Se ha generado un buen alboroto con el cambio de colores del escudo de la Guardia Civil. En conmemoración del día del Orgullo han cambiado el verde por los colores del arcoíris y han publicado en el perfil de Twitter varios mensajes contra la homofobia y a favor del colectivo LGTBI+, y no a todo el mundo le ha parecido bien. La red ha hervido con seguidores y seguidoras del cuerpo armado que no han entendido para nada la iniciativa y, de hecho, yo de eso no les culpo y entiendo su desconcierto. Les ha parecido, ni más ni menos, que una traición directa a los principios de la benemérita institución. Hasta el punto de que he leído que la Asociación de Abogados Cristianos ha presentado una querella contra la iniciativa.

No viene de ahora que la Guardia Civil se hace la moderna y que su responsable de comunicación la lía de tanto intentar limpiar y poner al día la imagen de marca de la institución. Sin embargo, esta vez no es el caso; o cuando menos, no en el mismo sentido.

De hecho, han sido muchas las instituciones, de todo tipo y manera, que han utilizado o siguen utilizando la bandera del movimiento LGTBI+ cada año por estas fechas con el fin de mostrar que están a favor de los derechos del colectivo y en contra de la discriminación. Cosa que en ella misma puede parecer que está bien, que es algo bueno, pero ciertamente es todo lo contrario si la práctica diaria de estas mismas instituciones es del todo opuesta a estos principios. No por nada, porque una cosa es avanzar de verdad y otra muy diferente hacer ver que se avanza. Aunque sean bienvenidas todas los iniciativas en este sentido.

Una cosa es avanzar de verdad y otra muy diferente es hacer ver que se avanza

Este es el caso de la Guardia Civil y no hay que ir a pensar que ponen la bandera multicolor ahora porque en el Gobierno está Unidas Podemos o porque está Marlaska, como se ha dicho en la red entre todo tipo de descalificaciones. Ya lo habían hecho también en tiempos del PP, dado que, como símbolo, esta bandera multicolor ha pasado a formar parte de los elementos políticamente correctos. Hasta el punto de que Torra, el president de la Generalitat más atacado y odiado que he conocido, la ha colgado en la Generalitat y no le ha caído, de momento, ninguna querella; aunque no se pueda poner ninguna otra bandera que no sea la española.

El problema son otra vez los colores, en este caso no sólo el amarillo, todos, porque, según la opinión de la Asociación de Abogados Cristianos, parece que ponerlos en lugar del “verde guardia civil” atenta contra la neutralidad y la objetividad que tiene que observar el cuerpo. No sé cómo puede pasar tal cosa y todavía menos sé cómo el “verde guardia civil” puede evitar que eso no pase y más todavía puede asegurar que pase todo lo contrario. De hecho si nos atenemos a la historia del cuerpo, y no hace falta la lejana sino la más reciente, lo único que sabemos es que ni el color del escudo ni el color de la bandera evitan tal cosa.

Pero también sabemos que esta no es la cuestión de fondo; sino que lo sigue siendo un tipo de moral, un tipo de valores, un tipo de ideología social y política que no admite la diversidad, que no admite la diferencia y que sabe lo importantes que son instituciones como la Guardia Civil para preservar todo este mundo. Escuchaba el viernes a Bob Pop, en la radio, que decía que basta ya de hablar de dobles vidas del colectivo LGTBI+ y que había que hablar más de las medias vidas que han tenido, o muchas y muchos todavía tienen, por culpa de como los trata la sociedad. Estoy de acuerdo, pero tenemos que seguir hablando de dobles vidas, de las dobles vidas de las instituciones de todo tipo, públicas y privadas, sobre este tema. De otro modo no seguiríamos hablando de discriminación ni del aumento de las agresiones.

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