Pablo Casado, cuya boca es un torrente desbordado de insultos a la inteligencia y la decencia, ha comparado los lazos amarillos que mantienen viva la memoria de los presos políticos catalanes —uno de los riesgos que tiene la prisión es una cierta muerte civil— con las infames estrellas de David, del mismo color, con que los nazis marcaban a los judíos alemanes. Aquel siniestro sambenito de trapo era el anticipo del pasaporte a los campos de exterminio y los hornos crematorios. Lo escribo así, con todas las letras, con la esperanza de que algún día, algún asesor de Casado, o de Rivera, o de Abascal levante el dedo y dibuje una línea infranqueable. Un límite, un "no vale todo" que demarque los mínimos de la decencia de que tan faltos están, en general, los discursos políticos y los tuits, su frecuente reflejo en las redes (in)sociales.

Al final, el problema no es tanto la violencia verbal, la comparación entre los lazos amarillos de los presos y las estrellas que les cosían a los judíos en la Alemania nazi, sino quién la hace. Al final, el problema no es el insulto, sino quién insulta y a quién. La derecha española todavía no ha superado su papel de policía de una Transición que pretende eterna, para que nada acabe de morir ni tampoco de nacer —y ya hace 40 años—, y por eso ahora se permite el lujo de vestirse de ultra y darle al trumpismo-cuñadismo. El hecho de que sean tres partidos —el PP, Cs y Vox— los que compiten por el mismo espacio electoral, que va desde el centrismo aideológico al populismo neofalangista, los lanza al ruedo electoral con faldas cortas, muy cortas, y exageradísimas pinturas de guerra: a Casado, Rivera y Abascal se les ve todo, hacen pura pornografía ideológica.

Los antropólogos Arnold van Gennep y V. W. Turner investigaron la estructura de los ritos de paso, que no solo forman parte de las prácticas mítico-religiosas del hombre "primitivo", sino de la vida de todo el mundo en general, en todos los tiempos y culturas. El rito de paso acompaña todo tipo de cambios y entraña una fase preliminar o de separación del mundo, por ejemplo, la salida de la infancia; una de margen o transición, la fase liminar (del latín limen, umbral), como la adolescencia, periodo de indefinición en el que no se es ni una cosa ni la otra, y una tercera de reagregación con una nueva posición en la vida social, la fase postliminar, la adultez. Durante la fase de transición todo salta por los aires, todo orden o estructura anterior o futura queda temporalmente en cuestión. Por eso, se tienen que extremar las precauciones: las transiciones son extremadamente peligrosas. Lo fue la transición política española, con todo su catálogo de violencias explícitas y latentes (los militares y las tramas negras, ETA) que sirvieron para legitimar el orden dictado: el "atado y bien atado". El peligro de retorno al pasado, a la dictadura, a los preliminares, pero también la amenaza de un futuro incierto, el espantajo de la revolución o el desorden, frenaron la marcha, inhibiendo los cambios de fondo.

A Casado, Rivera y Abascal se les ve todo, hacen pura pornografía ideológica

También el proceso independentista catalán puede ser interpretado como un gran rito de paso en su fase más compleja, la etapa de "postautonomía" y "preindependencia" que Carles Puigdemont definió en octubre del 2015 en un post de su blog personal. Reproduzco entero un párrafo del citado escrito de quien entonces no era todavía president porque, creo, mantiene plena vigencia para interpretar el momento —y el sentido del viaje—: "Hemos entrado en la Catalunya postautonómica. Tampoco somos una nación independiente, todavía. Somos un país preindependiente, que camina decidido hacia la plena normalización de su estatus político. Este es un lapso de tiempo excepcional, que pide fórmulas y políticas que estén de acuerdo con esta excepcionalidad. Lo que servía para la autonomía no será suficiente, y lo que nos hará falta para el Estado independiente todavía no lo disfrutamos".

Tiempo liminar. La transición catalana empezó con lo que se bautizó como desconexión y, se supone, tiene que desembocar en la reconexión del país: ya sea con el orden español, como autonomía bajo sospecha, o con el mundo, como república independiente de pleno derecho. Ese es el horizonte. Mientras tanto, los Casado y compañía —pero también los cínicos de la tercera vía y los conformados; para entendernos, los de la vía Urkullu— ejercerán de policías del procés. Con el garrote en la lengua o mirando hacia otro lado mientras llueven los golpes de porra y lloverán las sentencias. En demasiadas cosas, España no ha dejado de ser un cuartel con torres de vigilancia y grandes focos que iluminan la noche, aunque en el patio, con permiso de la "autoridad competente, por supuesto", la fiesta de la democracia celebre 40 años.