Quien escribe es una gran defensora de la culpa. Bueno, "gran defensora", sobre todo, de su legitimidad de ser, de existir. Rehuir la culpa sin matices es el mecanismo interno de quien rehúye la responsabilidad y las consecuencias de sus actos, por eso quienes la desacreditan de raíz acaban pareciendo, al final del día, niños inmaduros. Dar espacio a la culpa y tirar del hilo, tratar de desentrañar su origen y deshabilitarla —si llegamos a la conclusión de que es necesario— disculpándonos con los damnificados, es renovador. Pedir una segunda oportunidad a los demás es causa y consecuencia, normalmente, de la voluntad de darse también una segunda —o tercera, o cuarta— oportunidad a uno mismo. El caso es que nuestra noción del bien y del mal y, por lo tanto, la base inconsciente de aquello que nos hace sentir culpables, no es ajena a nuestro contexto, ni a nuestra herencia cultural, ni a nuestra adhesión religiosa. De hecho, haya adhesión espiritual o no, el marco moral que ha trabajado con más intensidad la catalanidad en tanto que identidad europea es el del cristianismo, incluso cuando desde la filosofía o desde la política se han construido teorías que se le contraponían. En consecuencia, conceptos como la culpa o el pecado, a pesar de que la sociedad catalana sea una de las más secularizadas de Europa, todavía se emplean como divisa y nos sirven para explicar determinados fenómenos, individuales o colectivos. 

La culpa, que la mayor parte de las veces es respuesta de la conciencia del dolor infligido y de la sensatez, que nos revela como seres empáticos con capacidad para revisarnos, también es la herramienta de extorsión perfecta de los manipuladores. Y el talón de Aquiles de los manipulables, en consecuencia. No hay nada que sea más efectivo para conseguir que alguien haga aquello que quieres que haga que convencerle de que lo tiene que hacer por su bien, o en nombre de un bien objetivable que en ningún caso tiene nada que ver con tu opinión subjetiva, porque existe fuera de ti. —Quien escribe es de la opinión de que el bien existe fuera de ella misma, pero que solo se puede llegar desde la libertad. Y que, si bien todo es subjetivo, no todo es relativizable. Continuemos—. Para que un sujeto pueda imponer un marco moral concreto —o una aplicación del marco moral en cuestión a una situación concreta—, el sujeto sobre quien lo impone se tiene que encontrar o bien en una situación de sumisión, o bien en una situación de potencial sumisión en que la imposición moral se emplea para garantizar la sumisión misma. Los catalanes, en términos estrictamente nacionales, estamos aquí.

Tras años de imposición —aunque también de resistencia—, el catalán medio se ha convertido en alguien que asume la culpa que carga como propia de forma prácticamente automática

Pero una cosa es culpar a quien es víctima y la otra cosa es conseguir, efectivamente, que la víctima se sienta culpable. El segundo caso pide un trabajo de fondo —ejecutado diligentísimamente por gente como Juana Dolores— para convertir la parte sometida en abono fértil para que asuma como propia la culpa impuesta. Y para conseguirlo, hay que chapotearle de arriba abajo la noción de pecado. En el caso de los catalanes y los españoles, y en la mayoría de los casos de naciones sometidas por otras naciones, esta colonización mental, cuando se hace efectiva, acaba en autoodio y en justificación de la colonización. Acaba en la idea de que el pecado es original y que, por lo tanto, para purgar de raíz la culpa lo que hace falta es renunciar a la existencia misma. Antes de llegar a este estadio, sin embargo, el españolismo se encarga de amoldar la moral a sus objetivos políticos para que para ser todo lo que se asocia al bien —para ser libre, tolerante, abierto, inteligente o, en el caso de la izquierda, para ser verdaderamente antifascista, feminista, revolucionario— haya que purgar el pecado original: haya que ser español. De esta coyuntura sale la premisa absurda, por ejemplo, de que el catalán tiene que ser simpático y, el castellano, obligatorio.

Incluso los catalanes que se resisten a la imposición moral y a la asunción de una culpa que no les pertenece, incluso los catalanes que entienden el juego de este sistema no pueden eludir todos y cada uno de los efectos de este chantaje. De hecho, incluso en aquellas cuestiones que no tienen que ver frontalmente con la cuestión nacional, el catalán medio tiene tendencia a confundir la autocrítica o el examen con la autoculpabilización instantánea. Por eso, por ejemplo, hay sectores políticos que tienen serias dificultades para elaborar discursos que confronten el argumentario español respecto del esclavismo catalán. Tras años de imposición —aunque también de resistencia—, el catalán medio se ha convertido en alguien que asume la culpa que carga como propia de forma prácticamente automática. Sin examen, sin ponerla en relación con el contexto, ni con la herencia cultural, ni con la tradición política. Y, en cambio, a veces es incapaz de responsabilizarse por aquellas conductas que le han llevado, precisamente, a asumir una culpa que no le pertenece como propia. Hay catalanes que se jactan de anticlericales y que, a la hora de la verdad, son incapaces de ver que su condición nacional pende de los mismos mecanismos de coacción, dominación y control que empleó —una parte— de la Iglesia en los momentos más oscuros de la historia.