Qué rabia da cuando te deben dinero y no pagan. No lo puedes entender del todo hasta que te ocurre. Pero la rabia no se puede apoderar de ti. Porque cuando atacas, encima de pringada y de que te siguen debiendo dinero, quedas mal. ¿A ver cómo estarías de rencorosa/o tú cuando te deben dinero que para ti es importante? “Hecha la ley, hecha la trampa”, me recuerdan. Los que no quieren pagar siempre saben cómo hacerlo. “Excusas de mal pagador”, dicen.
Sí, los que no pagan suelen ser los mismos que se descargan las películas gratis, que no pagan lo que dicta la pensión de alimentos, que dicen que necesitan informes de tres médicos para abonar unos fármacos, y también los que no pagan la ortodoncia, ni las extraescolares ni las colonias… Son los inventores de que no hace falta tratamiento para los piojos, que ya se los llevará el mar. Los mismos que después se van de viaje a Vietnam, a París, tienen vehículos, kitesurf, patinetes, relojes, bicicletas y el último iPhone y se remodelan una de sus tantas casas. Sí, ese que no tiene tiempo ni dinero para sus hijos, pero tiene hijos nuevos con una persona veinte años más joven. El mismo que prohíbe ir al psicólogo y después escribe un libro sobre educación infantil. O el que dice que no hace falta ir al logopeda porque son “tonterías”: ¡ya dirá bien la R o la S cuando tenga veinte años!
Todo esto sigue ocurriendo porque hay otras personas que siguen pagando las consecuencias de su irresponsabilidad. Esos empresarios que se ponen sueldos bajísimos en el papel mientras que sus trabajadores cobran tres veces más que ellos. Los que, antes de venderse alguna propiedad, se dejarían, literalmente, cortar un brazo. Ahora entiendo cómo se hace la riqueza: no gastando. Como ese que nunca quiere cambiar el billete de cincuenta y así acabas pagando tú el café. Como esos tacaños que nunca te invitan a su casa. Como ese amigo que nunca hará ni el gesto de aflojar un billete por un vino compartido. O ese compañero de trabajo que antes de coger un taxi se dejaría cortar un brazo. O ese familiar incapaz de encender el aire acondicionado para no gastar o para quien la calefacción es simple decoración en invierno. Como el amigo o la amiga a quien, después de haberle regalado ropa de tus niños, muebles y mil cosas más, te reclama un Bizum de tres euros por un regalo compartido. “La clase no se compra”, dicen. Como ese que te acusa a ti de tacañería cuando dejas propina, pero él nunca la deja porque “no lleva cambio”. Como ese que se pide el Angus cuando pagan los demás. Como la que viene a casa siempre con las manos vacías. Como los que se organizan las vacaciones en tu residencia. Como la que, como no conduce, siempre depende de la gasolina de los demás. Como los que, cuando llega la cuenta, van al lavabo o tienen una llamada importante.
Odio deber dinero. Por eso me debe de costar tanto entender que alguien pueda dormir tranquilo jugando con la paciencia de los demás
He heredado de mis padres la generosidad. No lo digo yo: mi pareja dice que su padre y yo misma somos las personas más generosas que ha conocido. La verdad es que, hasta que no me lo dijo Daniel, no era consciente de ello. Yo, en cambio, creo que él es espléndido en los detalles, en regalar su tiempo y en preparar cualquier obsequio con cuidado. Quizás es que he leído muchos libros de autoayuda, que vengo de una familia con recursos o que he trabajado desde muy pequeña, pero siempre he pensado en términos de abundancia. Confío en que, pase lo que pase, saldré adelante, porque tengo una gran capacidad de trabajo, de adaptación y de reinvención. Sí, sí, se nota que no he pasado ninguna guerra. Lo que sí que siempre he tenido presente son los requisitos que reclamaba Virginia Woolf para una mujer que quiere escribir ficción: una habitación propia (con llave) y suficiente dinero para mantenerse. Supongo que por eso me da tanta pena la gente que no se puede separar por falta de recursos. “Todo es cuestión de dinero”, escuchamos a menudo. Yo no lo creo del todo. Muchas veces es también una cuestión de principios morales. Con el trabajo lo tengo claro. He estado demasiado tiempo trabajando gratuitamente para hacerme un nombre. Ahora, cuando me dicen que no me pueden pagar, pero que vaya igualmente porque me enseñarán la bodega y me invitarán a comer, les explico que con eso no pago la luz de mi casa. Y que si tengo tiempo, es para dedicárselo a mis hijos. Por eso, para los trabajos que me alejan de casa o que no me apetecen nada, pido más presupuesto. Es difícil, como freelance, encontrar el equilibrio entre lo que te da dinero pero no prestigio y lo que te da prestigio pero no dinero. He visto a gente muy cercana amargándose por problemas económicos con socios, hermanos o parejas. Mi mente entiende que, además de haberte quitado dinero, no debes permitir que también te usurpen la alegría. Pero cuando es inevitable, lo vives como una injusticia. Pero más injustas son las penurias de los niños de Gaza.
Personalmente, odio deber dinero y prefiero pagar las facturas de inmediato. No soporto deber nada a nadie; me estresa y agobia muchísimo. Por eso, me debe de costar tanto entender que alguien pueda dormir tranquilo jugando con la paciencia de los demás. También me pasa, como autónoma, que cobro con un mínimo de dos meses de retraso después de haber adelantado dinero. Te cobran el IVA antes de que te hayan ingresado nada. Y desanima no parar de trabajar y ver cómo tu cuenta corriente no lo refleja. Una amiga me cuenta que una gran editorial, después de más de treinta años, no le quiere pagar lo que le debe. Es frustrante, la verdad. Mientras tanto, hay quienes siguen haciéndose los sordos con sus deudas y brindando con champán. Qué mal gusto.
