Ciertamente, las dos eliminatorias de la Champions en las que Barça y Madrid han quedado fuera de la competición han sido condicionadas por dos arbitrajes muy rigurosos. En el caso del Barça, en el partido de ida en el Camp Nou contra el Atlético de Madrid, la expulsión de Cubarsí supuso jugar la mitad del partido (una cuarta parte de la eliminatoria) con un jugador menos y que él, uno de los defensas más en forma del equipo, no pudiera tomar parte en el partido de vuelta. En el caso del Madrid, es cierto que la expulsión de Camavinga llegó a pocos minutos para acabar el partido contra el Bayern, pero a las puertas de una prórroga que pintaba muy incierta.

Las dos acciones tienen dos puntos en común y una diferencia muy grande. De los dos puntos en común, el primero es que las acciones arbitrales han sido muy protestadas por los respectivos clubes, así como por sus respectivos entornos, pero con mucho más énfasis madridista por una cuestión que saldrá más adelante. El otro punto en común es que las dos acciones tienen algo de desproporcionadas, pero también de verdad. Es verdad que Cubarsí contactó con Simeone, aun así es exagerada su expulsión porque en ningún momento hubo intencionalidad; se tropezaron. Y en el caso de Camavinga, es cierto que a esas alturas de partido quizás resulta desproporcionada una segunda tarjeta, sin embargo, con el reglamento en la mano, torpedear una salida de falta al equipo contrario está sancionado con amarilla.

El Barça ha hecho una muy buena temporada con dos o tres partidos malos que lo han castigado en exceso y el Madrid ha hecho una mala temporada con dos o tres partidos buenos que le han alargado el espejismo

Por lo tanto, estoy convencido de que, cuando baje el suflé de los árbitros, tanto Cubarsí como Camavinga y los respectivos equipos técnicos de ambos incidirán en la manera de evitar accidentes de este tipo. De todas las situaciones se aprende y seguro que los dos defensas han tomado buena nota de qué se puede hacer y qué no en cuartos de final de la Champions. Y, en el caso de los centrales blaugrana, el aprendizaje consistirá en dar por bueno un hipotético gol en contra (fácilmente remontable) antes que dejar al equipo con diez jugadores durante 45 minutos y sin la participación, en la vuelta, de un puntal del cuadro.

Sin embargo, cuando baje el suflé de los árbitros, quedará la foto final de temporada y la hora de hacer balance tanto en el Camp Nou como en el Bernabéu. Y si continuamos con la comparativa, el resumen sería que el Barça ha llegado hasta aquí porque ha hecho una muy buena temporada, pero dos o tres partidos malos que lo han penalizado en exceso, mientras que el Real Madrid ha hecho una mala temporada, pero dos o tres partidos muy buenos lo han premiado en exceso hasta el punto de alargar el espejismo. Y este es el poso que quedará cuando baje el suflé de los árbitros: el Barça ha llegado a cuartos de final de la Champions, a semifinales de la Copa, ha ganado la Supercopa y, sobre todo, ha prácticamente ganado la Liga, mientras que el Madrid ha llegado a cuartos de final de la Champions, cayó en octavos de la Copa con el Albacete, perdió la Supercopa y no ganará la Liga.

En 2024, los pronósticos hechos con un lenguaje militar preveían a un Madrid que arrasaría con todo y a un Barça condenado al desierto

Será el segundo año consecutivo que el Madrid cerrará la temporada en blanco, justamente las dos que lleva Mbappé en las filas del club. Y este es un dato muy importante, básico, clave. Cuando baje el suflé de los árbitros, quedará el balance, y es por eso que en Madrid lo están intensificando, alargando y procuran que no baje todavía. Porque, cuando se hayan hecho cuentas, después del balance quedará la proyección de futuro. Y contra los pronósticos de lenguaje prácticamente militar que en 2024 preveían que un Madrid campeón de Liga y Champions, añadiendo a Mbappé, arrasaría con todo y marcaría época, el Madrid ha ganado cero títulos de ocho posibles en estos dos años (ninguna de las dos Ligas, ninguna de las dos Champions, ninguna de las dos Copas y ninguna de las dos Supercopas).

Y, muy al contrario, contra los pronósticos de lenguaje prácticamente apocalíptico que en 2024 preveían a un Barça condenado al desierto, carcomido económicamente, con un estadio y un equipo en construcción, el club ha conseguido —en el mismo período— dos Ligas, una Copa y dos Supercopas. Y en la Champions se ha llegado a semifinales y a cuartos de final, respectivamente. Pero, más allá de la frialdad estadística, las sensaciones, la proyección de futuro y la capacidad de generar ilusión son totalmente opuestas. En Madrid nadie duda de que Arbeloa tiene los penaltis contados, y —más grave que todo esto— que está en crisis el enésimo proyecto hecho a golpe de talonario y con acumulación de cromos dorados que ni siquiera la apuesta por un banquillo fuerte con Xabi Alonso al frente pudo gestionar. Incluso se empieza a debatir si Vinícius y Mbappé pueden jugar juntos por incompatibilidad táctica y personal.  En Barcelona, los liderazgos de Flick en el banquillo, de Lamine Yamal en el campo y de Laporta en el palco (refrendado por dos de cada tres socios) dibujan un horizonte mucho más esperanzador, entre otras cosas porque ya hace dos años que no se vive de la esperanza, sino de unos hechos reales que muestran un camino prometedor. Porque, cuando baje el suflé de los árbitros, todo el mundo tiene muy claro lo que ha pasado, pero, sobre todo, lo que pasará.