Este miércoles por la mañana se ha estrenado en el Parlament el ballet titulado “El sueño de una noche de presupuestos”. El argumento va de que los diputados de Junts pel Sí (y las diputadas de Juntas por el Sí) y las de la CUP se pasarán unos días danzando alegremente de un despacho a otro y de una sala a otra; reunión anunciada va, reunión secreta viene. Ahora un croise delante de Anna Gabriel y ahora un developpé de Oriol Junqueras, hasta la apoteosis de un Grand Jeté conjunto de reprórroga presupuestaria finalizada con la famosa patada a la lata para situarla unos metros más adelante. Y dentro de cien años, todos calvos.
Pero mientras, estaremos unos días entretenidos en el terreno donde la CUP quiere que se sitúe el debate y donde se siente más cómoda marcando perfil: en el ámbito social.
Como antes estuvimos unos días debatiendo sobre la higiene femenina en “aquellos días” (según expresión del famoso anuncio que se preguntaba a qué huelen las nubes)...
Como no hace mucho estuvimos debatiendo sobre los modelos de familia y la educación (o no) en formato todo el mundo en su casa o volvamos a la tribu...
Como hace días estamos debatiendo sobre la propiedad privada y las okupaciones y sobre el monopolio de la violencia y, en una segunda fase, sobre herencias y transmisiones, ser rico y ser rico de pueblo o dónde tendría que estar el límite de la transparencia fiscal de los políticos...
Todos estos debates han sido abiertos, más a propósito o más casualmente por la CUP. Y la gente se ha apuntado con muchas ganas y mucho ímpetu.
Alguien me preguntaba esta tarde en la redacción: pero, ¿eso pasa porque son muy hábiles o porque se lo compramos todo, ya sea para subirlo a los altares del pensamiento, ya sea para destrozarlo sin piedad? Pues mire, ni idea. Supongo que es una mezcla de las dos cosas, pero la propia naturaleza de la formación es la que hace que todo lo que digan dé ganas de manifestar alguna cosa de una forma vehemente, o muy a favor o muy en contra. Y sólo hay que mirar como un partido con 10 diputados genera más noticias que un grupo con 62 o un partido con 25.
Son cosas de los discursos que se van de lo que es habitual, que cuando se mezclan con la realidad provocan chispas, sacuden, generan. Y eso, creo, es una buena señal para la sociedad donde pasa porque demostraría que estamos vivos. O razonablemente vivos.
Discutir y argumentar nunca está de más. Aparte de que enfadarse, en un sentido o en otro, va muy bien para la circulación y adelgaza.