El Tratado de No Proliferación Nuclear vuelve a estar sobre la mesa en un momento incómodo. La conferencia de revisión arranca la próxima semana en Nueva York y llega con el mundo bastante peor de lo que ya estaba en la última cita. La guerra de Ucrania ha devuelto a Europa un lenguaje que parecía desterrado, la situación en Irán sigue tensando el tablero, y la confianza en los grandes acuerdos internacionales anda muy tocada.
Conviene recordar de dónde viene todo esto. El tratado se abrió a la firma en 1968, en plena Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se miraban con una mezcla de rivalidad y miedo. El peligro no era solo que chocaran entre ellos. El problema era más amplio: que el arma nuclear dejara de ser cosa de unos pocos y empezara a extenderse sin control. Ese era el fantasma. Y, en realidad, sigue siéndolo.
El pacto nació con una lógica bastante clara: frenar la proliferación, permitir el uso civil de la energía nuclear y empujar, al menos en teoría, hacia el desarme. Sobre el papel sonaba bien. En la práctica, ya entonces, había una desigualdad evidente: cinco Estados quedaban reconocidos como potencias nucleares (Estados Unidos, la Unión Soviética, Reino Unido, Francia y China) y el resto aceptaba renunciar a esa vía. Ese fue el precio político del acuerdo. Y también su gran contradicción.
Desde entonces, el tratado ha funcionado más como dique que como solución. Ha frenado muchas tentaciones, sí. Ha puesto límites y ha dado un marco común. Pero no ha borrado la sensación de que el desarme avanza a paso de tortuga, mientras la lógica de la disuasión sigue mandando. Hoy el TNP reúne a 191 Estados parte, pero hay ausencias que pesan: India, Pakistán e Israel nunca se adhirieron, y Corea del Norte es el único país que llegó a formar parte del tratado y luego se salió, en 2003, ya con George W. Bush en la Casa Blanca. Aquello no fue un gesto menor, fue una ruptura seria, y una advertencia de que el sistema no es invulnerable.
La reunión de la semana que viene no es un simple trámite diplomático. Sirve para revisar cómo se está cumpliendo el tratado y para medir hasta qué punto sigue vivo de verdad. El orden del día gira, como siempre, en torno a los tres pilares clásicos (no proliferación, desarme y usos pacíficos de la energía nuclear). Pero lo que se va a discutir de fondo es otra cosa: si todavía existe voluntad política para sostener el andamiaje que se levantó hace más de medio siglo.
El TNP sigue siendo el marco más amplio que existe para poner orden en el caos nuclear. Es imperfecto, desigual y bastante agotado en algunos puntos, pero sigue siendo eso o nada
Irán será una de las piezas centrales del debate. Su programa nuclear vuelve a inquietar y dentro del propio país, incluso se ha abierto la discusión sobre una posible salida del tratado. Eso ya dice bastante. Cuando un Estado parte empieza a barajar semejante opción, la alarma salta enseguida. Nadie quiere imaginar un efecto dominó en una región tan cargada de tensión como Oriente Medio.
Ucrania también pesará mucho. La guerra ha devuelto a la conversación internacional la amenaza nuclear como instrumento de presión, de chantaje y de disuasión. Y eso contamina todo lo demás. No se habla solo de verificar compromisos o redactar resoluciones: se habla de un clima general de confrontación que hace cada vez más difícil llegar a consensos mínimos. Si la última conferencia terminó sin acuerdo, esta no parte precisamente con viento a favor.
A todo esto se suma otro movimiento importante: el regreso de la energía nuclear al debate europeo. Durante años, en buena parte de Europa, la nuclear fue casi una palabra incómoda. Pesaban Chernóbil, los residuos, los costes y una cierta idea de que la transición energética debía ir por otro camino. Pero ese paisaje ha cambiado. La crisis energética, la necesidad de reducir dependencias y la urgencia climática han devuelto el tema al centro. En Bruselas ya no se habla de la nuclear como una reliquia, sino como una opción que merece ser revisada.
Eso tiene importancia para el TNP. No porque la energía nuclear civil sea equivalente al arma nuclear, que no lo es, sino porque ambas forman parte del mismo universo tecnológico y político. Cuanto más se expande la energía nuclear, más importantes se vuelven las salvaguardias, la verificación y el control sobre los usos duales. La frontera entre lo civil y lo militar no desaparece nunca del todo, y por eso el régimen de no proliferación sigue siendo necesario.
En Europa, además, el debate está muy abierto. Francia sigue defendiendo con fuerza su modelo nuclear. Alemania ya cerró su última central. España mantiene su propio calendario de apagado. Y la Comisión Europea, que durante mucho tiempo parecía mirar el asunto con distancia, ha empezado a tratarlo como parte de la seguridad de suministro y de la autonomía estratégica. Es un giro importante. La energía nuclear ha pasado de ser una cuestión casi ideológica a convertirse en una cuestión de poder, precios y dependencia.
Lo más probable es que de la reunión de Nueva York no salga un gran salto histórico. No estamos en un momento de grandes consensos. Pero la cita importa precisamente por eso: porque medirá hasta qué punto el sistema sigue respirando. El TNP sigue siendo el marco más amplio que existe para poner orden en el caos nuclear. Es imperfecto, desigual y bastante agotado en algunos puntos, pero sigue siendo eso o nada. Y en materia nuclear, quedarse sin marco común nunca es una buena noticia.
El tratado sigue en pie, pero cada vez le cuesta más sostener la promesa que le dio sentido. Y ese desgaste, en un mundo como el de ahora, no es un detalle menor.
