habitualmente muy exitoso en su campo profesional y con notoria relevancia pública) que se ha ganado la aceptación popular a base de rebajar su triunfo o estatus asumiendo con resignación una existencia pesarosa. El último caso de este fenómeno lo ejemplifica perfectamente Oriol Mitjà, prestigioso médico e investigador en el ámbito de las infecciones, que se ganó la atención de la tribu durante la pandemia. A pesar de dejarse ver en los medios alguna vez por la efervescencia vírica de la madre naturaleza, Mitjà se había esfumado del huracán público para volver a la paz vital de la bata blanca.

Todo esto ha cambiado esta última semana, a raíz de la presentación del libro On neix la llum (Columna), una crónica de la depresión, angustia y pulsión mortuoria de nuestro protagonista. Debo decir que siempre he sentido una gran fascinación por Oriol, porque a servidor, por motivos bien obvios de parentesco, nunca le han molestado los ególatras. De hecho, en tiempos de la Covid, en casa disfrutamos mucho cuando este médico tachaba de incompetente a la consejera Vergés y a su equipo. Desde un principio, ya noté en el doctor Mitjà el indisimulado rencor de todos esos cerebros privilegiados que estudian en el extranjero y, cuando regresan a casa, esperan que el país los reciba desenrollando una esplendorosa alfombra roja. Pero, a pesar de ganar la polla en vinagre esa del "Català de l'any" (2016), este científico lo suficientemente listo como para renunciar a la carrera política, no buscaba prestigio, sino vivir en el Olimpo del imaginario.

Aseguraos de que la melancolía no os haga traidores

Mitjà siempre coqueteó de una forma muy curiosa con su vertiente pública. Recuerdo que hace tiempo coincidimos en una tertulia en la que sostuvo que su vida ideal pasaba por el anonimato militante de la investigación científica; yo se lo cuestioné sin ningún tipo de tirria personal, ya que —justo el día anterior— la televisión pública catalana había programado un documental en el que nos hacía partícipes de su vida familiar. Pero estas ambigüedades son superfluas y el tema me importa un bledo, pues el camino de un narcisista en nuestro país es muy duro y uno siempre tiene que hacer lo posible para salir en la foto, aparentando indiferencia desganada (el único ser que lo consigue con mucha clase es mi querido Albert Serra). Visto que no lo lograba, Oriol ha acabado haciendo como los políticos del procés; dado que el triunfo molesta, ha compartido su desdicha con la plebe para transformarnos en un caso clínico.

Todo esto, como podéis imaginar perfectamente, encaja muy bien con el afán de los mandamases para hacernos creer que solo somos un grupo de desgraciados y con este clima posterior a 2017, en el que se hace pasar por el tamiz del desencanto cualquier forma de albedrío moral. Además de un elemento de control social urdido para que no pasen cosas relevantes, esta sopa depresiva resulta la herramienta idónea para rebajar las aspiraciones del común. De hecho, la forma más revolucionaria de existencia hoy en día en nuestro paisito pasa por evitar toda esta náusea y, a riesgo de parecer histriónico, aparentar que la vida te va medianamente bien. Eso sí, si uno quiere ser aceptado como “uno de los nuestros”, siempre puede apuntarse al club del depresivo nacional, exhibir una juventud traumática o hacer una novela sobre cómo se suicidó tu padre o las inconveniencias de afrontar la menopausia. En el gran club de la desdicha cabe todo el mundo.

Por otro lado, como infeliz permanente con problemas de egotismo y aparte de confiar en la dosis diaria de escitalopram que considere su psiquiatra (a mí me funcionan los 20 mg complementados con un tranki matinal), recomendaría al doctor Mitjà que impusiera un muro de contención entre su yo ideal, con la consecuente pulsión por el éxito y el reconocimiento, y su triste pero inexorable implantación en el mundo de los hechos. Este dique de contención no provoca vivir con más felicidad, pero te asegura mantener tu nivel de obsesión en el mundo eidético, mientras no acabas teniendo ningún problema con ir tirando en el mundo desastroso de los humanos o incluso con regalarte ciertas victorias. Dentro de mi cerebro, yo todavía me dedico a engatusar a señoritas, mientras, con la mano izquierda, dirijo las codas más bellas de Mahler, y cuando salgo de él, voy por el mundo feliz a comprar merluza, sin renunciar jamás a la independencia.

Deprimíos si lo deseáis, en definitiva, estimados conciudadanos; pero aseguraos de que la melancolía no os haga traidores. Y guardad las miserias en casa, que los catalanes siempre hemos sido gente con un altísimo sentido del pudor, y comerciar con las lágrimas hace de español.